EL PERFIL DEL EDUCADOR CATÓLICO
EL PERFIL DEL EDUCADOR CATÓLICO
Me dispongo, en esta ponencia, a tratar los cuatro puntos siguientes:
1. La opción educativa católica es legítima.
2. El éxito escolar en los próximos años será de los que tengan una opción clara de educación.
3. La opción de educación católica es muy atrayente.
4. La opción de educación católica se juega en el terreno de los valores.
Punto primero
- La opción educativa católica es legítima
El gran pensador alemán Hegel dijo que la peor desgracia de un esclavo consiste en llegar a asumir plácidamente su propia esclavitud. Desgraciado, sin salida, si un esclavo acaba por pensar igual que su amo. Estoy convencido de que la gran desgracia de los cristianos españoles es que hemos acabado por pensar como piensan nuestros enemigos. Y no tenemos salida, si no especificamos, denunciándolas, sus estrategias.
Dice Cervantes que un día Don Quijote decidió salir al mundo con la fijación de "deshacer entuertos". Aún es una misión "quijotesca" en el país de Don Quijote, "deshacer los entuertos" que tan sobradamente se dan hoy en el ámbito de la educación.
Querría salir al paso de algunos de ellos:
1. Primer "entuerto": la única opción educativa válida es la neutralidad. Estemos alerta a un engaño que se expresaría así: los que mostramos nuestra identidad somos parciales, los que no la muestran son neutrales. No, la diferencia no es esta. La diferencia es esta otra: los que muestran su opción son auténticos, los que no la muestran, como la tienen, no son auténticos.
La escuela católica es una opción frente a otras opciones, se muestren ellas como tales o las disfracen. De hecho, los idearios existen en todas partes, lo que pasa es que se presentan en dos versiones: idearios explicitados, idearios camuflados.
La primera gran afirmación por establecer es esta: la neutralidad no existe. A mí me parece buena la afirmación que este verano he oído desde instituciones políticas: "La imposición de la opción religiosa en la escuela es ilegítima." También me parece buena la réplica que desde instituciones religiosas se le ha dado: "La imposición de la opción laicista también es ilegítima." Aceptemos de buena gana que en el marco de las democracias todas les imposiciones son ilegítimas, y todas las proposiciones son legítimas.
Nosotros, los trabajadores de la enseñanza, solemos recibir dos denominaciones. Una, la de educador. Pensemos simplemente en este punto: nadie educa sin saber para qué educa. Hemos recibido una segunda denominación, la de profesor. Recordemos simplemente que profesor y profesar tienen una misma raíz: todo profesor profesa, y nadie profesa sin profesar alguna cosa. No, en el ámbito de la enseñanza la neutralidad no existe, y no existe, por la sencilla razón de que nadie educa sin finalidad y nadie profesa sin contenido.
Se puede discutir si una opción es mejor que la otra, si una es más apropiada que otra, pero la comparación será entre opciones reales, no sobre neutralidades que no existen.
2. El segundo "entuerto" dice así: La sociedad es, en España, laica. Por tanto, sobran los planteamientos públicos de religión. No. La sociedad no es laica, la sociedad es plural. La demostración más que evidente de que la sociedad no es laica es que en la sociedad hay ateos, agnósticos, religión budista, musulmana, católica y New Age. Es un disparate decir que una sociedad es lo que jamás, si es libre, será: laica. Se dirá, pero sí que es laico el Estado. Efectivamente, el Estado es laico. ¿Y qué quiere decir laico? Laico viene de lego. Cuando un Estado se declara laico, se declara lego, no experto en un tema. El Estado laico dice que no sabe cuál es la religión o no religión que conviene a los ciudadanos: que no impondrá nada por la fuerza, que respetará a todos, y que hará posible que todos puedan tener la que quieran o dejar de tener. Esta actitud de no intromisión y de respeto es la grandeza de un Estado laico en una sociedad plural.
3. El tercer "entuerto" es: el Gobierno concede licencias a los centros para que puedan enseñar en una dirección (sentido de la vida) u otra. Admitimos que el gobierno de turno - sea el central, sea el autonómico - concede licencias, pero no la de ser libre. A ninguna escuela católica ningún Estado le concede la licencia de ser libre, por la sencilla razón de que la libertad nunca se concede, todos nacen con la libertad concedida. El Estado puede quitar libertades, si es déspota, pero no tiene la legitimidad de otorgar la facultad de optar. Por tanto, la opción de abrir o de mantener centros de educación católica no es ninguna gracia que se nos concede, es un derecho que se nos reconoce.
