CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
DOMINGO 4º DE CUARESMA ©. 14.III.2010
Comentario de Llorenç Tous a Lucas 15, 1-32. Parábola del hijo pródigo.
Un tratado de la misericordia de Dios.
Con la parábola del hijo pródigo Jesús nos muestra como es Dios; Jesús se porta como Él y nos indica con sus obras cómo hemos de ser nosotros.
La misericordia es connatural a toda persona sana. No le supone esfuerzo sino todo lo contrario: ante el dolor o la miseria nuestro corazón, si no está desnaturalizado por el materialismo egoísta, siente necesidad de acercarse y con-padecer, compartir el dolor.
Al lado del que sufre surge la ternura que une y quiere ayudar. Es el Espíritu de Dios que se está comunicando a través del pobre. Éste, desde su pequeñez, pasa a adoctrinarnos sobre Dios y su misericordia.
La misericordia no nace en la mente sino en el corazón evangelizado.
De la ternura compasiva procede la creatividad luchadora y el esfuerzo solidario.
A partir de este momento comienzan los problemas del misericordioso, porque los pobres los contagian, pero la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad y la impotencia.
La raíz de muchos males suele estar en la injusticia y la debilidad, por eso el remedio debe apuntar a estas causas.
Para que la solución no sea humillante, conviene que el agente del cambio haya sufrido el mismo problema u otro parecido o que al menos lo conozca a fondo, cosa que requiere tiempo y fidelidad. Si actuamos desde fuera o de lejos no ayudaremos de verdad a encontrar la solución de los problemas. Hay que meterse en la piel del doliente.
Difícilmente se consigue la solución de un problema sin la participación libre y sincera del que lo padece.
El que practica la misericordia es canal que comunica el amor de Dios quedando él dignificado y levantando la dignidad del que la recibe.
Para la misericordia no hay distinción entre lo material y lo espiritual, entre un estómago vacío y una persona en busca de sentido.
El que se ha sentido perdonado por Dios, sabrá perdonar a los demás y entonces podrá rezar el “Padre nuestro” con coherencia.
Jesús no exigió nada a cambio del bien que iba haciendo a todos. Tampoco pedía que se convirtiesen. Al revés de los sacerdotes del templo que abrían sus puertas a los pecadores, sólo si se convertían. Jesús daba el amor de Dios con obras sin exigir nada a cambio, por eso daba testimonio de un Dios diferente del que profesaban los teólogos del judaísmo. De ahí la oposición que sufrió hasta causarle la muerte.
El padre del hijo pródigo montó sinceramente la gran fiesta a pesar de que el cambio del hijo no fue por amor, sino por hambre.
Siguió queriéndole, y esperándole a pesar de las recaídas.
Practicar la misericordia con los que sufren o padecen por cualquier motivo material o espiritual, en su cuerpo o en su alma, es hacer justicia. Porque nuestro Padre común ha puesto recursos en la creación para que todos vivan dignamente y es su voluntad que la vida de todos los hijos que Él ha creado, sea feliz. Por eso la misericordia no es obra de caridad, sino de justicia y de amor verdadero.
Las obras de misericordia espirituales y corporales son una fuente de felicidad. “Es más feliz el que da que el que recibe”, dijo Jesús. Cuando damos, recibimos más que lo que damos.
Las obras de misericordia nos abren las puertas del cielo:”Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer...”.
Nuestro mundo tan lleno de sufrimiento, miseria e injusticia, necesita una inundación de misericordia y de bondad. La Iglesia llena de confusión y divisiones, encontrará un camino recto que le acercará a Jesús y a su mensaje cuanto más se acerque a los pobres y luche por ellos. Ellos nos obligan y ayudan a practicar el amor que Jesús nos dejó en testamento.
Continuando la parábola de Jesús
Si la mejor forma de interpretar una parábola es continuarla, digamos con hechos reales lo que ocurrió después de aquella cena de la parábola.
Aquel hijo de una madre viuda, hijo único, llevaba treinta años en busca de la próxima dosis, de un robo a otro, de un juicio a otro y de cárcel en cárcel. Su madre, atándose el corazón con doble nudo, se mantuvo firme a su lado y lejos a la vez exigiéndole el cambio y ayudándole como pudo. Estuvo a su lado con toda el alma atravesada por siete espadas de dolor, pero lejos de él mientras no dejase las drogas.
Finalmente llegó este día a partir del cual madre e hijo vivieron juntos en libertad, pero él sin oficio ni beneficio, con una salud precaria que con la añadidura de la crisis económica le impedía conseguir trabajo en plena mitad de su vida. Menos salud tenía la madre no sólo en el alma, sino también en su cuerpo por el motivo fácil de sospechar.
A su lado estaba otra madre, víctima también de las drogas de su hijo. Después de diez y siete años de delitos y cárceles, falleció arrepentido pero sin posibilidad de vida. Ésta ya no le tiene ni puede esperarle. Cada noche se acuesta hablando con él ya que sigue llevándole en el corazón.
Dos madres, dos víctimas, dos testigos dela debilidad humana y del amor fiel . Son el fruto de una sociedad sin valores, capaz de crear grandes negocios a precio de muchísimas vidas jóvenes. Padres y madres de los que cayeron en el infierno de la droga, mártires en medio de nuestra sociedad, tanto los padres como los hijos, cuya lista crece de día en día a nuestro lado. Un amor incomprensible, misterioso, precioso, como el amor de Dios ante el misterio de la libertad humana. Sólo el amor tiene una respuesta. Si una madre es capaz de amar tanto y de perdonar tanto, ¿cómo será el amor de Dios?
Son una multitud inmensa los padres y madres que sufren esta durísima realidad. Quedan tantas y tantas otras!
Llorenç Tous
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