intervencion de barcelo
INTERVENCIÓN DE MIGUEL BARCELÓ EN LA CATEDRAL
- La Catedral está llena de tres
- La intervención del pintor Miquel Barceló en la reforma de la capilla del Santísimo
- Las Bodas de Caná
- Tres momentos de un único misterio
- La multiplicación de panes y peces según el evangelio de San Juan
- Obra de Muchos
- El Rey Salomón y el artista Barceló
- El punto y la raya, Barceló en la catedral
- Miquel Barceló en la catedral de mallorca. Su obra en la Capilla del Santísimo
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LA CATEDRAL ESTÁ LLENA DE TRES
Joan Bauzà i Bauzà
La presencia más visual del tres en la catedral es la de su factura arquitectónica, es catedral de tres naves, A su vez, la catedral puede ser percibida como la conjunción de tres iglesias. Una es la primera que se construyó. La llamada Capilla de la Trinidad, allá arriba, al fondo, donde se guardan los mausoleos de les reyes. La segunda comienza cuando la anterior se ensancha y sube, la llamada Capilla Real, donde está ahora el altar y presbiterio. La tercera surge cuando la construcción se triplica y aparece el edificio de las tres naves.
Tres son, entrando por el portal mayor, los rosetones, uno tras otro, y el que se encuentra en el medio a su vez está en medio de otros dos que se encuentran en las naves laterales. Tres son los lampadarios más relevantes, el de las siete lámparas sobre la cátedra episcopal, el de la corona octogonal del baldaquino sobre el altar mayor y el de la lucerna cónica truncada en el centro de la nave central.
El número tres no es en absoluto extraño al patrimonio cultural de la Iglesia. Los cristianos adoran un Dios trinitario – Padre, Hijo y Espíritu Santo -, y tres son sus virtudes teologales – fe, esperanza y caridad- . No sólo el patrimonio cultural cristiano se ha ido construyendo, en parte, sobre el paradigma del tres. La antigua civilización celta cuenta con las tres espirales del Kristel, Dante dividió en tres partes la Divina Comedia, son famosas las tres leyes de Newton.
La gran reforma que el Obispo Campins propuso a Antonio Gaudí se formuló a través de una triple encomienda: conseguir un altar para Dios, una cátedra para el obispo y un gran espacio para el pueblo.
La Catedral es mundialmente conocida por títulos bien merecidos: catedral del mar, catedral de la luz, y a partir de ahora lo será por un tercero, catedral de la eucaristía. Ninguna catedral en el mundo tan bordeando el mar, ninguna tan abierta a la radiante luz del Mediterráneo, y desde ahora, ninguna catedral ofreciendo al mundo una catequesis tan completa, tan gráfica y tan monumental sobre el misterio de la Eucaristía, al fondo de sus tres naves, en un impresionante tríptico. El visitante, situado en el centro del templo, lo podrá admirar dirigiendo su mirada hacia la capilla del Corpus Christi, obra barroca de Blanquer. Continuando por el centro, mirando el altar mayor encuadrado en el modernismo, obra de Gaudí. Y finalizando a la derecha, la capilla del Santísimo, arte actual, obra de Barceló. Un tríptico único en el mundo por este triple motivo: por la unicidad de la temática a pesar de los años transcurridos entre unas y otras obras, por la convergencia de los tres autores en tratarlas, aun con estilos distintos, en idéntica exhuberancia de formas, y por la autoría de cada una de las tres partes del tríptico, artistas de máximo relieve en sus respectivas épocas.
El paradigma del tres se halla igualmente presente en cada una de las partes del tríptico. El retablo de la capilla del Corpus está constituido por tres cuerpos horizontales y otros tres verticales. La piedra del altar mayor está sostenida por tres filas de columnas, tres a lo largo y tres a lo ancho. Y la intervención de Barceló se ha estructurado en tres partes distintas que requieren tres artes distintas: cerámica, mobiliario litúrgico y vitrales. Y la obra en cerámica es, a la vez, un tríptico con tres frescos que expresan tres grandes temas: en la parte izquierda, el mar, en la otra, la tierra, y en la central, la humanidad, incorporando así los tres grandes frutos de la naturaleza: los panes y el vino - frutos de la tierra -, los peces y las algas - frutos del mar - y el hijo del Hombre, el fruto por antonomasia de la creación.
El autor se ha podido inspirar en tres fuentes bíblicas muy emblemáticas, las bodas de Caná, la multiplicación y el reparto de los panes, y la cena pascual. Toda la obra queda presidida por un mismo Señor: en el altar hecho pan para todos, algo más arriba, el sagrario hecho reserva para los enfermos y culto para adoradores, y, más arriba, el Resucitado hecho vida vertida sobre las innumerables calaveras abajo situadas. Unas pinceladas rojas verifican que este resucitado era “el antes crucificado”, puesto que remiten a las cinco llagas de sangre gloriosa que el autor ha situado en un triple nivel, el de los pies juntos, el de las manos extendidas en el centro y el del corazón, más arriba.
En la Capilla del Santísimo se contemplan, vigorosas e inquietas, tres líneas de fuerza: la vertical del hambre que hunde al hombre, la vertical de Cristo que, resucitado, lo asciende, y la horizontal del mensaje evangélico que asienta a los hombres en la mesa que los iguala.
No es la única forma de ver la catedral, la de verla bajo el signo del tres. Tampoco aquí quedan referidos todos los tres de la catedral.
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LA INTERVENCIÓN DEL PINTOR MIQUEL BARCELÓ EN LA REFORMA DE LA CAPILLA DEL SANTÍSIMO
Mercè Gambús
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LAS BODAS DE CANÁ
Lorenzo Tous
El episodio de las bodas de Caná, en el Evangelio de Juan (Jn 2,1-11) resume toda la obra de Jesús, según la interpretación que su autor hace de ella.
Llama la atención el silencio que los otros escritores y escritos del NT mantienen acerca de esta escena de Caná, hecho, de buenas a primeras, tan espectacular como significativo.
¿Por qué regaló Jesús tanto vino (entre 480 y 720 litros) a unos comensales que ya habían agotado las reservas previstas por el novio?. Y además, enseguida y solamente después de habérselo propuesto su madre, es decir, cuando ya no tenían necesidad de ello.
Los signos de Jesús obedecían siempre a una necesidad que le era presentada por personas con fe. El caso de las bodas de Caná es totalmente diferente: ni los novios ni los comensales pidieron nada, porque no tenían ninguna necesidad.
Estamos ante la presencia de un signo, el primero de los que hizo Jesús según el evangelista. La palabra “signo” es propia de Juan para expresar las manifestaciones de la divinidad de Jesús que provocan la fe. Son expresiones literarias de la fe apostólica en la Resurrección salvadora de Jesús que necesitan servirse de lo simbólico para dar a entender mejor todo el contenido de la fe en el Señor Resucitado. Los recursos literarios de este evangelista se nutren del AT, al que toman como fuente.
El episodio de las bodas de Caná tiene resonancias del Génesis: “El sexto día Dios creó el hombre y la mujer”. Juan sitúa el signo de Caná en un sexto día a partir del capítulo 1,29.35.43;2,1. Por medio de esta referencia indirecta, Juan quiere dar a entender que el Señor Resucitado es el creador del hombre nuevo.
Esta nueva creación, que supera el estado natural del hombre, se expresa por medio de la transformación del agua en vino. El cambio no es tan sólo de la naturaleza humana, sino también de la relación que el hombre mantiene con Dios. Antes se accedía a Dios por medio de la Ley de Moisés, es decir, por medio de la Antigua Alianza, escrita en las tablas de piedra de la Ley que Moisés leyó ante el pueblo de Israel al pie de la montaña del Sinaí.
También eran de piedra las seis tinajas que contenían el agua en Caná. Seis y no siete, número, este último, que simbolizaba el infinito y la plenitud. Esto significa que aquella Ley era imperfecta, exterior, incapaz de tansformar al hombre. Juan desprecia el uso de aquel agua “destinada a las purificaciones de los judíos”.
Los primeros cristianos, después de recibir el Espíritu Santo gracias a la resurrección de Jesús, cuando se sintieron transformados interiormente por Él, miraban las purificaciones, tan usuales en la religión judía, como ritos ineficaces, obsoletos e inútiles.
Jesús estableció una nueva relación con Dios, una Nueva Alianza, gracias a la transformaciaón de nuestra naturaleza mortal en una naturaleza de hijos de Dios, hechos para la vida eterna.