Recapitulemos la triple tarea quijotesca de "deshacer entuertos" que acabamos de exponer. Son "entuertos" y no verdades estas proposiciones: la educación católica no es buena porque lo único válido es la neutralidad. La sociedad en España es laica, por tanto, sobran las opciones públicas de religión. El gobierno concede licencia para realizar la opción católica. Las tres afirmaciones son falsas.
Pero, denunciadas las tres falsedades, existe otro hecho por denunciar. Denuncia que me dispongo a hacer con la misma libertad con que he hecho las anteriores. La denuncia es esta: la escuela católica, que tanto y tanto ha defendido su opción a la hora de abrir los centros, después, de hecho, no ha sido católica. La crítica más dura que puede hacerse a nuestra escuela no es que haya sido demasiado católica, sino la de no haberlo sido suficientemente.
No tiene sentido defender el derecho de los padres a elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos, si en la práctica, la escuela católica no ofrece una educación realmente distinta, específicamente católica. Cuando un niño o niña se matricula en un colegio que en su etiqueta lleva el nombre de "católico" no se le garantiza que la educación que recibirá será mejor que la de la escuela vecina, pero sí que se le garantiza que recibirá una educación específica, que será católica. Yo creo que algunos colegios deben confesar el fraude que han hecho a la sociedad. Si mantienen la denominación de "católico", que lo sean. Si siguen llevando el nombre y no lo son, engañan.
De hecho, educamos como todo el mundo, como los que no tienen nuestra opción. De hecho, educamos al alumnado con estos cinco rasgos con los que los no católicos también educan:
•- El individualismo que levanta el sujeto a valor supremo, al margen del prójimo y la comunidad. También nuestros alumnos dicen aquello de "a mí nadie me tiene que decir lo que tengo que hacer, yo hago lo que me sale de las narices".
•- La ley de la cantidad, elevando el número a la categoría de verdad. También nuestros alumnos piensan que si todo el mundo lo hace, ellos pueden hacerlo.
•- El mercantilismo ético: reducimos el valor de las cosas e incluso de las personas al precio que por ellas se paga. También nuestros alumnos acaban por pensar que un deportista es mejor persona según los millones de su traspaso a tal club.
•- La identificación entre lo habitual, lo legal y lo moral. También los nuestros acaban por sostener que si todo el mundo se droga, practica sexo sin compromiso, y aborta, y además legalmente, entonces, las tres cosas no presentan ningún problema moral.
•- La concentración del tiempo en el momento presente. El único verbo de la conjugación es el presente. También nuestros alumnos se someten, sin crítica ni protesta, al "comamos y bebamos que mañana moriremos".
Tantos esfuerzos para defender una identidad que después no tenemos. Tantas batallas para defender la legitimidad de una opción que después no conseguimos. Reivindicamos una opción diferenciada y después educamos según los cánones más comunes del país, los más establecidos por el sistema, los más homologados por la globalización, los más corrientes dentro de lo políticamente correcto. Hemos anunciado que seríamos católicos, y los padres han firmado documentos en que quedaban enterados de que matriculaban a sus hijos en el tipo específico católico de educación, para quedar después todo en papel mojado. Quiero admitir todas las excepciones que se hayan dado, quiero descontar todos los casos concretos situados en la parte contraria de mi análisis. Pero yo hablo aquí, como no puedo hacerlo de otra manera, de la media, y muy probablemente de la mayoría.
En todo caso, seamos sinceros y pongamos las cartas sobre la mesa. Hagamos que un tribunal imparcial realice la prueba: que someta a evaluación a un alumno estándar salido de un centro católico y un alumno estándar salido de un centro no católico. Para abreviar la prueba, evaluémoslos sólo sobre tres puntos: qué piensa cada uno sobre, primero, el dinero; segundo, la muerte; tercero, los pobres. Si al final descubrimos que prácticamente los dos alumnos, sobre estos puntos, piensan igual, descubriremos que tal vez nuestra opción no tiene nada de específica ni de alternativa, ni de propia. Como aquella empresa que luchó tanto para que le fuese admitida la licencia de poner el rótulo de "chocolatería" y después dio "agua por chocolate".
