TRES TEJIDOS DE LA PASIÓN
El título de este pregón es “Tres tejidos de Semana Santa”. Está claro que los textos bíblicos que narran la historia del drama final de Jesús de Nazaret dan para mucho. Hubiese podido optar por hacer el pregón “Tres instrumentos del tormento” y referirme así a la corona de espinas, la columna de los azotes y la cruz. U optar por el título “Tres acusadores de Semana Santa” y referirme al papel jugado, en la condena, por Anás, Caifás y Pilato.
Pero el título es otro, este año: “Tres tejidos de Semana Santa”. Os diré para empezar que, desde hace tiempo, hay dos sábanas en la Biblia que me fascinaron hasta el punto de inquietarme fuertemente, dos sábanas enigmáticas, unas telas que salen en los últimos capítulos del evangelio. Y desde hace algunos años, también lo confieso, me robó la atención y el corazón otro tejido de la pasión, una falda maternal que sale en la cima del montículo del Calvario.
I.
Vayamos por el primer tejido, la sábana que sale en el evangelio de Marcos, capítulo 14, versículos 51 y 52. El contexto es la oración en el huerto de Getsemaní, la traición de Judas, la detención de Jesús y el abandono de los discípulos. El texto es: “Le seguía un muchacho cubierto sólo por una sábana. Lo agarraron, pero él, soltando la sábana, huyó desnudo”.
Eso dice el texto bíblico. Cuántas veces me he preguntado qué hacía ciertamente ese joven, en el huerto de los olivos, corriendo desnudo, huyendo con gran prisa. Y tantas otras veces me he preguntado por qué esta escena nunca la he oído contar desde un púlpito ni nunca la he visto escenificada en los films sobre la crucifixión.
Yo creo, en cambio, que sí goza de contenido el texto y contiene alto mensaje. La escena extraña de este joven que huye desnudo ha sido interpretada de maneras muy diversas por parte de los estudiosos expertos en Sagrada Escritura: “¿es un detalle biográfico del mismo autor del evangelio, es decir, es Marcos el muchacho que escapa?, ¿es un recuerdo histórico referido a una persona conocida por los primeros lectores del texto?”
Sea cual sea la identificación, el personaje representa la insolidaridad de los humanos en frente del que es perseguido y sufre.
Qué fácil es seguir al que está arriba de la tarima del poder, arriba del ránking de la fama o arriba del pódium del triunfo. Ser amigo del que gana cuando gana, y dejar de ser amigo cuando cae y pierde.
Cuando el joven se sintió atacado, se deshizo de la sábana, se deshizo de la solidaridad. Asegura el texto “le seguía un muchacho”. No se trataba de un joven cualquiera, se trataba de un seguidor de Jesús: ¿lo había seguido a la entrada triunfal en Jerusalén?, ¿había, días antes, lanzado gritos de hosanna y esparcido en las calles alfombras y ramos a su paso? Asegura el texto: “le seguía”. Pero cuando las cosas empezaron a complicarse, cuando los gritos de hosanna empezaban a derivar en “crucifícalo”, el joven “soltando la sábana, huyó”.
No es indiferente, en el relato de la Pasión, esta pieza textil, es la sábana insolidaria de Getsemaní. Acompañado entró Jesús en el huerto, y solo salió del huerto.
Sábana insolidaria de Jesús, y sábana insolidaria de los hombres. Me acuerdo bien ahora de un hombre. Gori era su nombre y lloriqueaba cuando me confesó, triste y decepcionado: “Cuando las cosas me iban bien, todos los amigos me conocían, y cuando las cosas me fueron mal, yo conocí a los amigos”. Me contó que los amigos primeros fueron muchos, y que, cuando le sobrevino la bancarrota, quedaron pocos, muy pocos.
Sábanas de la insolidaridad humana. ¡Cuántas sábanas insolidarias hay en la vida! Marcos, 14, 51-52: “Le seguía un muchacho... soltando la sábana, huyó...” Es el primero de las dos sábanas de la Pasión.