El paso de la Ley externa de Moisés a la gracia de Jesús que nos hace hijos de Dios se expresa en Caná por medio de la transformación abundante del agua en vino.
El judaismo purificaba externamente la piel con agua. La obra de Jesús diviniza el interior de todo el que cree en Él. El agua de los judíos servía para lavar la piel; el vino de Caná es para beber y así interiorizar la gracia.
El paso de la Antigua a la Nueva Alianza tiene un testimonio singular: la madre de Jesús. Maria acude a Caná aparte de Jesús y de sus discípulos. Consciente y fiel observante de la Antigua Alianza, conoce su dinámica y es la primera en darse cuenta de que la Ley ya no sirve para salvar. Dice: “No tienen vino”; y añade: “Haced lo que Él os diga”. Mediante esta orden demuestra conocer profundamente la antigua relación con Dios, y, por este motivo, representa “el resto” escogido de Israel.
El hecho de transmitir a los sirvientes esta orden nos recuerda las palabras del pueblo a Moisés, i, por medio de él, a Dios, cuando hubieron escuchado la proclamación de la Antigua Alianza: “haremos todo lo que nos diga el Señor” (Éx. 24,3).
María, representante de los israelitas fieles, se une a Jesús y a sus discípulos en la constitución del nuevo pueblo de Dios. Ella será la madre que, al pie de la cruz, recibirá del Hijo la herencia de continuar la obra del Reino de Dios.
En el episodio de las bodas de Caná de Galilea, al comienzo de la vida pública de Jesús, el evangelista Juan nos presenta un resumen de toda su obra de una manera muy personal. Y el hecho de que sea tan personal hace que los otros evangelistas no la conozcan
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TRES MOMENTOS DE UN ÚNICO MISTERIO
Teodor Suau i Puig
La Catedral de Mallorca es un balcón por donde el misterio asoma a nuestra tierra.
Claridad de la piedra.
Espacio y silencios.
Olor del agua marina que se vierte por los ventanales.
Las huellas del tiempo.
Vida y muerte.
Misterio del Absoluto-con-nosotros, de aquel amor más fuerte que la muerte que quiso plantar su tienda entre las nuestras.
Misterio de la belleza siempre antigua y siembre nueva.
La poesía, hija del misterio, ha inventado palabras para decir aquello que solo puede ser presentido:
“Catedral del mar”.
“Catedral de la luz”.
“Catedral del espacio”.
“Catedral de los rosetones...”.
La intervención del artista Miquel Barceló en la capilla del Santísimo, recientemente terminada, proporciona la ocasión para que un nuevo calificativo se añada a la lista: “Catedral de la eucaristía”
Con acierto.
Veámoslo.
Nos situamos en medio del portal mayor.
Sin prisas, leemos el libro que se abre ante nuestros ojos.
Al fondo, donde el espacio conduce nuestra mirada hasta su puerto natural, tres ábsides. Que ponen punto final a tres grandes naves.
La mayor, cuya longitud es de 75,52 ms.; de una anchura de 19,40; y alta hasta los 43, 74 ms.; las dos menores, a izquierda y derecha, de 10,03 de anchura y 30,17 de altura. En total, cerca de 6.600 ms. cuadrados... Ciertamente, grandiosas.
En la cosmovisión judeocristiana, tres es un número simbólico. Expresa totalidad, integridad, acabado, perfección.
Lo hallareis a menudo en nuestra Catedral: tres vitrales en el ápice de la capilla de la Trinidad; tres rosetones en la fachada de levante; tres más al fondo... al servicio siempre de la luz... con la finalidad de que el peregrino posea la claridad necesaria para aprender el difícil arte que enseña a ver las viejas cosas de siempre con los ojos nuevos de la fe... Hay más... Los maestros albañiles que levantaron estas paredes, amaban el misterio de los números. Y les gustaba jugar con ellos: el cinco, el siete, el ocho... todos ellos cargados del sentido que la tradición descubre en la matemática. No lo olvidemos: para los antiguos pensadores griegos, el número formaba parte de la estructura de la realidad. Y comprenderlo, era entender el secreto de la vida y de la muerte.
Tres naves.
Tres ábsides.
Contienen una lección que le conviene aprender al peregrino que se adentra en esta casa para mirar, celebrar, rogar, solazarse…, abismarse en el misterio.
Vamos a hablaros de esta lección. Solo un poco. Para no ser obstáculo para vuestra contemplación.
Empezaremos por el ábside del lado del evangelio, a la izquierda, mirando al presbiterio. Llamamos a esta capilla “del Corpus Christi” por el retablo que la preside.
También denominado el “rey de los retablos de La Catedral”, ocupa toda la pared del fondo (10,10 x 8,35ms.) y es obra del escultor Jaume Blanquer (1581? – 1636), en sustitución de otro anterior dedicado a San Mateo, del siglo XIV. Por lo que sabemos, debió concluirse en 1641.
Una primera llamada a la atención del contemplador: nuestra Catedral es un animal vivo.
No solo renace constantemente por el milagro de la luz indefinible. Crece, cambia, adquiere cosas nuevas con el paso del tiempo. Y las pierde, ve como se destruyen, se deterioran y envejecen hasta desaparecer... Se transforma. Constantemente. Tiene una biografía propia. Rica. Única. Inédita.
La intervención de Blanquer, nueva y original, suscitó entusiasmos y... con toda probabilidad, no pocas censuras.
Es el precio de la difícil relación entre lo Viejo y lo Nuevo, descrita en el evangelio.
El retablo entonces actual, pasa de moda; ya no gusta; es la hora de otras formas de ver y vivir la vida. Otros estilos se sobreponen a los anteriores... Alguien, en nuestro caso, una familia acomodada, los Anglés, cuyas armas se preocupan de colocar bien a la vista, encargan a un artista de fama una nueva ornamentación.
El resultado: una maravilla del renacimiento mallorquín, austero en su exuberancia, luminoso y elocuente. Como nos gusta a nosotros, gentes del Mediterráneo. Como somos. Capaz todavía de cautivarnos y de hablarnos desde su silencio.
Mirémosle.
Poco a poco.
Disfrutando del encanto del detalle.
Busquemos sus matices.
En el lugar de honor, la representación de la Última Cena con que Jesús responde al absurdo de un desastre inminente. De acuerdo con la tradición cristiana, la primera eucaristía. Para nosotros, una seña de identidad. Nuestro tesoro más preciado. El lugar de la experiencia de la resurrección. De donde mana nuestra esperanza. Y donde enraíza nuestra caridad.
Los discípulos, compañeros de fatigas del Jesús, formando un plano inclinado, para facilitar la visión, crean un círculo abierto, pensado para resaltar la figura del Maestro de Nazaret, que ocupa el centro de la escena. San Juan, fiel al texto evangélico, reclina su rostro sobre el pecho del Señor: interrumpe el movimiento circular y proporciona así al conjunto una extraña viveza. La mesa, bien dispuesta. Y, en primer plano, Judas, sosteniendo la famosa bolsa identificadora de su malaventuranza.
El autor sabe que se trata de un momento decisivo en la vida de Jesús.
La conciencia lúcida del final provoca en Él la urgencia de un último intento antes de darlo todo por perdido.
Conoce la distancia que le separa de los discípulos, amigos del alma, y, sin embargo, tan lejos de entender lo que está a punto de pasar.
Quiere comunicarles un secreto: su secreto. Aquello que ha dado sentido a una vida y que está a punto de ser causa de su muerte. Con la esperanza de que, aunque ahora no comprendan, más tarde, redescubrirán el gesto, recuperarán las palabras, volverán a encontrarse junto al pan y el vino... Y recordarán.
Y el recuerdo se convertirá en memoria.
Y podrán vencer el miedo.
Y entrarán en el Sepulcro.
Y, en la casa de la muerte, descubrirán la victoria de la vida sobre la muerte. Porque el Sepulcro estará vacío.
Aprenderán así que hay un amor más fuerte que la muerte.
Entonces Jesús podrá morir tranquilo. Seguro de haber hecho lo que había que hacer.
La Última Cena: Jesús que responde con dignidad serena al pánico del absurdo.
La Última Cena: la propuesta de una felicidad que se confunde con el don de la vida por amor. Anuncio de una nueva forma de ser en el mundo.
