4º DOMINGO DE CUARESMA- A
El evangelio de hoy (Juan 4, 1 ss.)nos señala el camino que nos conduce hacia la renovación de nuestro bautismo. Jesús es nuestro guía y el ciego de nacimiento, nuestro representante. Pongámonos en su piel.
Jesús se acerca a él personalmente rompiéndole a él, a los apóstoles y al templo de enfrente ,todo su esquema anterior.
Para Jesús este mendigo no es un castigado por Dios. “ Ni él pecó ni sus padres”, no hay motivo para que sea excluido del templo. No obstante, Jesús no le introduce en este templo porque había dicho: “Derribad este templo…!”. Juan 2, 19.
Lo primero que hace Jesús, sin que el ciego se lo pida, es introducirle en una relación personal con él, cuyo vehículo y signo es la saliva. En nuestro bautismo será el agua, que es signo de la gracia, desde que Jesús descendió al rio Jordán para ser bautizado. Según el evangelista Jesús completa el signo de la saliva con la tierra o el polvo, para recordar la creación de Adán: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo…”. Génesis 2,7. Porque el agua de nuestro bautismo CREÓ en nosotros una nueva naturaleza: la de hijos de Dios. “A los que la recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios”. Juan 1, 12.
Jesús considera que el ciego es una persona capaz de entrar en el nuevo orden de cosas que Él está inaugurando: el Reino de Dios. Para ello el ciego, como nosotros, tendrá que comprometer toda su libertad. Le envía a las aguas de Siloé y le deja solo en el camino.
¿Qué compromiso puede tener un niño recien nacido? ¿ Podemos seguir pensando que esta bellísima criatura está en enemistad con Dios? ¿Qué libertad tienen sus padres cuando han heredado el bautismo como un simple hecho social ( o una simple fiesta familiar “con ocasión del bautizo”)? ¿Qué cristianismo podemos esperar a continuación?
El exciego es nuestro modelo cuaresmal en camino hacia la nueva manera pascual de vivir: dejó de aceptar lo que le habían dicho siempre, se fió de Jesús y puso toda su libertad en cumplir la orden de Jesús a pesar de todas las dificultades. Estas crecieron cada día más, con sus padres, sus vecinos y las autoridades religiosas.
Pero Jesús le había abierto los ojos . ¡Abrir los ojos! ¡ Cuánto cuesta abrir los ojos! ¡Qué maravilla y gozo es esta iluminación! ¡Cuántos problemas se suceden luego! Por eso muchos prefieren cerrarlos ante la realidad.
El exciego encontró en Jesús su fuerza para mantenerse en la luz de la verdad y afrontar con valentía todos los problemas que la fe en Jesús le supuso. Jesús le había salvado.
El exciego, lleno de luz, irradiaba gozo. La alegría con que seguía a Jesús contagiaba esperanza, iniciaba a otros en la fe y entre todos fueron cambiando la situación que Jesús había anunciado: “Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré… pero él se refería al templo de su cuerpo”. Juan 2, 19.21.
La muerte está en no creer en la Resurrección, en posponerla “al último día”, no sabiendo que éste día ya ha llegado: “Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán”. Juan 5, 25.
Nuestra renovación cuaresmal, tanto personal como colectiva, aquí tiene su principio y fundamento: en la resurrección con Cristo, la que nuestro baustismo hace real y verdadera, si , como el ciego de nacimiento, escuchamos lo que Jesús nos dice y nos entregamos a seguirle con toda nuestra libertad.
Llorenç Tous
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