3er DOMINGO DE PASCUA
DOMINGO 3º DE PASCUA (A). 8.V.2011
Comentario al evangelio: Lucas 24, 13-35
“-¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”
Hablábamos de lo mal que está nuestro mundo; sentimos el fracaso, la decepción, la falta de esperanza y de creatividad. El poder y el dinero , a costa de cualquier precio, son la meta de la mayoría. Los pobres sufren injusticia, dolor y muerte. Las guerras producen muertes, maldades y destrucción. Los inocentes no pueden hacer valer sus derechos. Se repite hoy la situación descrita por el profeta Jeremías: “Del primero al último sólo buscan medrar (6,13). No defienden la causa del huérfano, ni sentencian a favor de los pobres ( 5, 28). Sus profetas son viento, no tienen palabras del Señor”. (5, 13). Tu dijiste:”Si la sal pierde el gusto,¿con qué la sazonarán? (Mt 5,13).
“-¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!”
Las primeras testigos de tu resurrección anunciaron tu vida nueva, pero se repite hoy dia la misma falta de fe que al principio: “Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado…volvieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que ÉL ESTÁ VIVO…también algunos de los nuestros fueron al sepulcro…pero a él no lo vieron”. Lucas 24, 22-24.
No conseguimos romper el pequeño molde de nuestra mente para abrirnos a la gloria de Jesús tal como la vieron los primeros testigos y tal como han seguido reflejándola sus verdaderos seguidores.
Quien no se abre a esta fe, recibe el mensaje de Pascua como un imposible o una alarma, cuando de hecho es como un sol de verano que lo ilumina todo, derrite la nieve y enardece la tierra. Pero el Maestro ambulante por los caminos de la vida, aunque esos nos alejen de Jerusalén o sean una huida hacia el vacío, se hace el encontradizo. A veces precisamente nos espera en estas cobardes huidas, para iluminarnos con su nueva luz pascual. “-Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, antes tendrá la luz de la vida”. Juan 8, 12. Los dos de Emaús necesitaron hablar de su profunda decepción y fracaso, para recibir del Maestro ambulante el nuevo sentido de su vida y de su camino.
También nosotros debemos contarle sin frenos ni manipulaciones la situación real del mundo, de la Iglesia y de nosotros mismos. El miedo y la cobardía nos engañan cuando no queremos ver la realidad. La falta de fe en el Resucitado nos impide descubrir el remedio de nuestros males. Los dos de Emaús nos muestran el camino a seguir: cenaron con Jesús en su casa después de exponerle con confianza su situación.
Cuando nosotros nos abrimos a la fe y exponemos confiadamente al Señor resucitado nuestra realidad, su presencia gloriosa nos comunica luz y esperanza. La oración humilde del que busca sinceramente a Dios, recibe su gracia. Pascua es tiempo de oración contemplativa, de oración humilde, de esperanza y de alegría, de creatividad.
Ocurrió en la mesa, cenando, en la Fracción del Pan. ¿Qué falta a nuestras eucaristías, siempre pascuales, para que Jesús Resucitado nos comunique su Espíritu? Se acabarían la huidas al vacío, las tristezas y decepciones. Pascua es una renovación total.
“Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo… a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.” ¿ Podemos reflexionbar sobre esta iluminación?
Sobre la corporeidad del Resucitado unos teólogos la imaginan al pie de la letra de como los evangelios la describen. Jesús, al resucitar, volvería a recuperar su cuerpo. Al contactar de algún modo con sus primeros testigos, lo haría con su cuerpo, tal como lo cuentan los evangelios.
Otros teólogos piensan que si los evangelios presentan las apariciones del Resucitado con su propio cuerpo, es porque aquella cultura no sabía separar a la persona de su propio cuerpo; al presentar al Resucitado con su propio cuerpo, aunque glorificado (aparece estando cerradas la puertas, come, habla y desaparece), pretenden expresar que la resurrección de Jesús no fue sólo de “su alma”, sino de toda su persona.Por eso presentan a Jesús Resucitado corporalmente, pero en realidad no fue así.
A estos teólogos no les parece coherente que el que dejó de existir materialmente en nuestro mundo, vuelva al tiempo y al espacio, aunque sea por breve tiempo. Parten del principio que la persona humana es alguien distinto de su cuerpo, no es su cuerpo, sino “el yo” personal e irrepetible , en el que se realiza el don de Dios, la vida. Según esta concepción el cuerpo de Jesús quedó para siempre en el sepulcro, como el de todos los mortales.
Bien entendida, nuestra resurrección será como la de Jesús. Porque el amor es el que mueve a Dios en sus dones y su bondad es infinita. Dios en cada instante está creando y dando vida.En cada instante recibe en sus brazos a tantas vidas que creó y que al morir, vuelven a Él. Dios nos crea para resucitar; no retira los dones de su amor. La vida dada por Dios es una sola: la misma en este mundo dentro del lugar y el tiempo y la que sigue en la eternidad junto a Dios.
Partiendo de esta diferencia entre la persona y su cuerpo, dado que éste al morir queda en esta tierra, habría que concebir la corporeidad de la persona humana como una dimensión propia y constitutiva de ella. Esta corporeidad se realiza durante la parte mortal de su vida. Nosotros, mientras estamos en este mundo, tenemos una manera de vivir que se realiza siempre con el cuerpo y desde el cuerpo. Nuestro yo es corpóreo, pero nuestro yo no es nuestro cuerpo, es algo más y distinto.
Cuando morimos ,continuamos teniendo el don de la vida que Dios nos regaló por amor y para siempre. Nuestro yo pasa del lugar y el tiempo a una mayor cercanía de Dios que nos espera con amor de Padre, tal como fue en nuestro origen y tal como nos acompañó siempre en esta tierra.
Este yo, madurado con el tiempo que ha vivido en el mundo, lleva consigo toda su experiencia mortal y corpórea, como en una mochila inseparable del peregrino. Toda su vida en el cuerpo de algún modo es algo intrínseco y constitutivo de su persona. Lo decimos de Jesús Resucitado cuando proclamamos que su humanidad de hijo de María, muerto en la cruz, es glorificada por Dios. Es su persona, la del que nació, vivió y murió en la cruz, la que recibe la transformación gloriosa.
Por eso al invocarle y hablarle, sabemos que nos entiende, porque tembién él nació, vivió y murió entre nosotros. Por eso mismo nosotros invocamos y hablamos con los nuestros que ya fallecieron, porque su vida sigue siendo “humana” y glorificada junto a Dios.
Llorenç Tous
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