DOMINGO 28 A
DOMINGO 9 DE OCTUBRE 2011. (28ºA)
Comentario al salmo responsorial: Salmo 23.
Las imágenes elementales de este salmo se prestan a un desarrollo que las acerque a nuestros procesos y vivencias personales. Porque esta salmista es un nómada que habla con su pastor y guía, Yahvé, su oración es también la del peregrino de la fe en Cristo.
La inestabilidad de lo contingente, la evolución de todo ser vivo que crece, los peligros y riesgos de cada día con sus intemperies, soledades y sorpresas, todo nos dice que estamos en camino como nómadas, apuntando hacia una plenitud que no resulta fácil conseguir.
Somos conducidos por Aquel que nos sondea y nos conoce, el mismo que, andando primero el camino que sube a Jerusalén, nos mostró la dirección del Reino de Dios y la gloria de Pascua. Este es el sendero justo. Confiemos pues en medio de los azares de la vida, porque El los guarda en sus manos, los vigila y los anduvo antes.
Presencia manifiesta y a la vez oculta. Bajo apariencias sencillas y cotidianas el creyente percibe señales del Compañero de viaje; el salmo menciona la vara y el cayado que insinúan toques palpables, voces y palabras de consuelo, luces que ayudan a discernir y entender, exigencias y hasta reprensiones para corregir desvíos.
Nuestra vida es un constante fluir desde ayer hacia mañana de modo que ningún presente es definitivo. Esta interinidad nos sitúa en un estado de perenne cambio, hasta en las fases que nos parecen estables, después de haber corregido errores, purgado flaquezas y adquirido un poco más de sabiduría. Esta estructura vital de nuestro ser es a la vez liberación y pérdida, victoria y reto, sorpresa y decepción, una mezcla a veces difícil de discernir.
Pues bien, ante esta realidad íntima de todo ser humano, el salmo 23, que este domingo la liturgia ofrece como salmo responsorial, es una respuesta providencial que se acopla con precisión a nuestra naturaleza en constante devenir.
A la interinidad consustancial de nuestro ser, responde Dios con su compromiso fiel y perenne: “Tu vas conmigo”. Desde aquel día feliz de la anunciación a María, está “Dios con nosotros”. Por su gran condescendencia el Creador se nos acerca personalmente y para siempre cuando la Iglesia nos bautiza; todavía se estrecha más este lazo cuando al comulgar, sellamos personalmente la nueva alianza con Dios Padre por medio de la sangre del Jesús.
La flaqueza del barro humano y lo complicado de la sociedad y de la historia, nos deparan sorpresas e imprevistos de toda clase, ante los cuales quedamos aturdidos, como niños inexpertos. Como el nómada es amablemente acogido en la tienda del beduino, así nos protege Dios en su casa: “Me pones delante una mesa frente a mis enemigos”. Esta morada divina es el mundo entero en todos sus rincones, es el corazón humano con sus abismos y sobre todo es la comunidad cristiana cuando celebra su fe el día del Señor en la eucaristía.
Las ingratas sorpresas de la vida quedan colmadas de la bondad de Dios, cuya sabiduría no tiene límite: “Mi copa rebosa. Tu bondad y lealtad me escoltan todos los días de mi vida”. Seguramente tendrá que pasar un tiempo, tal vez años, para que lleguemos a comprender los hechos con la luz de Dios y recibamos así seguridad y confianza para alabar a Dios por ellos. “Me guía por senderos oportunos… aunque camine por cañadas oscuras”.
“Verdes praderas…fuentes tranquilas”. Son imágenes del oasis que simbolizan la seguridad y belleza de la vida, propias del que ha conseguido poder decir con verdad: “El Señor es mi pastor”. Se trata de haber llegado a poner a Jesús Resucitado como el centro y la fuente de la vida, de modo que su salvación empapa todas las zonas del vivir de cada día. De Él se recibe firme seguridad frente a todo. “Nada me falta…nada temo: Tu vas conmigo”. “Repara mis fuerzas”, traduciendo más exactamente:” Mantienes mi tono vital”: eres la fuente de mi fidelidad ilusionada, con la paciencia y el gozo.
Los actuales profetas, los sabios de la fe, los escritores inspirados, los que han conocido a Dios aunque de lejos, son los que nutren en nuestros tiempos la vida de la Iglesia, porque el Espíritu llenó su corazón para que iluminen a los demás. Éstos dicen y repiten: “Mi copa rebosa...me unges la cabeza con perfume”; recibido este don, dicen con san Pablo: “por medio nuestro Cristo difunde en todas partes la fragancia de su conocimiento”. 2 Cor 2, 14.
A tanta felicidad en esta tierra sólo se le puede añadir la felicidad del cielo: “Habitaré en la casa del Señor por días sin término”.
Llorenç Tous
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