II.
En otro sitio de la Biblia, otro evangelista habla de una segunda sábana. Se trata del evangelista Juan, capítulo 19, versículos 39 y 40. Jesús, en la cruz, ya entregó su espíritu y expiró, ya el centurión le atravesó el costado con un golpe de lanza, ya José de Arimatea había pedido a Pilatos la autorización para quitar el cuerpo de la cruz. Y ahora leo el texto: “También fue Nicodemo, el que tiempo atrás había visitado a Jesús de noche, llevando cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Entonces cogieron el cuerpo de Jesús y lo amortajaron con una sábana”.
Es ésta, otra sábana. Muy distinta a la anterior, pero idéntica materia textil. Es la segunda sábana de la Pasión. Emotivas y tiernas son las escenas del descendimiento y el entierro de Jesús. Nicodemo se juntó a la solidaria acción de amortajar a Jesús. La narración del hecho destila delicadeza y suavidad. Juntamente con la sábana, tienen presencia unas especias aromáticas, unas cien libras de mirra y áloe. Bello es, ciertamente, el gesto de Nicodemo. Pero... es tarde. Acude Nicodemo, pero el cuerpo ya está muerto, llega, pero a toro pasado. Bien es verdad que más vale tarde que nunca.
¡Solidarios de un ya está hecho! Pienso en los numerosos Nicodemo que a lo largo de la vida he conocido: “Debería haber hecho más por mi madre”, y lo decían de corazón, pero cuando la madre estaba ya muerta. Solidarios a deshora. “Debería haberme dedicado más a mi hijo” dijo, cuando acababa el hijo de hacer el desastre. No lleguemos tarde a las madres. No
lleguemos tarde a los hijos. Curioso Nicodemo, sólo conoció a Jesús de noche, cuando estaba vivo y sólo conoció a Jesús en la tumba, cuando estaba muerto. Vale más algo que nada, pero alguna cosa más que la mortaja se puede hacer por un verdadero amigo.
“Entonces cogieron el cuerpo de Jesús y lo amortajaron con una sábana”, escribió san Juan. Bueno es todo gesto que surge de la cartera o del corazón, sea cual sea el sitio y la hora. Buenas son las mezclas aromáticas y buena la sábana perfumada. Pero cuando es de día, no esperemos la noche para querer. Pero cuando vive y respira el que nos necesita, no esperemos que haya inclinado la cabeza y dado el último suspiro.
Ni la justicia es justa si es lenta, ni la solidaridad es solidaria si llega tarde. Hay heridas que no pueden esperar para cerrarse, hay barrigas que no pueden esperar para llenarse, hay enfermos que no pueden esperar la visita que siempre se aplaza para otro día.
Ésta es la historia de las dos sábanas de la Pasión. La historia de las dos sábanas no es otra que la historia de dos relaciones con Jesús. La sábana absolutamente insolidaria del joven que, frente al peligro, corre y huye, y la sábana amorosa de Nicodemo que, envuelta al cuerpo de Jesús, para siempre quiere acompañarlo en la tumba. La sábana que en la Pasión optó por no estar, y la sábana que optó por estar cuando todo ya estaba resuelto.
III.
Falta otra tela en este pregón. Dice el mismo evangelio de Juan, capítulo 19, versículo 25: “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre”. Una música ha inmortalizado el momento: “Stabat Mater dolorosa”. Y el arte ha inmortalizado la imagen: las llamadas “Piedad”. Si hace tiempo me fascinaron las dos sábanas, de más tiempo data el encanto cautivador de la falda de la Madre de Jesús.
María no huyó de la cruz, estuvo en el Calvario. María no llegó tarde a la cruz, estaba presente en el Calvario. Ni insolidaria ante el tormento ni solidaria cuando ya estaba todo consumado. María estaba en el Calvario, dando la cara ante los verdugos mientras ofrecía su mirada amorosa a la víctima.
Estar, hermanos, estar.