Con igual vehemencia debe denunciarse la estafa de aquellos centros que educan en el laicismo haciéndose pasar por neutrales, como la estafa de aquellos que haciéndose pasar por católicos educan sólo en "lo políticamente correcto".
Punto segundo
- El éxito escolar en los próximos años será para quien tenga una opción muy clara de educación
En cambio, el fracaso será para aquellos que navegarán desnortados, que tendrán la opción difusa y confusa. Se ha escrito, y parece que con buen acierto, que la historia última del catolicismo español ha quedado sometida a la rígida ley del péndulo, y así de un catolicismo triunfante se ha pasado a un catolicismo "vergonzante", es decir, del orgullo de sentirse católico se ha pasado a la vergüenza de mostrarse como tal.
Creo que debemos abrir una etapa nueva, en la que ni seamos triunfalistas ni enfermizos, sino simplemente católicos coherentes. Profetizo que las condiciones sociales - incluso las condiciones sociales - comenzarán a sernos favorables. Cada vez más gana terreno la convicción, la valentía, la autenticidad.
La cultura de "lo políticamente correcto" ya no da para más. No nos hace más ciudadanos, nos hace más súbditos. Y por añadidura, no nos hace ya súbditos de los políticos que hemos elegido, sino de la publicidad que no hemos elegido, lo que viene a decir que, al final, no nos hace ni ciudadanos ni súbditos, sino tan sólo consumistas.
Llegará la hora del desprestigio de la sumisión a la moda, la hora del re-prestigio de paradigmas totalmente alternativos al de la pasividad. Como por ejemplo, el paradigma del atrevimiento. Y tendrá éxito el que tenga el atrevimiento de:
- Confesar verdades incómodas, que no adulen la opinión pública, pero que son necesarias para salvaguardar el bien social.
- Nadar contra corriente, contraponiendo el valor de la solidaridad al de la competencia, la valentía de militar en el campo "otro mundo es posible" en lugar de continuar asumiendo el mundo del mercado salvaje que ahora padecemos.
Vivimos en un mundo de palabras tan bien sonantes como falsas. Nos dicen, por ejemplo, que somos socializados en la libertad, cuando la mayoría sale socializada en la indiferencia. Y no es lo mismo ser libre que ser indiferente. Hay que unir la claridad de ideas a la valentía de decirlas, lo cual nos llevará a una actitud de denuncia profética de las grandes estafas de la cultura imperante:
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- Primera estafa cultural: es posible triunfar sin esfuerzo, es posible conseguirlo todo sin renunciar a nada, es posible estudiar sin método, es posible un centro sin disciplina. Como si fuese posible la resurrección sin morir o el domingo sin el viernes. El niño dice estas cosas, y los padres y los educadores lo admiten. Y de ahí deriva la práctica de la permisividad, la de ceder en todo a los caprichos del niño, para evitarle el trauma de experimentar que la vida es lo que es, dura. Un artículo leído este verano en la revista Vida nueva llevaba este título "Papá, dime no", se trataba de una hija que no quería ser estafada en la educación y reivindicaba el aprendizaje de la renuncia.
- Segunda estafa: el hombre no tiene límites. Leo un texto: "Jaime Gil de Biedma deplora que a él nadie le dijera que en la vida existe el fracaso, que la muerte es un elemento esencial. La primera traición de los intelectuales fue cuando tuvieron medio siglo retenida Europa en la ignorancia de las ideas y luego en el ocultamiento de los hechos: campos de muerte y campos de concentración. En los últimos treinta años, atraídos por Nietzsche, ¿no hemos vivido soñando con una sociedad sin límites, una conciencia sin culpa, un mundo con recursos ilimitados, un individuo egoísta sin responsabilidad para con su prójimo?" No estafemos a los niños y a los jóvenes, tengamos el coraje de mostrarles también los límites y las limitaciones.
- Tercera gran estafa: todo lo que es posible hacer, es bueno que se haga. Tengamos el coraje de decirles que todo nos es posible, pero no todo nos es conveniente.
