DOMINGO 29 A
16.X.2011
Comentario al Evangelio: Mateo 22,15-21.
“ Lo que es del César, devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios”.
Si conseguimos escuchar estas palabras de Jesús en el sentido con que él las proclamó, no dividiremos jurisdicciones, ni dominios, sino que estableceremos jerarquías y valores.
Lo terrenal, el mundo, la economía, lo corporal, la política no son terrenos ajenos ni independientes de Dios. Se acepte o no su supremacía por encima de todo otro valor o poder, el hecho es que Dios está por encima de todos y sólo Él es valor absoluto.
El error está en pensar que esta supremacía divina limita la libertad o impide el crecimiento del mundo. Los que así piensan, no conocen a Dios o tienen de Él una imagen falsa. El origen de muchos males actuales está en desconocer a Dios, después que nos ha sido revelado en Jesús de Nazaret para los cristianos y por otros canales válidos para otras generaciones o culturas.
Sin aprovechar la eucaristía para reivindicaciones que estarían fuera de lugar, podemos constatar que nuestra cultura occidental, cuyos orígenes tienen como componente imprescindible la fe cristiana, a medida que va alejándose de la paternidad de Dios, se hace cada vez más inhumana y más injusta. A Dios le corresponde una soberanía sin límites que comprende todos los ámbitos de la vida.
Evidentemente sería un error olvidar que Jesús no vino a ser servido sino a servir, que huyó al monte para orar a solas, cuando sus admiradores quisieron nombrarle rey. No obstante la historia es testigo de las alianzas entre la Iglesia y el poder, pero el Reino de Dios que Jesús proclamó e instituyó, no es la Iglesia, es más que la Iglesia.
En esta celebración de nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesús en la eucaristía, el evangelio de hoy reclama la supremacía absoluta de Dios para nosotros los cristianos. A todos nosotros hoy Jesús nos repite: “Devolved a Dios lo que es de Dios”. Si entendemos bien el mensaje, para poner a Dios en el centro y en lo más alto, necesitamos una profunda conversión a Él, luego sentiremos la responsabilidad de construir un mundo más humano, más justo y más feliz. Así de bello lo quiere Dios Padre para todos sus hijos; éstos, que somos nosotros, conscientes del mal estado de nuestro mundo, salimos de la eucaristía con ganas y fuerzas para contribuir a transformar la situación en la medida de nuestras posibilidades.
Por fortuna quedan en nuestro mundo los testigos de la adoración de Dios. Sólo ante Él se arrodilla el creyente, pero esta adoración profunda y gozosa es el secreto de la paz y el orden en la persona y en el mundo. Esta jerarquía de valores es la regla del verdadero orden; poner a Dios en el puesto que le corresponde, conlleva la necesidad de poner también al hombre, a todos los hombres, en su puesto, no para humillarles (como hacían en nombre de Dios los que no le conocían), sino para valorarles como criaturas e hijos de Dios, para respetar sus derechos y contar con sus recursos.
La respuesta de Jesús a los que querían comprometerle, sigue siendo hoy un hito que puntualiza posiciones, actitudes y valores. Cada uno de nosotros ha de examinarse ante Dios y ante la sociedad en que vivimos. Siguiendo la respuesta de Jesús, son dos caras de la moneda, Dios y el César, pero la unidad de nuestra actitud nos viene de la fe en Dios Padre que hemos conocido gracias a Jesús. Para Él es nuestra gozosa entrega y adoración total. De esta fe nace nuestro compromiso para servir inteligentemente a nuestros hermanos en el mundo.
Llorenç Tous
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