La Última Cena: el rostro del único Dios que merece ser tenido por Dios: el Amor sin límites. Una semilla de vida sembrada en la dura tierra de la humanidad.
La Pasión entera se insinúa en el gesto de Jesús que parte el pan y hace pasar la copa.
El autor de nuestro retablo ha querido expresarlo a su manera: los pies de los dos discípulos situados en la cabecera de la mesa conducen la vista del espectador a la escena del juicio de Jesús.
Al fondo, la cruz.
Jesús, de pié, luminosamente desnudo, un poco desplazado hacia la izquierda, como si nuestro autor quisiera insistir en su marginalidad. Rodeado de hombres hostiles, cada uno sosteniendo una acusación en la mano. Preside el poder de siempre: la razón política del Imperio, que no puede admitir otro absoluto fuera del César; la razón teocrática de Israel, que no puede creer en un Dios que se declare a favor del marginado, del condenado, del rechazado.
Y a pesar de todo, la belleza se decanta definitivamente por el pobre reo, condenado antes de ser juzgado.
E invita a ponerse de su parte.
De nuevo, el misterio.
Que el artista dice.
Que el artista nos dice.
Para que también nosotros, como los discípulos, comprendamos y aprendamos.
Y tomemos partido.
Y, de eucaristía en eucaristía, nuestra fe se torne confianza en la victoria definitiva de la víctima sobre el verdugo de turno.
Difícil de digerir, ciertamente.
Imposible en la circunstancia de cualquier tiempo.
Por eso, hay que añadir el altar.
De dimensiones amplias (2,76 x 0,88), el frontal de estuco se atribuye a un monje de la Cartuja de Valldemossa. Que pintó pasajes del Antiguo Testamento, adornados con los símbolos clásicos de la eucaristía: las espigas y los racimos de uva.
La historia de Jesús no es nueva: hunde sus raíces en la historia de la Utopía. Otros, antes, saben del amargo sabor de las lágrimas. Y, a pesar de todo, han mantenido la confianza en su Dios: en la vida, más fuerte que la muerte. Y por eso, todavía existe hoy la esperanza. Tejida paso a paso por los amigos de Dios.
Uno de éstos fue Abraham.
Tres momentos de su biografía ha reproducido el monje cartujo en el frontis del altar.
Tres escenas de una historia interesante.
A la izquierda (Gn 18,1-5), una cena. Abraham y tres nómadas del desierto, que acoge en su tienda, bajo la encina. Y con quien comparte lo que tiene. Y se produce el milagro: el misterio. Pensando abrir su casa a seres humanos, de hecho, son ángeles los que entran por su puerta. Y la acogida de Abraham obtiene una respuesta desproporcionada, a la medida del Dios-Vida-de-la-Vida: “tu mujer tendrá un hijo, en su esterilidad desgarradora”. Y Abraham recupera el futuro. Y con el futuro, la sonrisa.
La iglesia cristiana ha visto en este episodio de la hospitalidad del desierto la intuición de algo más profundo: compartir, dar, darse, abrirse a la indigencia del otro, es sembrar vida alrededor. Es establecer el contacto con Dios. Una vez más: el rostro del pobre, rostro del ángel. Rostro del Dios de Abraham.
En medio, Abraham y Melquisedec, acompañados de sus soldados (Gn 14,18-19). Una batalla. Abraham, vencedor. Comparece un personaje importante, desconocido hasta ahora: “sin padre ni madre ni generación”, nos dirá la tradición posterior: una forma de expresar su actualidad, más allá del tiempo, significativa del rechazo de la violencia por parte del Dios de la vida. Alguien cuyo nombre, también significativo, es: Melqui-sedec. Es decir: mi rey es la misericordia. Y Abraham y Melqui-sedec, en la tierra violenta y peligrosa de entonces, establecen un pacto de mutua ayuda. Y el signo de esta paz necesaria para el buen funcionamiento de la vida es una ofrenda de pan y de vino.
También en esta escena ha visto nuestra tradición cristiana la semilla de lo que se celebra y agradece en la eucaristía: Dios, a favor de la humanidad. Dios creador de condiciones para la paz. Dios preocupado por el bienestar del hombre y de la mujer en esta tierra dura. El futuro que se abre en el horizonte tan a menudo espeso de nuestro quehacer humano.
Finalmente, el sacrificio de Abraham (Gn 22), tan malentendido y peor explicado: la pretendida voluntad de un Dios arbitrario que sumerge a alguien en el dilema más áspero: o su Dios o su hijo. No es así. No. Más bien se trta de un proceso de aprendizaje. Abraham se toma en serio su fe. Desea mostrarle a su Dios la radicalidad de esta fe: quiere ofrecerle lo mejor. Y, sin duda, lo mejor es Isaac, el hijo único, garantía y promesa, futuro y esperanza, en un mundo donde la vida después de la muerte todavía está por descubrir. Abraham se dispone a hacer lo que hay hacer. Lo que habría hecho cualquier hijo de vecino en sus circunstancias… pero Dios detiene su mano. No es Dios de muerte, el Dios de Abraham. Ni de violencia. Tampoco y mucho menos un Dios frívolo que juega con los sentimientos del hombre como quien se aprovecha de su prepotencia insultante. No. Dios quiere la vida: abundante, como las estrellas del cielo. Y la arena de las playas. Porque es la Vida-de-la-vida. He aquí lo que Abraham ha terminado por comprender.
Naturalmente, nuestra tradición lee este pasaje de la Biblia como alusión al significado de la muerte del Hijo de Dios. Jesús primero y la iglesia cristiana más tarde, deberán descubrir el sentido del sufrimiento a la luz de un Dios intuido como Amor. Que no escribe para nosotros el guión de nuestra vida sin nosotros. Sino que, incluso en el sin sentido del dolor, se mantiene a nuestro lado para abrir espacios de esperanza y libertad. También aquí, una vez más, el misterio.
Buena teología de la belleza en la belleza de las imágenes.
Nuestro retablo dice más.
Blanquer realiza su trabajo después de Trento. El catolicismo de entonces era sensible a determinadas matizaciones de los contenidos de la fe. Que hay que expresar con claridad para instruir al contemplador. No lo olvidemos: el arte, al servicio de la fe. Como su mejor expresión. Que no empequeñece la libertad del artista. Sino que le proporciona una dimensión nueva, grandiosa al conectarlo directamente con la dimensión oculta del Totalmente – Otro, del Siempre-Más: al conectarlo con el misterio.
Él y sus colaboradores quieren subrayar el lugar central de la fe. E insistir en su importancia: por eso, la escena lateral cuenta la caída del caballo de San Pablo, el apóstol por excelencia, convertido de perseguidor en perseguido gracias a un encuentro de extrañas intensidades con el Señor resucitado. Y añaden la memoria de los mártires, que dan la vida por la fe. Pero la fe sin la acción transformadora acaba por convertirse en autocontemplación solipsista y peligrosa. De aquí la referencia a las obras de misericordia, certificado de garantía de la fe, por medio de la figura de un santo repartiendo pan a los pobres y curando las heridas de los marginados.
Una última referencia: el retablo contiene las imágenes de todos aquellos santos y santas que la familia que lo ha costeado ha querido colocar aquí. Porque llevan sus nombres. O porque les recuerdan los orígenes, la devoción de sus antepasados, las raíces: todo aquello que da razón de la singularidad de los donantes. Concesión al deseo de eternidad y perpetuación de nuestra extraña condición humana. Que hasta a la belleza pretende convertir en ostentación. Una nueva lección para el contemplador: nada está exento de tentación. San Antonio, que ocupa un lugar importante en la parte superior del retablo lo dice muy claro. La vida es lucha contra el mal. A nosotros corresponde sacar consecuencias. Y concluir: todo es recuperable por el milagro de la belleza hecha gracia.
Un primer momento, pues, en la exposición plástica del misterio de la eucaristía.
Vamos ahora al altar mayor, verdadero corazón de la Catedral.
Ocupa el centro del enorme presbiterio, plantado en el ábside llamada Capilla Real, debido al interés que mostraron los sucesivos reyes de nuestra corta dinastía: hasta dieciséis veces se hallan grabados sus escudos por los muros que la conforman. Aquí se celebraron las exequias de Jaume II (1311) y la coronación del rey Sanç (1311), la de Jaume III (1324) y la de Pere el Ceremoniós (1343). En realidad, una pequeña iglesia: 24,5 ms. de longitud; 15,87 de anchura; 28,30 de altura.