No sólo contamos con cosas para denunciar, también contamos con cosas para anunciar. Si denunciamos las estafas, anunciamos las propuestas. Estas son nuestras cuatro propuestas más grandes:
- Apuesta por la perfección: ni la moderna palabra "excelencia", ni la vieja profana de "héroe", ni la nuestra entrañable de "santo" nos son extrañas. Optamos por máximos.
- Apuesta por la integridad, por la formación integral: y es porque optamos por lo completo y no por lo parcial que incluimos decididamente la dimensión religiosa. ¿No es la escuela el espacio donde se formula toda pregunta?, ¿cómo podríamos nosotros evitar las que todo hombre se hace en un momento u otro de su existencia y que resultan ser las más profundas?
- Apuesta por la interioridad. Un analista del psiquismo de la adolescencia, Edward Spranger, incorpora en uno de sus libros esta gran afirmación: "En el interior hay también un universo." Tan grande como el universo que existe fuera del yo, es el que habita dentro de él, e igualmente fantástico. Queremos enseñar a nuestros alumnos a vivir por dentro, a gozar de vida interior.
- Apuesta por la singularidad de cada uno de nuestros alumnos. Nuestra satisfacción máxima no es que tengamos un centro perfecto, es que cada uno de nuestros alumnos anhele la perfección y luche por alcanzarla. Optamos por una educación personalizada. Uno del grupo de jóvenes excursionistas, Pirineos arriba, vio una oveja que había quedado rezagada del rebaño, y corrió a avisar al pastor. Este giró la vista hacia atrás, descubrió la oveja y contestó: "Ah, es una del 10 por ciento". - ¿Una del 10 por ciento?, pregunta, sorprendido, el muchacho - Sí, los que tenemos grandes rebaños sabemos que cada año perdemos, por caídas, enfermedades u otras desgracias, un 10 por ciento de unidades; así es, no podemos hacer más." Todo lo contrario es el profesor de centro católico: que si ve una oveja rezagada o herida, lo deja todo para ir a buscarla y enternecerla. No son clases globalizadas las que educamos, son personas absolutamente únicas.
Cuatro apuestas claras: la perfección, la integridad, la interioridad y la singularidad. Hechas estas cuatro grandes opciones, el resto llegará a ser como por añadidura. Como bella y profundamente escribe Olegario González de Cardedal, enseñaremos a pensar y no tan sólo a calcular, a tener criterio propio y no sólo el de la masa o el de la moda, enseñaremos a decidir con fundamento y no sólo por capricho, enseñaremos a dialogar y, por tanto, a hablar y a callar, enseñaremos a leer entre líneas la profundidad de la realidad, enseñaremos a esperar a pesar de tener argumentos en contra.
El futuro será del que tenga las ideas más claras y las decisiones más limpias. El futuro de la opción nítidamente católica es esperanzador.
Mi consejo es que no perdamos demasiado tiempo en justificaciones innecesarias. Fijémonos solamente en un pequeño detalle: en los países de más tradición democrática como Inglaterra, Estados Unidos, Francia y otros - los países con tanta tradición que no necesitan ya justificarse de demócratas -, la aplicación de la justicia es cortante, rápida, estricta. En cambio, en países de reciente llegada a la democracia o en democracias débiles, se tiende a ser permisivos con la aplicación de la ley, por el pánico que tienen los gobernantes de ser cualificados de autoritarios, "fachas" u otras lindezas. Alguna historia semejante puede escribirse de muchos de nuestros centros educativos. Por temor han dejado los planteamientos fuertes, y la razón es que los padres y los educadores sufren el "miedo escénico" de ser cualificados de fascistas, y así va la educación del país. Últimamente, un libro está consiguiendo mucho éxito en Alemania, curiosamente lleva el título Elogio de la disciplina.
El futuro, lo ganará el que opte por no despreciar nada de lo conquistado a lo largo de la historia y no despreciar nada de todos los nuevos descubrimientos. No tengamos miedo a la complementariedad de todo lo bueno, casemos en bodas de armonía lo viejo y lo nuevo. No divorciemos, sino casemos, sin complejos, los viejos valores de "autoridad, disciplina y urbanidad" con los nuevos valores de "participación, pluralismo y nuevas tecnologías".
