DOMINGO 19 A
19º DOMINGO (A). 7.VIII.2011
Comentario al evangelio. Mateo14, 22-33
“¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”
Algunos de nuestros miedos:
--- Miedo a pensar y entrar dentro de mí. Miedo al silencio. Miedo a tener que dudar.
--- Miedo a informarme bien y deducir lo que realmente ocurre a mi alrededor.
--- Miedo a estudiar mi fe y ponerla en camino hacia la madurez.
--- Miedo a mirar a Jesús despacio y enterarme bien de cómo es.
--- Miedo a dejar las rutinas religiosas que no me convierten y a ponerme en proceso de cambio.
--- Miedo a confiar de verdad en Dios y quedarme en paz ante mi muerte.
--- Miedo a buscar en el mal hasta encontrar en él la presencia salvadora de Dios.
--- Miedo a correr riesgos aunque sea por el Reino de Dios.
--- Miedo a creer de verdad que Dios me quiere a mí, personal y entrañablemente.
--- Miedo a perder todos los miedos y ser feliz.
--- Miedo a creer de verdad en mí mismo.
--- Miedo a lo que dirán o pensarán otros de mi.
--- Miedo a ser plenamente feliz en este mundo.
--- Miedo a perder seguridades.
“Se les acercó Jesús andando sobre el agua”
Andar sobre el agua ocurre sólo en los sueños, porque atravesar el mar a pie es totalmente imposible para los humanos. En cambio es una posibilidad divina según Job 9, 8: “Él solo despliega el cielo y camina sobre el dorso del mar”.
Este pasaje del evangelio no es histórico pero contiene un mensaje profundo y actual. El mar y el viento embravecido, la noche, la angustia, el susto y la duda con todos sus derivados, son patrimonio común de todos los humanos.
Cuando los apóstoles, los cristianos, sufren esta situación, aparece Jesús diciendo “Yo soy” (el nombre de Dios) al amanecer, o sea, a la hora de su Resurrección. Entonces la situación cambia radicalmente.
Pedro representa el discípulo cautivado por la belleza de la gloria de Jesús, que siente un deseo ardiente de unirse a él. No es que quiera ser como Él (esta fue la tentación de Adán y Eva, querer ser como Dios), sino que se deja llevar por la atracción irresistible de su belleza.
Jesús provocó en Pedro este deseo, por eso le corresponde diciéndole: “Ven”. Pedro se parece a Jesús caminando también sobre las olas, mientras sólo mira a Jesús. Cuando vuelve la mirada al viento, duda y se hunde. No se siente capaz de creer en la admirable grandeza de Jesús.
Estamos ante una pintura poética de la profundidad de Dios y del hombre. La grandeza del Señor se manifiesta al empequeñecerse tan cercano y compasivo de los atribulados. Su cercanía, percibida por la fe, cambia radicalmente una situación de muerte y la transforma en un eco de su Resurrección. El creyente que ha visto a Dios irradiará también la luz del Resucitado sobre las tinieblas de cualquier clase o densidad.
LLorenç Tous
“Es una consideración que todo cristiano debe hacer y aplicarse a si mismo: sólo quien se pone primero a la escucha de la Palabra, puede convertirse después en su heraldo”. Benedicto XVI. Exhortación Apostólica “Verbum Domini”. Nº 51.
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