La última intervención significativa en su estructura fue obra de Antoni Gaudí, acabada y bendecida por el obispo mallorquín P. J. Campins el día de la Inmaculada del año del Señor mil novecientos cuatro, hace ahora poco más de un siglo. Otra de las sorpresas que nos reserva nuestra Catedral.
A nosotros nos interesa la referencia a la eucaristía.
Desde hace setecientos años, todos los días, todos, no ha dejado de actualizarse aquí la Cena del Señor en la misa conventual que los Canónigos y el clero de la Catedral celebran sobre la piedra santa del altar.
Actualización, que significa deseo y voluntad de asumir aquello que Jesús quiso decir a sus discípulos en el momento solemne de su despedida. Presencia de una ausencia: la del Maestro siempre dispuesto a salvar, transformar y liberar el mundo en la dirección del Reino. Intercesión por nuestra sociedad y por todos los que la forman. Vivencia de la resurrección que hace nacer a la Iglesia y crea espacios para la esperanza y la caridad... todos los días, todos, hasta hoy, el milagro de la vida surgida de la muerte...
Por eso resulta tan apasionante la historia de este altar, la mesa que hermana a los católicos mallorquines desde hace tantos siglos.
La enorme piedra de alabastro (3,07 ms.. de longitud; 1,71 de altura; 0,615 de gordura) es la misma que el año 1269 fue consagrada por primera vez. La sostienen ocho columnas de mármol blanco, más otra, en el centro, de la cual hablaremos inmediatamente.
Que sepamos, fue consagrado, al menos cuatro veces: en 1269, por el obispo Pere de Morella; en 1346, por Berenguer Balle; en 1746 por el obispo José de Cepeda y, finalmente, en 1905 por P. J. Campins, terminada la restauración de A. Gaudí.
Los delincuentes de estos pagos solían correr a besarlo cuando se sabían perseguidos y buscaban refugio en la Catedral para escapar a la justicia. Cuenta la tradición que el Virrey Felip de Cervelló, por los días de octubre de 1546, violó este derecho: ordenó encarcelar a algunos asilados, y los hizo ejecutar. Por esta razón, se vio obligado a regalar al Capítulo una rica capa valorada en más de cien florines... en penitencia. Otros tiempos, otras costumbres... Idéntica necesidad de protección del débil... soluciones que no dejan de ser curiosas...
Seguimos.
Una columna diferente de las demás. Acabamos de mencionarla. De mármol. Su origen, para algunos, en el siglo VI. La forma y la decoración geométrica, muy simple, son típicamente bizantinas. Para otros, de origen árabe: ¿proveniente de la antigua mezquita? Tal vez. En el lugar donde ahora se ubica la Catedral de Mallorca, nuestros más antiguos antepasados, durante generaciones, levantaron templos y celebraron cultos a Alguien a quien los humanos han buscado expresar con la palabra “dios”, cuya etimología se hunde en la experiencia de la luz. Como si hubiesen intuido que nosotros, eternos viajeros “sin puerto ni ribera”, necesitamos un plus de ayuda para ver claro y orientarnos en el difícil camino que conduce al paraíso perdido. Pues bien, esta columna tiene una forma muy sugerente: ancha en la base, se estrecha hasta dejarse envolver por una anilla que la abraza, a partir de la cual vuelve a buscar la anchura de su pié. Un haz de piedra. Una gavilla que simboliza el núcleo de nuestra fe: de las raíces de la tierra, el deseo y la voluntad hacia que del caos construye cosmos en el tiempo; del corazón de la Trinidad, de lo alto, el movimiento que empuja a Dios hacia la humanidad; al encontrarse, el círculo –uno de los sueños de perfección de los antiguos poetas- que dibuja el mundo y su historia, a medio camino entre el ser y la nada; eterna tensión del sí y el todavía no; entre el superhombre y la bestia, lugar donde acaece la trágica maravilla del vivir... y del morir. Dios hecho hombre para que el hombre y la mujer puedan llegar a ser dioses. Sosteniendo, pues, el altar, la llamada a la apertura, a la trascendencia, a la comprensión del tiempo y del espacio como construcción del futuro de Dios.
El altar se encuentra rodeado por la sillería del coro. Ciento diez asientos, curiosa e interesante muestra de la libertad de los artistas que lo bordaron, en su intento de poner al servicio de la fe aquellos elementos culturales más “modernos”: fueron decorados a base de motivos florales y del bestiario fantástico del siglo quince. Atrevidos en las formas y en la expresión de las figuras, habida cuenta de que están pensados para el culto y la plegaria... Sabían que la vida, en su sorprendente riqueza, es uno de los atributos del Dios que deseaban honrar.
Al fondo, la sede episcopal, sobre siete peldaños de mármol italiano, flanqueada por dos leones, símbolo de la fuerza y de la vigilancia del buen pastor. Probablemente fue fabricada el mismo año de la primera consagración del altar, en 1269, en tiempo del obispo Pere de Morella. Más tarde, cuando otro obispo, Berenguer Balle, decidió la remodelación del presbiterio, fue colocada en el lugar actual. Gaudí, genial como siempre, quiso que los obispos de todas las épocas tuviesen una clara conciencia de su función en el seno de la comunidad eclesial y para que no se sintiesen amos y señores, sentados en un trono, pintó en las paredes más próximas a su sede el árbol genealógico del episcopologio mallorquín, entre palmas y ramos de olivo. De este modo les decía que solo eran una anilla más en la larga cadena de los siervos inútiles del evangelio. Importantes, sí; pero solo un eslabón.
Así pues, el altar rerpresenta el vínculo de unión entre los pastores, obispo y presbíteros, y el pueblo de Dios que aquellos deben servir. Precisamente para que se haga realidad –estilo de vida- la eucaristía que se realiza todos los días en este lugar.
Sobrevolando el altar, cubriéndolo con su sombra, otra genialidad de Antoni Gaudí: el baldaquín, este círculo distorsionado, de sorprendente belleza, que señala la centralidad del lugar en referencia al conjunto de la Catedral. Espigas y racimos de uva, distribuidas profusamente, recuerdan la conexión de la eucaristía de hoy con la Cena del jueves santo. Mientras que el Calvario esculpido en la parte delantera introduce la memoria de la Pasión de Cristo. La ternura de María y la amistad fiel del discípulo Juan, ambos de pie junto al crucificado, sostienen la esperanza en la resurrección: lo mismo que se repite en el altar. En conjunto, unos brazos abiertos para la acogida; una invitación a concentrar la mente y la mirada; una forma de iluminar de inmensidad la acción que tiene lugar sobre la piedra del altar mayor.
Un segundo momento, pues, que despliega los contenidos de la teología eucarística.
Falta el último.
Desde muy pronto, una vez logrado el reconocimiento público del cristianismo, los obispos, al acabar la eucaristía dominical, repartían a los presbíteros concelebrantes pan consagrado para que lo hiciesen llegar a los enfermos impedidos de participar en la reunión de la comunidad. Un bello gesto, significativo de la unidad y de la unión de todos los miembros del grupo. Y un recuerdo entrañable de los desvalidos en el momento más intenso de la vida cristiana.
Más tarde, y con la voluntad de disponer de la eucaristía para confortar a los agonizantes y acompañarlos en su último viaje, se conservó el pan en un lugar digno y honroso: el sagrario. Poco a poco, sobre todo como reacción a la Reforma Protestante, el sagrario fue tomando una nueva importancia como lugar de la presencia del Señor entre nosotros. Y fue objeto de un culto entrañable y lleno del afecto de los creyentes. Por eso, en muchas iglesias se construyeron lugares especialmente destinados a la reserva del pan consagrado para facilitar la adoración y la plegaria de los fieles. En nuestra Catedral, se hizo en la capilla que ocupa el ábside del lugar de la epístola, a la derecha del presbiterio, llamado por esta razón Capilla del Santísimo. En siglo XIV, estaba dedicada a San Vicente Mártir. Pero un siglo más tarde la encontramos bajo la advocación de San Pedro. En el año 1819 sufrió un incendio que destruyó rápidamente el retablo barroco del siglo XVI, que había sustituido al anterior, y deterioró gravemente la bóveda y los muros. Las obras de restauración duraron cerca de veinte años. El resultado fue un nuevo retablo de estilo neoclásico, acabado el año 1839 obra de Rafel Marzal y de Miquel Torres. Ocupaba el lugar central un óleo de Salvador Torres, alusiva al Primado del apóstol Pedro. De aquí el nombre de capilla de San Pedro con que aún la hemos conocido nosotros. En el suelo se abren las sepulturas de los Infantes Pere de Portugal (muerto el 1256) y Pagano de Mallorca (muerto el 1349), ambos benefactores de nuestra Catedral. También fueron enterrados aquí los arzobispos Pere de Alagón (+1701) y Josep Miralles (+1947), los obispos Alfonso Lasso Sedeño (+1607), Baltasar de Borgia (+1630), Antoni Collell (+1363) y Jesús Enciso (+1964). Cuando ya habían comenzado las obras de la actual remodelación, fueron colocados en esta capilla los despojos del obispo Teodor Úbeda (+2003). También reposa en ella el obispo mallorquín de Ibiza Francesc Planas (+1985).