Tercer punto
- La opción católica es atrayente
Los jóvenes europeos se manifestaron ante el Parlamento de Alemania: "Necesitamos nuevos cantos." Escuchemos esta demanda, y preguntémonos: ¿quién va a escribirlos? Yo defiendo públicamente que la escuela católica tiene, en su vasto patrimonio, cantos para enseñar, y tiene capacidad para escribir nuevos cantos.
No capitulemos ante el provincianismo laicista español, cuando la laicista Francia ya está de retorno: diversos premios Nobel, escritores y políticos, reconocieron en un manifiesto publicado en el diario francés Le Monde de 14 de noviembre de 2003: "Fenómenos tan diversos como la crisis de transmisión entre generaciones, las secuelas de la represión antirreligiosa y la invasión de una subcultura mediática y mercantil han llevado a los responsables más apegados a la laicidad a reconocer que la ignorancia sobre las religiones se ha convertido en una amenaza para la vida y para la cohesión."
No seamos ingenuos. La orgía postmoderna del final de la historia, de la glorificación del fragmento y del "todo vale" ya no da para más. Y si en nuestro país algunos aún están de ida, por todas partes son muchos los que están de vuelta. La religión no es el enemigo, la religión es la experta en humanidad y la buena compañera de camino en la construcción de una sociedad mejor.
Seamos realistas y admitamos que no siempre la historia de la educación católica ha sido historia brillante: pecados como los de elitismo, antimodernismo, concepción raquítica sobre sexualidad, castigos y premios, han sido cometidos. Lo aceptamos, nos arrepentimos y nos retractamos. Pero idéntico realismo nos ha de llevar a no admitir que el patrimonio educativo de la Iglesia católica se reduce solamente a un territorio tan concreto como es el español y a una época tan concreta como es la que va del 36 al 75 del siglo XX. Sin orgullos, pero a la vez sin miedos ni vergüenzas, el patrimonio educativo católico nuestro cuenta con una serie de dimensiones de primera categoría. Enunciaré las siguientes:
- Primera: El modo más característico de nuestra educación ha tenido estos cuatro ingredientes que, expresados en términos griegos, son: logos, pathos, ethos y thecnos. Nuestras clases se han impartido con la racionalidad del logos, con el entusiasmo del pathos, con la virtud del ethos y con las destrezas del thecnos.
- Segunda: El patrimonio educativo católico cuenta con un tipo riquísimo de educador, su perfil es muy nítido. Nuestros más típicos educadores han conseguido ser -y ser a la vez- maestros, modelos, guías y acompañantes. Maestros porque ofrecen saberes de realidad, modelos porque viven en honradez, guías porque muestran las primacías de cada situación, y compañeros porque llegan a ser para el alumno seres con que tener el gozo de pensar, retroceder y avanzar. El educador que consigue ser a la vez maestro, modelo, guía y acompañante es lo que llamamos "testigo", y éste es el perfil más generalizado del educador católico: un testigo. Tal vez sea sólo este y ningún otro el que de hecho educa. Recordemos lo que se ha dicho: hoy ya no educan los maestros, sólo educan los testigos. Y si los maestros educan es porque, además, son testigos. No olvidemos que la identidad se obtiene primordialmente por identificación, y por esta razón son dignos de alabanza los centros educativos que cuentan con maestros con tanto grosor de riqueza humana y coherencia personal que los discípulos los convierten en sus principales puntos de referencia.
- En tercer lugar: La opción de educación católica es atrayente porque su potente locomotora no ha salido nunca de los dos raíles de la educación verdadera: el raíl de la sensibilidad y el raíl del compromiso. Afirma el filósofo Lévinas, tan cercano al dolor del holocausto nazi, que la sensibilidad es la clave de la ética. El centro católico siempre ha tratado de transitar por el doble raíl de la sensibilidad y el compromiso, persiguiendo unos alumnos sensibles al dolor del mundo y comprometidos en su liberación.
- Y en cuarto lugar: La opción católica de siempre ha contado con tres elementos bien precisos: ha contado con ideas, con ideales, y con idearios. Ha poseído ideas sobre lo que el hombre es, ha poseído ideales sobre lo que el hombre debe ser, y ha poseído idearios para mostrar a los demás las ideas y los ideales que tiene.
