DOMINGO 27 A
2.X.2011
Comentario a Isaías 5,1-7 y Mateo 21, 33-42
“¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?”. (1ª lectura).
“Se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. (Evangelio).
La primera lectura y el evangelio de hoy tienen un tema común: la ingratitud. Dios se queja y Jesús lo confirma, porque no se siente correspondido en su amor. El mensaje, pues, de estas lecturas es: NO CAIGAMOS EN LA MISMA INGRATITUD, los que tanto hemos recibido de Dios.
El primer don, absolutamente básico, universal y sin mérito alguno de nadie, es el don de la vida que de Dios recibimos antes de nacer. Estábamos en la nada y de ella nos llamó el Creador y Padre de la humanidad. Tal maravilla, antes que fruto del amor de nuestros padres, es don entrañable y generoso de Dios. Cuanto más gozamos de él, más lo valoramos y más conscientes somos de lo complicado y bello que es vivir. Cada día es un nuevo regalo de Dios que nos mantiene y conserva en vida por puro amor.
Todos los humanos tienen un cauce religioso, inserto en lo profundo de la naturaleza de cada uno, por el que pueden relacionarse personalmente con Dios, llámenle como quieran o puedan, pues toda criatura lleva impresa la huella del Creador.
Entre toda la humanidad de todos los tiempos, los que hemos recibido y cultivado el don de la fe cristiana, gracias a la Iglesia y al Espíritu Santo, jugamos con ventaja a la hora de acercarnos a Dios, porque “a la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación”. Juan 1,18.
Jesús nos ha mostrado el amor del Padre Dios y el camino que a Él conduce, nos ha abierto la puerta de su casa y nos ha sentado a su mesa, haciéndonos hijos suyos.
Quien alimenta y vive esta fe, siente inundarse su corazón de alegría, necesita corresponder al amor de Dios, transmitiéndolo con obras a los demás. Porque el amor de Dios a cada uno, con la luz de esta fe, puede verse y palparse en la historia personal de cada uno de nosotros. Es entonces cuando la fe tiene pruebas y se confirma con tal evidencia, que necesita transmitirse con amor a otros. Entonces la vida y la boca se llenan de un canto de alabanza y gratitud.
La consideración de estas maravillas de Dios en cada uno estimulan nuestra confianza para poder decir con san Pablo:” Jesús vino al mundo para salvar pecadores; nadie más pecador que yo, pero, precisamente por eso, Dios tuvo misericordia de mi, para que Jesús mostrase en mi el primero hasta dónde llega su paciencia, proponiendo un ejemplo típico a los que en el futuro creyesen en él para obtener vida eterna”. 1 Timoteo 1, 15-16. “No me siento derrotado, pues se de quien me ha fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio”.2 Timoteo 1,12.
Como en el caso de Pablo, somos conscientes de que Dios obra maravillas en nosotros desde la oración y los sacramentos de la Iglesia: somos hijos de Dios en la casa del Padre con tantos hermanos. Por eso necesitamos celebrar nuestro canto de gratitud con todos los hermanos en la fe. Desde este reconocimiento recibe sentido y fuerza la eucaristía de cada domingo. Ojalá todos la vivamos con tanta alegría y gracia.
Llorenç Tous
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