El Concilio Vaticano II actualizó las coordenadas del culto a la eucaristía, señalando sus dos dimensiones fundamentales: memoria de la celebración de la Cena del Señor Resucitado, con todo lo que esto significa para la vida de los cristianos. E impulso para la transformación de la sociedad en la dirección del Reino. Recuperando la perspectiva bíblica como punto de referencia, releía la tradición en esta clave. Los textos de Juan y de los evangelios sinópticos alusivos a la multiplicación de los panes y de los peces o la transformación del agua en vino en las Bodas de Caná sirvieron de referente privilegiado a la hora de suscitar en los miembros de la comunidad cristiana la auténtica devoción –que quiere decir adoración y voluntad de seguimiento- a la presencia real del Señor en el sagrario. Para nosotros, mallorquines creyentes, enamorados del mar y amantes de nuestro Dios, ha significado una bella metáfora de estos dos amores: como el mar, que siempre está allí, silencioso, fiel, siempre, también el Señor Resucitado permanece grandioso, humilde, atento, paciente, presente siempre: porque están siempre, yo puedo también encontrarlos siempre. Porque están siempre, forman parte de nuestro paisaje cotidiano. Porque están siempre, son a la vez el aire que respiramos. Aunque no siempre les dediquemos el tiempo que merecen. Sin embargo, ¿qué sería de nosotros si, ambos, nos faltaran?
Fue esta memoria viva de uno de los núcleos de la fe cristiana lo que movió al obispo Teodor Úbeda y al Capítulo de la Catedral a plantear la reforma de la capilla de San Pedro con la finalidad de que expresara en su iconografía la teología querida y promovida por el Vaticano II.
Así nació el proyecto, ahora finalizado, de ofrecer a Miquel Barceló la oportunidad de realizar esta iconografía. El resultado no necesita demasiada explicación: una maravilla del arte contemporáneo, que se añade a la riquísima historia de nuestra Catedral, por nosotros definida más arriba como un “ser vivo”, que cobra una mayor intensidad vital en cada una de las obras que hace suyas.
Miquel ha sabido jugar muy acertadamente con los temas teológicos que se le pidió que plasmara en las paredes de la vieja capilla.
En un esfuerzo exitoso de decir aquello que es inefable, ha colocado un icono de Cristo resucitado en medio de la composición, grandiosa y fascinante. En eterna pugna con el caos de la muerte. De una mancha blanca, oportunamente moteada con el rojo de las llagas, emerge el alma de la materia y se lleva consigo la muerte, el deseo plasmado en unas manos y establece el centro a partir del cual encuentra su lugar el resto: el hechizo del mar; la superabundancia del pan, del vino y de los frutos de nuestra tierra. Abundancia, sin embargo, que no suprime la miseria siempre sorprendente de la nada y, por tanto, provoca la necesidad de dejarse llevar más allá del presente, hacia una luz extrañamente misteriosa, que se filtra tenuemente a través de los vitrales abiertos a la luz mediterránea. El caos, también una vez más, convertido en cosmos. El huerto vencido por el jardín. El silencio. Y la penumbra.
No es preciso decir más. Nosotros, ponemos fina a nuestra meditación: hemos llegado al tercer momento de la grandiosa descripción de la eucaristía que expresa nuestra Catedral. Y que nos conduce a la adoración de la Vida de la vida desde la memoria de un amor más grande que la muerte.
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LA MULTIPLICACIÓN DE PANES Y PECES SEGÚN EL EVANGELIO DE SAN JUAN (Jn. 6,1-71)
Lorenzo Tous
Para entender las intenciones del evangelista en este capítulo situémonos en el contexto de las comunidades cristianas primitivas que originan este escrito, con una fe y una tradición particulares que contrastan con la fe y las tradiciones judías.
Jesús es proclamado por los cristianos como nuevo Moisés, liberador de su pueblo. La Tierra Prometida hacia la cual su salvación nos conduce es la vida eterna, que consiste en conocer al Padre y al que el Padre envió al mundo para salvarlo.
Todo el capítulo 6 se centra en la aparición de Jesús sobre las aguas encrespadas, aparición semejante a una de las del Resucitado: “Soy Yo, no temais” (Jn. 6,21). Jesús se atribuye una vez más la definición de Dios que muestra el libro del Éxodo: “Yo soy” (Éx. 3,14). Los de la barca que zozobra se tranquilizan y alcanzan enseguida la otra orilla.
La multiplicación de panes y peces tiene lugar desde el Señor Resucitado como centro, hecho enmarcado entre las idas y las venidas de una multitud que, tanto por tierra como por mar, buscan a Jesús para seguirlo.
El nuevo maná llegará a estas gentes enmedio de su proceso de búsqueda, como alimento y como premio a su fe en Jesús. El hecho de cruzar las barcas el lago de Tiberiades recuerda el paso del mar Rojo por el pueblo de Israel. De este modo, el evangelista presentará la Eucaristía como el alimento de los peregrinos de la fe, como la “verdadera comida y la verdadera bebida” (Jn. 6,55).
El hecho tuvo lugar cuando “estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos” (Jn. 6,4). Para celebrarla acudían al Templo de Jerusalén judíos llegados de todo el mundo. En la misma primavera y por las mismas fechas, el evangelista proclama la Pascua de Jesús en otro contexto, muy lejos del centro del judaismo, cerca de la frontera con el mundo de los gentiles, con una comida abundante de solidaridad entre los que habían dado pruebas de buscarlo para darle seguimiento.
Jesús preside esta abundante comida en un descampado. El evangelista proclama de nuevo la divinidad del Maestro, presentándolo como “el Profeta” (Dt. 18,18), muy superior a los grandes profetas de Israel, pues si Eliseo con cinco panes dio de comer a cien personas (2 Re. 4,42-44), Jesús, con otros tantos panes sacia el hambre de al menos cinco mil personas. La pobreza de un niño le ofreció unos panes cebada y con dos peces, y Jesús los transformó en una riqueza abundante.
Antes de este signo, Jesús “pronunció una acción de gracias”, palabra que en las comunidades apostólicas definía la Eucaristía. Con ello se significaba la relación que hay entre ambos signos. Esta relación queda explicitada por el mismo Jesús en el largo discurso, planteado al estilo de una homilía sinagogal, que pronuncia luego en la sinagoga de Cafarnaún. En este discurso Jesús propone la fe en Él, fe promovida por el Padre, como el acceso a la vida eterna. El evangelista entiende que este proceso se inicia, estando nosotros en este mundo, en el momento en que prestamos al Señor nuestra adhesión de fe, por contraste con los judíos, que lo rechazaron.
Jesús se define a sí mismo como el pan bajado del cielo, un alimento espiritual superior al maná, el cual no pudo evitar la muerte de los israelitas en el desierto. El que se alimenta de este pan del cielo vive ahora y para siempre con la vida recibida de Dios, a la cual denomina eterna.