Sin orgullos y sin vergüenzas, la opción de educación católica es rica, positiva y resulta atrayente. No privemos a la sociedad de la riqueza de nuestra aportación. Los jóvenes afirmaban ante el Parlamento alemán necesitar nuevos cantos. No queramos privarlos de los nuestros. Alguno dirá: "Pero, ¿se pueden llamar nuevos los cantos del viejo cristianismo?" Permitidme una experiencia personal: en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universitat de les Illes Balears, hará cinco años, concluida la clase de Religión Católica, dije a un alumno ya un poco mayor que me parecía serio: "Una cosa me inquieta, me extraña mucho el silencio y la atención de los alumnos, me extraña favorablemente, pero no sé interpretarlo." Inmediatamente me contestó: "Es lógico, todo lo que dices es nuevo, nadie por aquí se refiere a estas cosas que aquí tratamos, todo nos resulta nuevo." Hace algunos años se hizo famoso el libro ¿Somos los últimos cristianos?. La tesis del autor era que ciertamente éramos los últimos de una forma de ser cristianos. Mi intuición es que los centros de opción católica tienen ahora la mejor plataforma para formar a los primeros cristianos de una nueva forma de serlo.
Por todas estas razones, la opción católica me parece, ahora mismo, tremendamente atractiva.
Cuarto punto
- La opción católica se juega en el terreno de los "valores"
Tal como se encuentra la situación actual en la Escuela católica, el acento tiene que ponerse en la propuesta de los valores cristianos.
Es verdad que no toda la opción católica se reduce a unos valores. La opción tiene, además, una fuente y un hogar. La fuente es la persona misma de Jesús, y a mí no me costaría dedicar otra ponencia a hablar de Él, porque a nadie le cuesta hablar de su amor. Como tampoco me costaría hablar de la comunidad cristiana, de la que formo parte y a la que sirvo. Con todo, mi personal y explícita propuesta en esta ponencia es la de poner ahora el acento en los valores cristianos.
En nuestros colegios, muchos profesores contratados son explícita y sinceramente católicos. Confesemos abierta y honestamente que, sea por las razones que sea, otros contratados por la escuela católica no son católicos convencidos. Yo no juzgo aquí esta realidad, yo parto del hecho: en nuestra lista de nóminas hay católicos que lo son mucho y católicos que lo son poco, si es que lo son. Y estoy convencido de que a unos y a otros se les puede exigir y se les debe exigir que eduquen en los valores básicos del mensaje cristiano. Al personal contratado no católico de un centro católico no se le puede exigir la práctica religiosa, ni la ortodoxia máxima. Pero sí que eduque en los valores por los que han optado los padres que han optado por la entidad titular en la que el profesor ha optado por trabajar. Creo sinceramente que un profesor que no educa en valores está, en un centro católico, fuera de campo.
Si las cosas son así, y pienso que, por razones de coherencia, son así, ¿cuáles son los valores que todo el profesorado debe comprometerse a cultivar en el alumnado? Son pocos, pero son. Recuerdo el primer verso del poema del mejor poeta peruano, César Vallejo, en "Los heraldos negros": "Hay golpes en la vida..., son pocos, pero son". Se refería a que hay golpes muy duros en la vida del hombre. En el mensaje de Jesús hay valores muy fuertes, no son demasiados, pero son. Los concentraré en cinco:
Primero: el valor de la persona. La escuela católica defiende a ultranza la dignidad de la persona humana, de toda persona humana, la nativa obviamente y obviamente también la forastera, la dignidad del padre del alumno, y la del profesor igual, la dignidad del católico y con la misma intensidad la del no católico, la del que piensa como uno y la del que piensa diversamente. Toda persona humana contiene toda la dignidad del mundo, y no son válidas excepciones.
Segundo: el valor de la libertad. Si Dios nos la ha dado, ningún otro puede quitárnosla. Y no sólo hemos de defender nuestra libertad. Si afirmamos que los católicos tenemos libertad de erección de centros, estamos afirmando que los no católicos e incluso los anticatólicos también la tienen. Nuestro Dios respeta la vida de los que le alaban, y respeta la vida de los que le blasfeman.
Tercero: el valor de la creación. No sólo es valiosa y digna esta parte de la creación que es el hombre, toda la naturaleza es digna y debe ser respetada. El pasado septiembre insistió Benedicto XVI en el compromiso de defender las maravillas de la creación invirtiendo las tendencias que llevan a situaciones de degradación irreversible. Que nadie nos gane en la defensa de las cosas naturales.
