El camino hacia la fe adulta
“Cobro cada vez mayor conciencia de lo que tengo dentro; y si he de ser completamente sincera, tengo la convicción de que son semillas de grandes cosas”. Simone Weil
Planteamiento
Desde mi experiencia personal y recordando conversaciones que he tenido con diferentes personas, se me ocurre compartir algunas impresiones sobre nuestro proceso hacia una fe adulta.
Al dejar la infancia con el bagaje religioso en ella recibido, el primer reto que se nos presenta es colocar en su debido sitio cada uno de estos tres valores: la persona de Jesús, el mensaje de su Evangelio y la Madre Iglesia.
En la infancia los tres formaban la misma unidad, de modo que los tres de hecho se identificaban sin problemas. A la hora de colocar a cada uno en su debido sitio, dándoles la relación correcta entre sí, comienzan las dificultades.
Jesús de Nazaret
Para entender y vivir correctamente la separación entre Jesús y su Evangelio o entre éste y la Iglesia, hay que informarse bien, sin dejarse llevar ni por la ignorancia ni por el escándalo.
Hay que partir del principio que la figura de Jesús en la mente de muchos cristianos está secuestrada por la ignorancia. No es éste el lugar de buscar responsabilidades de este secuestro, basta constatarlo y reconocer la ignorancia que de Él en general se padece.
Para conocer a Jesús es preciso superar la lectura ingenua y literal de los evangelios, lo cual es imposible sin un guía para su estudio. No basta la buena voluntad, se requiere una catequesis ilustrada, propia de personas adultas, sin miedo a pensar para conseguir que la fe sea creíble hasta donde lo permite el misterio.
Toda esta transformación de la fe en adulta tiene que estar imbuido de oración. “Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro”. Salmo
Para esta primera fase del proceso no abundan los guías. Algunos libros pueden suplirlos. Yo aconsejaría comenzar con “Jesús. Aproximación histórica”, de José A. Pagola. El hecho de ser un autor perseguido por algunos obispos, defendido por otros y públicamente y por escrito por el Cardenal Ravasi (el “Ministro de Cultura” del Vaticano) y traducido a quince lenguas, da una idea de su novedosa importancia. Este libro es un excelente medio para poner el primer fundamento de la fe, o sea, para situarnos ante el misterio de la encarnación de Dios. ”¿Quién es éste?” se preguntaban sus contemporáneos, con estas mismas palabras nos lo preguntamos nosotros cuando iniciamos el camino de fe hacia Jesús.
Jesús es el Señor
Cuando hemos integrado con una buena base científica los rasgos fundamentales de la personalidad de Jesús de Nazaret, o sea, los resultados del que llamamos misterio de la encarnación, yo aconsejaría afrontar el tema de su personalidad profunda, la que nos descubre la fe.
La resurrección es el fundamento de nuestra fe, es lo específico cristiano, principio de vida y centro de la vida de la Iglesia, de su mensaje y de sus sacramentos. La fe es imprescindible es para entender lo que quisieron proclamar los apóstoles al decir: “Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Lucas 24,34.
A mí el libro que más me ha ayudado para entender este misterio hasta donde se puede, ha sido el de Andrés Torres Queiruga, “Repensar la Resurrección”. Madrid 2005. 3ª Edición. Editorial Trotta. A la hora de pensar el tema de la resurrección nos planteamos el concepto de vida y el de persona entre otros.
De este tema o misterio no me cansaría de hablar; es el que más me ha interesado toda la vida. Creo que de él depende todo en la fe cristiana, comenzando por el bautismo y la eucaristía. Hasta que la resurrección no tenga en la fe y la vida cristiana de cada uno de nosotros todo el peso que requiere, todo lo demás estará descentrado, comenzando por el bautismo y siguiendo por la eucaristía.
Son muchos los libros escritos sobre este misterio, pero el de Torres Queiruga, a mi juicio, tiene la ventaja propia de toda su teología, que es atreverse a pensar la fe, partiendo de la fidelidad a la palabra de Dios correctamente interpretada y al mismo tiempo de la capacidad de la razón humana para descubrir y entender. Naturalmente también conozco otras variantes en la manera de situarse ante este misterio, pero yo aconsejo comenzar por este autor.
Para establecer el puente entre los dos aspectos de la misma persona, entre Jesús de Nazaret y el Jesús Resucitado, yo aconsejaría estudiar la cristología de Roger Haight S.J., Jesús, símbolo de Dios. Editorial Trotta 1999. Para el mismo fin es muy útil y muy iluminador, el de José M. Castillo, La humanización de Dios. Ensayo de cristología. Madrid 2009.
Los evangelios
Después de buscar el puesto fundamental de Jesús en nuestra fe, hay que conocer su mensaje, los evangelios. Esto quiere decir superar la lectura ingenua y literal de ellos, lo cual no se puede conseguir sin un guía para su estudio; la catequesis cumple esta misión en la Iglesia. Desgraciadamente no es tan fácil encontrarla como debería ser, pero la consigue el que de verdad la busca.