Con más precisión aún determina qué comida es ésta que da la vida eterna: su “carne” (sarx). Los otros evangelistas, al narrar la institución de la Eucaristía, hablan de su “cuerpo” (soma). Juan cambia la palabra porque “soma” (cuerpo) también se dice de un cuerpo-cadáver, mientras que “sarx” (carne) sólo es aplicable a un cuerpo con vida. No hay duda de que la comunidad de Juan contemplaba en la Eucaristía la persona del Señor Resucitado, alimento de los peregrinos de la fe:
“El pan que yo voy a dar es mi carne (sarx), para que el mundo viva” (Jn. 6,51)
Todo este tratado sobre la Eucaristía, el evangelista Juan lo completará con otros cinco capítulos después de la Última Cena (Jn. 13-17). En ellos fijará la relación de la Eucaristía con el servicio a los más alejados (Jesús lava los pies a Judas), determinará la misión del Espíritu Santo a partir de su Resurrección y hablará del crecimiento de la comunidad de sus seguidores de todos los tiempos en medio de un mundo adverso. Y en aquella Cena de despedida les confiará especialmente su última voluntad:
“Os doy un mandamiento nuevo: que os ameis unos a otros como yo os he amado; amáos así unos a otros” (Jn. 13,34)
La Eucaristía y el servicio, el amor y el Espíritu son el fundamento y el testimonio de la vida cristiana.
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OBRA DE MUCHOS
Joan Bestard Comas
Las grandes obras son, por regla general, fruto de muchas personas que, con voluntad decidida, saben unir su inteligencia y generosidad en torno a una idea que vale la pena.
Ya a punto de inaugurar y bendecir la obra de Miquel Barceló en la capilla del Santísimo de la Catedral de Mallorca, pienso en las múltiples reuniones en las que participé con el fin de conducir a buen puerto esta realización singular que ya podemos contemplar en toda su belleza y grandiosidad.
Cuando la Universidad de las Islas Baleares presentó este proyecto al señor obispo Teodoro Úbeda, yo era entonces el decano-presidente del Cabildo de la Catedral. No dudamos ni un momento en aceptarlo por tratarse de un artista mallorquín de fama internacional i por la obra en sí que ciertamente dignificaría una capilla importantísima de nuestra iglesia-madre. Pusimos solamente dos condiciones muy claras: que la obra fuera aprobada por el Cabildo y que no costase nada a la Catedral, porque las entradas económicas que ésta tiene por la visita turística deben ser destinadas a obras necesarias y urgentes que constantemente se han de llevar a término en nuestra catedral para su adecuada conservación. La primera condición se cumplió cuando el 16 de diciembre del año 2000, el Cabildo aprobaba la realización de la obra por mayoría absoluta. La segunda condición exigía buscar “sponsors”, tarea que no ha sido nada fácil pero que al final se ha conseguido.
El obispo Teodoro tuvo la feliz idea para poder realizar esta obra de crear en el 2002 la “Fundació Art a la Seu”, que ha sido decisiva para culminar el ambicioso proyecto. En esta fundación hay empresarios turísticos de “Fundatur”, la Universidad de las Islas Baleares, el Consejo de Mallorca, el Ayuntamiento de Palma, la Diócesis de Mallorca y el Cabido Catedral. Todas estas instituciones, trabajando juntas, bajo la dirección del obispo Úbeda y del obispo Murgui, que han presidido la fundación durante casi cinco años, han hecho posible esta realidad con su dedicación y generosidad económica.
Pero a este primer grupo debemos añadir estas otras instituciones y personas que han aportado también su generosidad y trabajo: “Sa Nostra”-Caixa de Balears”, Aena, Gesa-Endesa, el “Foment de Turisme”, la Federación Empresarial Hotelera de Mallorca, el taller ceramista Vicenzo Santoriello de Viteri sul Mare (Nápoles), la empresa de ventanales JeanDominique Fleury de Toulouse, el fotógrafo del artista, la empresa mármoles Sorell que ha tallado la piedra para el mobiliario litúrgico, la empresa Salvá Llull, que proporcionó la piedra de Santanyí que faltaba a los ventanales, las personas de confianza de Miquel Barceló que han hecho de puente entre él y la Fundación y entre él y el Cabildo Catedral, los dos decanos-presidentes que ha habido en este período (2000-2007), el gerente, los arquitectos, el aparejador, los albañiles, el herrero, el carpintero y el electricista de la Catedral.
Y he dejado para el final, al que quiero citar con nombre y apellidos, porque ya nos dejó: el canónigo Pere-Joan Llabrés y Martorell, que fue secretario, archivero, prefecto de Liturgia y encargado del museo y de la conservación del patrimonio artístico y cultural de la Catedral. Él, como miembro de la “Fundació Art a la Seu” y en nombre del Cabildo, asesoró teológicamente a Miquel Barceló, con el que hizo una sincera amistad. Él explicó al artista que el tema de la cerámica tenía que inspirarse en el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6, 1-15) y en el de las bodas de Caná (Jn 2, 1-12), y el lema de la obra debía ser: “Pan para la vida del mundo”.
El “milagro de Barceló” en la Catedral es también el “milagro” de muchas instituciones y personas que, bien unidas en torno a un proyecto artístico fascinante de carácter religioso, no han escatimado esfuerzos ni generosidad.
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EL REY SALOMON Y EL ARTISTA BARCELO
Joan Bauzà i Bauzà
Uno de los libros más sublimes de la literatura universal es el poema de amor, el Cantar de los Cantares, una joya literaria. Una de las capillas que será mundialmente admirada será la del Santísimo en la Catedral de Mallorca, una obra de arte.
¿Tienen algo en común el libro bíblico atribuido a Salomón y la obra catedralicia de Barceló? Sí, el haber contextualizado su tema en un parque delicioso de naturaleza y de vida, en un jardín pletórico en flora y fauna. En ambas realizaciones, hay una explosión de elementos naturales, una exuberancia de formas para gozo de los sentidos.
El Cantar es un real y carnal cántico abierto a los cinco sentidos corporales. Se le abre a uno hasta el olfato en la lectura: “jardín que huele a alheña, a nardo y azafrán, canela y cinamomo, con árboles de incienso”. El gusto pone el paladar a trabajar: “un panel que rezuma son tus labios, escondes leche y miel debajo de la lengua”. Y así los demás sentidos, como, por ejemplo, el tacto: “tus caricias embriagan más que el vino”. Toda una narración situada entre la flora y la fauna, en ella se recogen los nombres de lirio, manzano, vid, cedro, palmera, así como los de tórtola, gacela, paloma, cervatillo, gamo. El libro es literariamente precioso y debe de ser su principal razón el haber abordado el precioso tema del amor, el central de la revelación bíblica.
Cuántas veces a lo largo de mi vida me he procurado el gozo de darle lectura y de otorgarle horas de silencio y meditación a este libro que con toda razón tiene de título el superlativo, Cantar de los cantares es lo mismo que “El mejor cantar” o “El Cantíssimo”. Cuántas veces a lo largo de estos tres últimos años he tenido que cruzar la Capilla del Santísimo de nuestra Catedral para desplazarme de una capilla lateral próxima hacia el coro del presbiterio. La piel de cerámica con la que el felanitxer ha decidido recubrir las tres paredes del ábside se me ha quedado como muy grabada en el iris. También Barceló ha contextualizado su obra en un inmenso parque temático, en un jardín de naturaleza ubérrima.
También en la Capilla del Santísimo se ha dado cita toda la flora de la isla, ahí están las berenjenas y las calabazas, las sandías y los melones, los higos, las uvas, los pimientos y los limones, hasta las lechugas. Y citada ha estado la fauna toda del Mediterráneo que nos circunda, y se ven las rayas y los rapes, los pulpos y las morenas, las almejas, las lubinas, los gallos y las lampugas, hasta las sardinas. Y hasta una ola azul de la bahía se ha metido dentro y allí, como puesta de pie y tiesa el agua, ha quedado inmortalizada, y se siente el oleaje y se oloriza y más de un alga se ha quedado pegada en los vitrales.
Obviamente que hay diferencias sustanciales. La palabra del Cantar se hizo Palabra de Dios al hombre, mientras que la obra de Barceló es obra de hombre para Dios. También hay diferencias menores, si en la obra de Barceló destaca por su tamaño el pez espada que se sale de mar, en la de Salomón destaca la figura del palomo que se esconde en las rendijas de las peñas y que se arrulla con su hembra para dar a su gesto el nombre de “bacio columbino”.