Cuarto: el valor de la trascendencia. Es decir, el valor de la apertura del hombre. El hombre no es un animal recluido. Ni tiene que estar recluido en sí mismo ni en su propia nación ni en su mundo. Eduquemos para emprender el vuelo y para la altura. No le cerremos nada al alumno. Si no le cerramos nada, es probable que llegue hasta Dios. Y si nos gloriamos de no cerrar puertas al contacto con Dios, no sería sensato que cerrásemos puertas a otros que no son de nuestra religión o ideología y pusiéramos objeciones a una sana colaboración con ellos en cuestiones que afectan al bien común y al bienestar social. Si abiertos a Dios, abiertos también "a los hombres que ama el Señor".
Quinto: el valor de la opción por los débiles de la tierra. Los desgraciados existen, los pobres existen, y existen los que sufren. Y estos son los preferidos por Jesús, al que tenemos por Maestro. Es verdad que hemos de amar a todos, pero también es verdad que debemos empezar por amar a los que más necesidad tienen de nuestro amor y que no son otros que los débiles de la tierra.
Estos son los puntos que creo resultan innegociables para cualquier colectivo o institución que pretenda tener derecho a llamarse católico. Estos son los cinco valores que propongo a mi auditorio como tareas por asumir. Repito, para que queden suficientemente claveteados, los cinco valores netamente evangélicos: la dignidad de la persona, la libertad, la creación, la apertura y la estima prioritaria por los débiles.
No ignoro que suele ser el último de los valores citados el más difícil de admitir para mucha gente nuestra. Permitidme que os diga, al menos, qué comporta este valor de la opción por los débiles. En concreto, en un centro educativo, comportaría:
1. Dar información constante sobre la situación de la miseria en el mundo. Y superar la indiferencia creciente y generalizada sobre las bolsas de pobreza extrema, los guetos en las periferias de las grandes metrópolis, o sobre el continente africano.
2. Lucidez y denuncia de los estragos de los explotadores y de las maldades del mercado ciego.
3. Que los más débiles del aula -sea por razones de economía, idioma, trabajo, estética o inteligencia- se sientan valorados como nadie.
4. Llevar un estilo de vida que no sea un agravio u ofensa para los pobres.
5. No olvidar las víctimas de nuestro propio sistema: embarazos de adolescentes, consumo de droga, violencia y persecución de chicos a otros chicos.
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- CONCLUSIÓN
Es la hora de concluir. ¿Cuál es el perfil del profesor católico? Contestar a esta pregunta sería tanto como repetir toda la ponencia, y eso sería muy largo y aburrido. Contestaré, por tanto, de una manera que será más corta y probablemente más eficaz. Contestaré explicando cómo serían los alumnos educados por un profesor que tuviese el perfil del educador católico. Imagino que los alumnos educados por él tendrían estas cuatro características. Serían muchachos:
- Abiertos: todo lo contrario de cerrados, abiertos de mentalidad, abiertos de deseos, fieles a la consigna evangélica: "Sed perfectos com vuestro Padre del cielo es perfecto" (Mt 5, 48).
- Rigurosos, con vigorosa autodisciplina, sin miedo al esfuerzo, sabedores de la parábola del talento en la que se elogia a aquellos que supieron hacer rendir al máximo cada cualidad recibida (Mt 25, 14-30).
- Avanzados: con las herramientas del momento, las más sofisticadas si es preciso, las que el entorno emplea o empleará pronto, recordando la frase paulina: "Hacerse todo para todos para ganar a algunos, cueste lo que cueste" (1 Co 9, 22).
- Solidarios: comprometidos con el proyecto de una humanidad pacífica y fraternal, sin diferencias indignantes, guardando todos escrupulosamente el mandamiento nuevo: "Amaos tal como yo os he amado" (Jn 15, 12).
Éste sería el resultado final de nuestra tarea educativa: alumnos nuestros llegados a ser personas abiertas, rigurosas, avanzadas y solidarias.
Si trabajar por este resultado final no resulta atrayente, perdonad la ponencia. Sea como sea, Dios bendiga nuestra tarea, y gracias por su atención.
Joan Bauzà i Bauzà
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