Al pie de la cruz, hubo quienes pudieron ayudar a Jesús, uno le subía a los labios una caña mojada de vinagre. Poca cosa, pero le ayudó. No nos dice el evangelio que María pudiese ayudar en nada, quizás porque nada tenía. No tenía nada, pero estaba. Juan lo dejó escrito: “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre”
Estar, hermanos, estar.
Algunos discípulos, a la hora de la verdad, dimitieron de discípulo. A la hora de la verdad, algunos católicos han dimitido de discípulo del Señor. Stabat Mater dolorosa. Stabat, estaba, estaba allí. Triste, pero valerosa. Abatida, pero en pie.
No le fue difícil al discípulo Pedro permanecer al lado del Maestro cuando se mostró resplandeciente en la montaña alta del Tabor y se transfiguró. No tuvo valor de permanecer ni una hora despierto al lado del Jesús de Getsemaní y mucho menos al lado del Jesús torturado y crucificado, en la pequeña colina del Calvario.
Era fácil estar en el nacionalcatolicismo y en la época de cristiandad cuando todo rodaba al ritmo de la religión. Es fácil estar en ambientes de iglesia cuando todos los contertulios creen como tú. Es difícil estar en el Calvario, estar en tiempos secularizados de increencia, en ambientes profanos adversos. Es fácil ser y mostrarse católico en el templo, pero no lo es ni mucho menos ser y mostrarse creyentes fuera de los templos, en el bar de la esquina, en la peluquería, en la playa o el taller
A pesar de que sea una historia discreta y austera, la historia de María nos ha sido transmitida por alguna razón. Para que supiésemos que es posible la militancia en tiempos de controversia, es posible la resistencia en tiempos de inclemencia. María demuestra que es posible la bondad en medio de tiranía, es posible la ternura en un ambiente sangrante de odio, sembrar semillas de piedad en un campo minado de metralla.
El mejor tejido siempre ha sido la falda de la madre. La falda maternal es el más solidario de los tejidos. Siempre cabe el hijo en la falda de la madre, siempre. Vivo o muerto, siempre, el hijo encontrará lugar en la falda.
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Nos encontramos en el pórtico de Semana Santa, la mayor de las semanas. Ya lloriquean las campanas, y ya los cantores cantan más lenta y profundamente. Una vez más en la vida escucharemos la “Pasión”, la narración del gran drama de la historia.
Todo es substancial en los evangelios, y todo es importante en la vida de Jesús. El buen entendimiento de todos los que me escucháis escogerá, para la meditación, el fragmento mejor de la Pasión. Quien os habla sólo ha venido a esta villa de Buñola para dar personal testimonio que también los tejidos de la Pasión tienen pulpa, que incluso, en este drama, las telas tienen mensaje.
Habla la sábana de Marcos, advirtiéndonos de la insolaridad humana, la sábana de aquel joven que viendo a Jesús en peligro, deja tela y amistad, y corre y huye. Es la sábana de la cobardía. No le hemos de huir nosotros al Cristo, no le hemos de huir al prójimo.
Habla la sábana de Nicodemo del tierno y perfumado gesto de envolver el cuerpo muerto de Jesús, aquella solidaridad que llega, pero llega tarde. Es la sábana de la lamentación. No le lleguemos tarde nosotros al Cristo, no le lleguemos tarde al hermano.
Habla la falda de la madre, tejido de ir por casa, quizás zurcido y remendado, pero siempre tejido de ternura y siempre tela a punto. Es la sábana de la solidaridad radical, sin condicionantes. Puede ser solidaridad pobre que ya no puede dar porque nada tiene. Pero que siempre se da porque siempre...¡está!
Puede que ahora, los católicos padezcamos falta de vocaciones y de métodos. Quizás ahora nos falten recursos y prestigios. Y nos faltan milagros, también.
¿Qué hacer cuando uno está tan falto? Hacer como la Madre en el montículo: estar, hermanos, estar.
Pobres, pero presentes.
Faltos, pero esperanzados.
Frágiles, pero en pie.
Estar, hermanos, estar...
Joan Bauzà i Bauzà
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