El camino hacia la fe adulta - 2
Queridos amigos: después de recibir algunos comentarios a mi escrito anterior sobre este tema, he seguido pensando y se me ocurre añadir lo que hoy os adjunto. Tal vez siga más tarde otro escrito sobre el mismo tema. Gracias por vuestros comentarios. Os saludo cordialmente a todos los que tenéis la paciencia de leer mi homilía semanal.
Lorenzo.
HACIA LA FE ADULTA (2)
El peregrino que camina hacia la fe adulta tiene por delante un panorama nuevo que podría describirse como una batalla. Se trata de una lucha campal contra la muerte, porque “sabemos que Cristo resucitado de la muerte no muere ya más, que la muerte no tiene dominio sobre él”. Romanos 6, 9. Para alegría nuestra, éste es el punto de partida a la hora de establecer la relación con Jesús.
Se trata del primer paso de nuestra fe, la que recibieron y profesaron los primeros testigos de la Resurrección, las mujeres que le vieron resucitado y que corrieron a decirlo a los apóstoles: “Jesús vive”. Lucas 24,33.
Esta verdad básica, tan consoladora, que nos abre a “una magnífica esperanza”, 2 Tesaloni- censes 2,16, es la primera que el peregrino ha de integrar por la fe. Se trata de una tarea personal que consiste en creer el mensaje fundamental y constitutivo de la Iglesia, el que proclamó Pedro: “matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de la muerte; nosotros somos testigos”. Hechos 3,15. Son palabras de Pedro al pueblo en nombre de todos los apóstoles.
No es una tarea fácil y sin la gracia de Dios es imposible; esta gracia tampoco fructifica sin la fe y la oración del peregrino. Se necesita avanzar por los mismos pasos que, con la gracia de Dios, dieron las mujeres y los otros primeros testigos de la resurrección de Jesús. El proceso es difícil porque se trata de creer y convencerse de que lo imposible ya es un hecho: la resurrección de un muerto que además nos revela la resurrección de todos. “Si de Cristo se proclama que resucitó de la muerte ¿cómo decís algunos que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado”. 1 Corintios 15, 12.
Ahora bien, para llegar a esta convicción de fe, además de la gracia de Dios que no nos faltará nunca, hay que seguir el mismo proceso que siguieron los primeros testigos de la resurrección de Jesús. Los cuatro evangelios lo describen con muchos detalles, que podemos enumerar con los siguientes pasos:
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1.Sorpresa |
2.Miedo |
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3.Huida |
4.Incredulidad |
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5.Duda |
6. Silencio |
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7.Reto y desmantelamiento |
8. Espera |
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9.Signos |
10.FE |
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11. Iluminación |
12. Adoración: ”¡Señor mío y Dios mío!” |
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13. Alegría |
14.Seguridad |
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15. Fuerza |
16.Sentido |
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17. Compromiso |
18. Testigos |
Seguramente no se producirán por este orden estricto, ni tampoco avanzaran todos al mismo ritmo, pero todos estos sentimientos y luces de alguna manera se producirán en el interior del peregrino de la fe, que quiere creer en la resurrección de Jesús que la Iglesia nos proclama.
Recibamos esta verdad humildemente, agradecidos y alabando a Dios Padre. No consintamos que la duda, compañera inseparable de la fe, nos derrote, ni cedamos tampoco a recibir esta verdad como si fuese el fruto de nuestro esfuerzo, conveniencia o imaginación. La resurrección de Jesús y la nuestra son la base de nuestra fe, la esencia de la Iglesia y el vínculo que nos une a todos los cristianos de todos los tiempos; esta fe nos constituye en la Iglesia de Dios que peregrina en la tierra.
Al llegar a la iluminación de la fe en la resurrección, se produce un cambio total en el peregrino. Es como anticiparse en la tierra a la vida de los bienaventurados. Es la escatología realizada de la que habla san Juan: “Sí, os aseguro que quien escuche mi mensaje, y así da fe al que me envió, posee vida eterna… ya ha pasado de la muerte a la vida”. Juan 5,24. La seguridad de que Cristo vive, establece la base de una relación personal, viva y perenne con Él. Su humanidad ahora glorificada, nos sirve de acceso a su real y misteriosa persona; éste es un santuario al que accedemos con temor y temblor, pero al mismo tiempo con más alegría y gozo que la de los peregrinos cuando subían a Jerusalén. “Dichoso el que tu eliges y acercas para que viva en tus atrios; que nos saciemos de los bienes de tu casa, de los dones sagrados de tu templo”. Salmo 65, 5. Son palabras de Dios en el Antiguo Testamento que sirven para expresar nuestros balbuceos al acercarnos a Jesús Glorificado. “Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré…él se refería al santuario de su cuerpo”. Juan 2, 19-20.
Este estado o meta es el propio del que camina hacia el bautismo. Este sacramento nos comunica la vida nueva de Jesús resucitado, nos constituye en hijos de Dios Padre, hermanos del Hijo primogénito e hijos de la Madre Iglesia. ¡Qué pena que se consienta reducir un sacramento tan grande a un acto sociológico, para un niño inconsciente, envuelto todo en una fiesta que muchas veces sólo se nutre de consumismo externo. De este absurdo vienen a continuación todos los males que sufrimos: una casa edificada sobre arena o comenzada por el tejado.
Partiendo de esta fe en Jesús resucitado, que bien podría llamarse la reintegración del bautismo para los que lo recibieron en sus primeros días de vida mortal, es cuando podemos profundizar en la oración. De aquí nace nuestra relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por esta gracia, acceder a Dios es amanecer a la belleza. La nueva vida que nos da esta fe, cambia todas las cosas dentro y fuera de nosotros, porque la luz del Sol se nos ha acercado y hace resplandecer toda realidad.
La oración entonces es un estado de diálogo frecuente o constante con el Enviado para salvarnos. Él conoce esta tierra, estos hombres y esta historia porque sigue perteneciendo a ella, no se salió de ella al volver al Padre. No se ha interrumpido su diálogo ni su pertenencia a nuestros días. La oración puede que sea un diálogo con Él sobre lo que hay dentro o fuera de nosotros. Tal vez más que un diálogo será un silencio pleno y consciente del que contempla la belleza de Dios, reflejada en sus criaturas, manchada en el hombre o radiante en el mismo hombre. Por eso la oración es canto sin palabras, como la admiración del inspirado. Esta oración es tan natural al creyente como la respiración al cuerpo, tan consciente como nutritiva. Cada uno tendrá su propia manera de dialogar con el Señor Resucitado, según su historia, su horizonte o su día a día. “Precisamente el Espíritu acude en auxilio de nuestra debilidad: nosotros no sabemos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros con gemidos sin palabras”. Romanos 8,26.
Llorenç Tous
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