Diferencias que, en toda caso, no deben borrar otras tres coincidencias más. En ambos, el agua ejerce un gran papel, aunque en Salomón sea de manantial y de mar en Barceló. Ambas composiciones movilidad, inquietas están las escenas. El movimiento es, en Barceló, más vertical mostrando el ímpetu ascendente del Resucitado que del lugar de las calaveras en el suelo sube a convertirse en árbol luliano de vida en el vitral central. En el Cantar es, sobre todo curva y danza: “Vueltas, más vueltas, girar, Sulamita, vueltas, más vueltas, que todos te miran”
Y la coincidencia del hambre. El humano tiene dos hambres fundamentales: la de la supervivencia y la de convivencia. Con la primera empieza Barceló siguiendo la narración de san Juan, los que estaban con Jesús llevaban días sin comer y requerían como solución para llevarse a la boca el pan tierno recién cocido en el horno cálido de las manos del Señor. El Cantar se inicia con el hambre de amor, esta menesterosidad de los corazones ávidos de comulgarse las carnes, y por eso también el Cantar se inicia con algo para llevarse a la boca. Si el Cantar empieza con un beso, “¡Que me cubra de besos con su boca”, la capilla del Santísimo culmina su mensaje con “Yo soy el pan de vida”. Los que con hambres empezaron, con besos y con panes concluyen.
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EL PUNTO Y LA RAYA. BARCELÓ EN LA CATEDRAL
Joan Bauzà i Bauzà
Los sociólogos P. Berger y Th Luckman firmaron conjuntamente un estudio que profundiza la distinción ya clásica entre carisma e institución. Toda organización social con vocación de duración tiene que contar imprescindiblemente con personajes carismáticos y estructuras institucionales. El carisma queda usualmente a cargo del individuo y las estructuras, de los colectivos. El carisma dice a momento, a espontaneidad, a menudo a improvisación y suele conducir a una originalidad que, con un poco de suerte, alcanza incluso la genialidad. La institución dice a proyección a largo plazo, a identidad programática, a estabilidad social i suele asumir la transmisión cultural entre generaciones.
En los inicios del XX, Gaudí fue el carisma, y la catedral fue la institución. En los inicios del XXI la Catedral vuelve a ser la institución y ahora asume el carisma, Barceló. El artista mallorquín acaba de concluir una intervención importante en la Capilla del Santísimo. ¿Qué es lo que ha aportado al patrimonio cultural del primer monumento religioso de la isla la parte carismática de Barceló y la parte institucional de la catedral? Lo que a cada parte le es propio.
Barceló ha aportado la introducción del arte contemporáneo en un templo siete veces centenario, ha aportado imaginación creativa y fantasía exuberante, ha interpretado con lenguaje renovado un evangelio redactado en los años noventa de nuestra era.
La Iglesia ha aportado la estructura ya erigida del gótico, ha aportado la nave lateral que mira al mar, el ábside urgido de ser puesto a la altura artística de los otros dos. La institución eclesial no ha aportado ninguna forma, ha aportado otros dos elementos decisivos, la temática y la programación, esto es, el texto y el contexto.
La creatividad del artista ha sido totalmente libre, pero no ha partido de cero. Aun habiendo salido de él la ilusión y la disposición a realizarla, ha sido la suya una obra de encargo, y el encargo fue preciso: la capilla tiene que pasar de ser de san Pedro a ser del Santísimo. El tema ha de ser el del “Pan para la vida del mundo”, el capítulo evangélico a glosar ha de ser el sexto de san Juan, la interpretación del Señor no ha de ser la del Jesús histórico de hace siglos, sino el Resucitado que actualmente es alimento para el hombre.
Éste fue el encargo explícito, el texto. La institución ha tenido a su cargo igualmente la iconografía global del templo, el contexto en el que quedaría fijada la intervención de Barceló. El contexto ha venido dado por el tratamiento eucarístico otorgado a los dos ábsides de las dos naves hermanas. El resultado ha sido espectacular. Ha surgido el tríptico eucarístico más monumental de la Iglesia católica: al fondo de la nave de la Almoina, el Corpus Christi, en la nave central la mesa del altar, y la nave del mar, el Sagrario para la adoración de la reserva y el compromiso de la fraternidad.
Carisma e institución, incluso no siendo siempre conscientes de su propia función, tienen en el entramado social cada uno su espacio. También tienen su propio tiempo. Dice el libro de Qohelet que hay un tiempo para cada cosa. Debe ser por eso que hay épocas más carismáticas y épocas más institucionales. Es probable que se dé un tiempo en el que la atención se pose sobre la originalidad de las formas, como es probable que en otras épocas ella se dirija al conjunto temático.
A veces los puntos olvidan que son parte de una raya y a veces es la raya que se olvida de los puntos que la constituyen. Los grandes conjuntos monumentales de la historia, como es el caso de las catedrales, han sido fruto de la decisión de dos partes para llevar a término un proyecto que a cada una les superaba. El éxito del punto es que sea creativo, el éxito de la raya es que sea sabia. En la raya de la catedral, Barceló ha puesto un punto.
La dialéctica entre carisma e institución siempre está presente. Lo está tanto, que también lo está en el interior de cada uno de los dos. Son carismáticos, en las religiones, los profetas, y pretenden serlo los líderes fundamentalistas. En el mundo del arte son instituciones las estructuras académicas y luchan por serlo, las mercantilistas.
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MIGUEL BARCELÓ EN LA CATEDRAL DE MALLORCA. SU OBRA EN LA CAPILLA DEL SANTÍSIMO
Joan Darder Brotat
Escribo estos apuntes día 31 de enero de 2007, dos días antes de la inauguración-bendición de la obra de Miquel Barceló en la” capilla del Santísimo” de la Catedral de Mallorca (llamada también anteriormente "de San Pedro) y tras siete años de vivir y moverme en el círculo donde se cocía esta intervención de arte contemporáneo en nuestra Catedral gótica.
PREHISTORIA
Todo empezó con un “rumor”, no sé si creado, pero sí creador del resultado final. En la "Universitat Illes Balears" (U.I.B.), año1999, un amigo del pintor Miquel Barceló propaga este rumor: la Universidad de Barcelona quiere nombrar al artista de Felanitx doctor “honoris causa”. Por ahí empieza la prehistoria de su investidura universitaria y de su intervención en nuestra Seo: dos profesoras y un funcionario de nuestra Universidad acuden a París para ofrecerle a Barceló esta distinción, como quien se adelantara a los catalanes. Él exige dos condiciones: (1) antes de recibir el doctorado debe realizar una gran obra en Mallorca, su tierra y (2) la investidura será original, el discurso será ver y contemplar su obra ya realizada. Nunca más volvió a hablarse de la “iniciativa” de la Universidad catalana.
Las catedráticas de la U.I.B., Dras. Mercè Gambús y Catalina Cantarellas y el escritor Gabriel Mesquida dan los primeros pasos proponiendo al Obispo Mons. Teodoro Úbeda una intervención de Miquel Barceló. Cuentan con la mediación y el apoyo decidido del canónigo Pere Joan Llabrés (+). Porque, hay que decirlo, el lugar que Miquel Barceló deseaba para su gran obra en Mallorca era su Catedral (el segundo lugar de Mallorca por número de visitantes; el primero, lo ocupan las Cuevas del Drac). Mn. Llabrés empieza su labor de captación de canónigos a favor de esta intervención aún sin concretar.
Al inicio de las conversaciones se habla de una magna exposición de la obra del pintor en el interior de la Catedral. Pronto se desiste de este proyecto y se busca un sitio y un contenido para una obra nueva. Irán pasando, en distintos tanteos y conversaciones, de unas gárgolas a una capilla lateral que se destinaría a la celebración del sacramento de la penitencia, hasta llegar al lugar definitivo: a la nave absidal de la capilla conocida como la de san Pedro o del Santísimo. El pintor aspiraba todavía a más: a la capilla real o presbiterio, convertida también en coro por el genial arquitecto Antonio Gaudí. Pero nadie en la Catedral hubiera aceptado una intervención de Barceló sobre la gran reforma gaudiniana.
UN “SÍ” CORTO, PERO SUFICIENTE
Día 16 de diciembre del 2000, en la reunión capitular que yo presidí (por ausencia de Mn. Joan Bestard, el deán-presidente por aquellos años, que preparaba su tesis doctoral en Roma), se aceptó la intervención de Miquel Barceló. Pero conviene decirlo con la exactitud que se dio: con un” sí” muy corto, el suficiente, pero sin que sobrara ningún voto.
