DOMINGO 30 A
DOMINGO 30 (A). 23.X.2011
Comentario al evangelio: Mateo 23, 34-40
“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser…amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
¿No pide demasiado? Estamos en tiempos de rebajas, de medianías, cuando la palabra amor está profanada, adulterada, confundida con sucedáneos, o considerada como algo imposible.
Jesús cita palabras del Antiguo Testamento y se reafirma en ellas. Si para muchos resulta casi imposible amar sin egoísmo y con fidelidad eterna ¿no pedirá Jesús algo por encima de nuestras fuerzas? ¿Quedan aún testigos de este amor tan total y verdadero?
Quedan testigos, de los que los que el primero es Él; siguen luego sus verdaderos discípulos. También en la sociedad de nuestros tiempos, existen padres y madres con este amor total y fiel hasta la muerte. Son los referentes que siguen testificando y manteniendo también hoy el amor verdadero, total y sin límites. La Iglesia puede mostrar en su historia y en su actualidad, testigos evidentes de este amor, que en medio de nuestro mundo y a pesar de los pecados , mantienen el listón del amor cristiano a la altura donde lo dejó Jesús con su vida y su muerte.
Es su Resurrección, origen del Espíritu Santo, la que hace posible tanta felicidad. Porque aunque “este tesoro lo llevamos en vasos de barro…el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado”. 2 Corintios 4, 7; Romanos 5,5. Este gran don , recibido en el bautismo y vivido en el día a día gracias a los sacramentos y la oración profunda, queda descrito con estas palabras: “vosotros no lo visteis, pero lo amáis; ahora, creyendo en él sin verlo, sentís un gozo indecible, radiantes de alegría, porque obtenéis el resultado de vuestra fe, la salvación personal”. 1 Pedro, 1,8.
Los itinerarios del amor están llenos de deseos y búsquedas, de alegrías y lágrimas; se aprende a amar, amando, pues nadie nace enseñado, por tanto, con errores. Es una tarea de la que nadie se escapa, porque Dios es amor y nosotros estamos creados a su imagen y semejanza. Abstenerse de andar este camino, es condenarse a la tristeza, al vacío y a la soledad estéril. Con todas sus peripecias, este camino conduce a la madurez y a la plenitud que descubre el sentido de la vida.
Jesús, el enviado de Dios, nos ha facilitado el camino, porque nos ha acercado a Dios consigo y nos lo ha humanizado en él. Por la fe accedemos a Jesús con toda su dimensión salvadora; por la oración y con la ayuda del Espíritu Santo, descubrimos su humilde y humana grandeza. Unidos en la Iglesia nos establecemos en comunión con todos sus discípulos, también con los que en el Reino de Dios han encontrado el sentido total de su vida y a él se han entregado con alegría. Son testigos coherentes, alegres y contagiosos de Dios en medio del mundo, brillando como luces entre tantas tinieblas.
El amor unifica la vida. El que ha descubierto a Dios al acercarse a Jesús, amará el mundo, los hombres, la vida y la creación. Cuando vea la injusticia y el dolor, le surgirán entrañas de misericordia y luchará tenaz e inteligentemente por la justicia, el orden y la paz. Su amor es universal, no se detendrá ni ante los enemigos, sino que también les amará y rezará por ellos.
El amor a Dios no se identifica con el amor al prójimo; aquel es el fundamento, la exigencia y el alimento de éste. El amor al prójimo demuestra al creyente que su amor a Dios no es una quimera.
“Es posible amar a Jesús intensísimamente?
La experiencia de muchos responde que sí, categóricamente. Es verdad que Jesús resucitado vive en otra dimensión. Pero el bautizado también vive en ella por el Espíritu Santo recibido en el bautismo, cuyo primer fruto es el amor. Gálatas 5, 22. Al que busca ardientemente a Jesús, como María Magdalena, tiene en la eucaristía su punto de encuentro, que prepara y prolonga después en su oración profunda.
O sea, que el encuentro con Jesucristo resucitado desde un fuerte amor es posible, deseable y necesario para alcanzar la madurez de la fe.
La fe es el puente, cuanto más se alimente, más sólido y más largo será el puente, o sea, la capacidad de acceso a la otra orilla, la del misterio de Dios y del Resucitado.
El amor nace con el trato. Escuchar hablar de Jesús, hablar de Él, leer los evangelios y otros escritos que hablen de Él es el alimento de esta extraordinaria relación.
Así como hay experiencias cumbres desde la realidad que nos abre su profunda grandeza, antes desconocida, el amor intensísimo a Jesús resucitado, es la experiencia cumbre en la vida de un cristiano.
Es una gracia que se desea con toda el alma cuando ves la plenitud de sentido y de gozo que tiene el que encontró ese tesoro. El testimonio contagia y salva.
Llorenç Tous
ORACIÓN
(De la liturgia del domingo 20º)
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro señor Jesucristo, tu Hijo. Amén.
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