Reconozco que me resulta más difícil concretar el método a seguir, dada la inmensidad del campo a explorar; no obstante algunos consejos prácticos pueden darse. Lo ideal sería encontrar un grupo que, bajo la dirección del que tenga los estudios bíblicos correspondientes, pudiese iniciar a otros en la interpretación de los textos evangélicos. En teoría la homilía debería cumplir este objetivo, entre otros, pero… Además se necesita la posibilidad de dialogar exponiendo sin prisas las dificultades que se presentan.
Cuando el camino ha de recorrerse sin un grupo de catequesis y sin un guía, habrá que recurrir a un buen comentario para cada uno de los evangelios. José Antonio Pagola acaba de publicar su comentario al evangelio de Mateo: “El camino abierto por Jesús. Mateo”. Madrid 2010. Sé que piensa publicar su comentario a los otros tres evangelios. Lo considero un instrumento utilísimo para esta fase del proceso.
La Iglesia
Queda el tercer punto para resituar: la Iglesia. Reconozco que para mí ha sido y sigue siendo el aspecto más difícil de integrar en este camino hacia la fe adulta. Mi pregunta es “¿cómo ver con los ojos de Jesús la corrupción de la Iglesia?” Todos sabemos lo complejo que es y lo fácil que resulta caer en el escándalo farisaico prescindiendo de ella al menos en nuestro fuero interno.
Después de un proceso doloroso y al mismo tiempo liberador, yo me quedo con el conjunto de ideas y planteamientos de Christian Duquoc en su libro “Creo en la Iglesia. Precariedad institucional y Reino de Dios”. Editorial Sal Terrae. Santander 2001. Mucho más habría que decir sobre este aspecto del proceso. Todos necesitamos conocer unas coordenadas para saber los referentes fundamentales del camino que con toda seguridad pasa por esta Madre Iglesia, santa y prostituta como la calificaron los Santos Padres, la nos ha tocado vivir hoy.
La oración
Entrar en este proceso hacia la fe adulta, que hoy día muchos necesitan y en el que pocos se comprometen , es una obra del Espíritu Santo. Nosotros ponemos el interés y los medios que nos parecen más oportunos, pero es una obra de Dios en nosotros.
La oración constante, profunda, sincera, contemplando la Palabra de Dios y escuchando atentamente los mensajes que el Espíritu nos envía día a día, es el instrumento necesario e imprescindible para que Dios “no abandone la obras de sus manos”. Salmo
Si somos fieles a la oración, constataremos un crecimiento de luz y seguridad interior en el camino. Serán muchos los mensajes que nos llegarán del cielo por medio de la vida y las circunstancias de cada día. Crecerá nuestra paz y la alegría. No faltarán dudas, miedos y errores, pero “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad”. Romanos 8, 26.
Conversión
Además de intensificar la oración, este proceso hacia la fe adulta, conlleva una conversión, un cambio general de actitudes ante la vida.
Uno se exige más porque descubre sus incoherencias y contradicciones que cada vez se le hacen más patentes y más insoportables.
Crece la sensibilidad ante el dolor o la pobreza de tantos. Busca cómo responder modestamente a este desafío. Se vuelve más crítico y al mismo tiempo más comprensivo con sus propias limitaciones y errores, lo mismo que con los de los demás.
Simultáneamente la cercanía de Dios experimentada, al mismo tiempo que nos exige, nos da la ilusión y la fuerza para complacer sus exigencias. Su luz disipa los miedos, descubre posibilidades, estimula la creatividad y la aventura para implantar el Reino de Dios.
Para despedirme
Sé que al leer este escrito, aun aquellas personas que tienen verdadera inquietud por profundizar su fe, puede que se queden con la impresión de que se trata de un camino difícil para andarlo en solitario. La lectura de estos libros requiere la compañía de alguien que nos ayude a digerir su contenido.
La fe es un factor serio en la vida, como la salud y hay que cuidarla con esfuerzo. Pero tengo una respuesta también para el que se sienta sólo e impotente ante esta meta. La respuesta la tiene el Espíritu Santo que Jesús nos prometió para “conducirnos a la verdad plena”. Juan 16, 13. Puedo asegurar que Dios se muestra al que le busca con sinceridad y que tiene muchas maneras de combinar circunstancias para responder a nuestra pregunta: “Maestro, dónde resides?”. Juan 1, 38.
Este proceso hacia la fe adulta es una constante experiencia de la presencia de Dios que se nos hace encontradizo en una misteriosa y evidente penumbra. Para adelantar en este camino es imprescindible la oración que unas veces será de petición, otras de sabrosa contemplación de la Palabra de Dios, o bien de alegre alabanza y acción de gracias o de sencilla oración vocal. “Aunque no sabemos pedir como es debido, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inarticulados” cada día.
Llorenç Tous IX.2011
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