Sabíamos que el Obispo Mons. Teodoro Úbeda veía con buenos ojos la intervención del artista de Felanitx. Pero con eso tampoco quiero decir que su posición ----que no imposición- fuera determinante. No siempre el criterio del Obispo o del Deán sale adelante. A veces puede resultar lo contrario. Don Teodoro llegó a entusiasmarse con la maqueta de la cerámica que vio en el Palacio episcopal y más aún cuando contempló las ilustraciones de Miquel Barceló en la edición de la “Divina Comedia”. Ante la maqueta, estando en la antesala de su capilla privada, dijo el Obispo: “quiero ser enterrado aquí”. Lo dijo, ciertamente, por ser la Capilla del Santísimo y por la obra que iba a realizarse, sin contar que tenía la muerte tan cerca.
En el Cabildo catedral de Mallorca no reinaba el mismo entusiasmo que en el ánimo de don Teodoro. La ventaja que nos da la “democracia” es poder decir y decidir lo que pensamos que es mejor. Tampoco tiene la garantía absoluta de acertar objetivamente. El Cabildo catedral es un colegio de presbíteros esencialmente democrático. Pusimos tres condiciones para que la obra pudiera ejecutarse:
1.- Que las obras a realizar obtuvieran en todo momento la aprobación civil y eclesiástica correspondiente (Consejo Insular, Delegación diocesana del Patrimonio, Ayuntamiento…);
2.- Que no costara nada (“ni un duro” decidimos entonces) a la Iglesia diocesana ni a la Catedral;
3.- Que antes de cada fase (cerámica, mobiliario litúrgico y vitrales), el artista presentara su proyecto a la aprobación del Cabildo catedral.
ANTE LA CAPILLA DEL SANTÍSIMO
Algunos ya la vieron. Día 2 de febrero podréis asistir a la Misa en el altar mayor y a la inauguración y bendición de las obras llevadas a cabo en la capilla del Santísimo. Las tardes de los días 2, 3 y 4 de febrero serán de “puertas abiertas”. Y conviene recordar que, en cualquier día y hora de “visita cultural o turística”, la entrada a los museos, Catedral y claustro es gratuita para todos los residentes en las Islas Baleares.
Nos encontramos ya en la capilla del Santísimo de la Catedral de Mallorca. En aras de la claridad, dividiré este largo período de obras en cuatro fases. La maqueta se elaboró en el verano de 2001 y los vitrales se colocaron en diciembre de 2006. Hubo un año largo intermedio de inactividad.
FASE 0: LO QUE SE HA QUITADO
En esta capilla podía contemplarese antes el retablo neoclásico de san Pedro con las estatuas originales de san Juan Bautista y san Bruno, de Adrià Ferran. Ahora el lienzo de Jesús entregando las llaves a san Pedro, que ocupaba el centro del retablo, y las dos imágenes están en la capilla que hay entre el portal mayor y la capilla de la Inmaculada.
Los mausoleos de los Obispos Bernardo Luis Cotoner de Oleza (1671-1684) y Miguel Salvà Munar (1852-1873) se han trasladado respectivamente a las capillas laterales del Sagrado Corazón y del Descendimiento.
Se derribó el último piso de la caseta adosada a la Catedral en la cara que mira al mar y que había servido como garita de centinelas.
La valiosa reja construida para este lugar, donación del canónigo Barbarini, por el momento se guarda hasta que se resuelva su ubicación más adecuada dentro de la Catedral. Se decidirá en breve el sistema de protección más conveniente después de las obras efectuadas.
La piel cerámica ha ocultado una pintura gótica sobre la pared de esta capilla, a mano derecha. Pienso que era compatible salvaguardar la pintura para su contemplación con la nueva actuación.
FASE 1: LA CERÁMICA
Mn. Pere J. Llabrés (+) asesoró al artista en el tema bíblico y teológico. Le explicó el mensaje que la Iglesia quería transmitir al dotar y decorar esta capilla con arte contemporáneo. Mostrar a Jesús como "Pan de Vida para el Mundo" en el doble sentido de (1) Pan para el espíritu en la Eucaristía y (2) Pan que es símbolo de alimento y ayuda para todo indigente. La multiplicación de los panes y peces y el agua convertida en vino en las bodas de Caná han sido su fuente de inspiración.
Se trata de la tercera capilla absidal de nuestra Catedral. Mirando desde los bancos, al fondo de la nave izquierda, vemos la capilla del “Corpus Christi” (con el excelente retablo barroco de Jaume Blanquer, s. XVII) que muestra la institución de la Eucaristía. En la capilla real-presbiterio (s. XIV) restaurada por Gaudí, a donde trasladó el coro (1904-1914), se celebra la Eucaristía en el altar mayor, consagrado en 1269. La tercera capilla es la del Santísimo donde el Pan consagrado se reserva y recibe adoración. Aquí es donde ha intervenido el artista Miquel Barceló.
La piel cerámica, que se extiende sobre 300 m2 de pared, la trabajó el artista en Vietri sul Mare (Nápoles) y se concluyó su colocación en esta capilla el día 7 de julio de 2003.
En la parte izquierda vemos el Mar Mediterráneo, con sus olas en la parte superior, lleno de peces, convertidos en pescados en la parte inferior. Distinguimos cuatro anzuelos con y sin cebo.
En la parte derecha podemos contemplar los frutos de la tierra: panes, racimos, higos, limones, granadas, berenjenas, una manzana con un cuchillo, una col…En este lado derecho y en el centro del gran retablo de cerámica hay muchas tinajas que nos evocan las bodas de Caná.
En el centro del tríptico (mar, humanidad y tierra con sus frutos) vemos, abajo, como un altar de calaveras, más arriba, el sagrario y, por sobre, la silueta del Señor Resucitado con sus cinco llagas. Según ha dicho ahora M. Barceló, es su autorretrato). Esta representación del Resucitado y el montón de cráneos es lo que viene siendo más criticado del gigantesco puzzle cerámico.
FASE 2: ”MOBILIARIO” LITÚRGICO
Me refiero al altar, ambón, sede presidencial y bancos para los concelebrantes. Todo ello, en piedra de Binissalem. Diseñado por Miquel Barceló con la ayuda del arquitecto de la Catedral, Dr. Sebastià Gamundí Boscana.
No creo que sea muy preciso hablar de “mobiliario” ("muebles" = objetos transportables) cuando solo el altar, formado por una sola pieza, pesa cinco toneladas.
Dejó sin hacer el Crucifijo y el candelabro. Mejor dicho, no le gustó el pie con repisas a varias alturas que había hecho para sostener velas y flores y no lo ha reemplazado.
La tumba del obispo Teodoro, de feliz memoria, queda entre el sagrario y el altar.
FASE 3: LOS VITRALES
El mismo artista Miquel Barceló ha querido realizar los cinco vitrales que nunca se habían abierto. Pintor, ceramista, escultor, vidriero artístico...
Presentó dos proyectos de cartones diferentes al Cabildo catedral, que fueron aprobados sucesivamente, pero los cinco vitrales colocados son distintos a los propuestos y no pasaron por nuestra aprobación. El artista se define como un creador en cambio continuo. No es fácil adivinar cuando dice la última palabra.
Me encantó la última idea que le oí sobre estos cinco vitrales. Nos la explicó “in situ” a los miembros del Patronato “Art a la Seu” antes de realizar los “definitivos” y ante unas pruebas que no resultaban satisfactorias. Pero la realidad no ha alcanzado lo prometido. Para mi gusto, a estos ventanales les falta luz y alegría. El color dominante es oscuro y triste. No son éstos los colores que Mallorca disfruta con el Mar Mediterráneo.
Nos explicó que no serían unos ventanales de colorines, sino que dentro del color de nuestro mar, con diversos tonos y matices (aprovechando la desigual luz de los cinco ventanales) mostraría lo que una persona puede ver cuando se sumerge a 6 u 8 metros de profundidad: peces, algas, hierbas… Esta luz propiciaría un clima sereno para la oración.
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Es una obra que ha sido controvertida por diversos motivos y seguirá siéndolo por un tiempo. La crítica purifica y hace crecer. El tiempo y la serena reflexión dejan las cosas en su sitio y dan la razón a quien la tiene. En estos días en que celebramos el VII Centenario de nuestra Catedral e inauguramos las obras realizadas en la capilla del Santísimo hay diversos protagonistas que movilizan a mucha gente, incluidos nuestros Reyes. ¿Quién es el protagonista principal: el Santísimo (o sea, Jesús en la Eucaristía), el artista Miquel Barceló o la Catedral de Mallorca? Cada uno puede elegirlo libremente.




























