DOMINGO 23A
DOMINGO 23(A). 4.IX.2011
Comentario a la segunda lectura: Romanos 13, 8-10
“A nadie le debáis nada, más que amor”.
A medida que el discípulo va sumando años en el seguimiento del Maestro, se convence más aún de lo que es evidente en la vida humana, si ésta discurre con salud integral: Los años nos van despojando y empobreciendo como el otoño a los árboles. El tronco vital, cada vez más corpulento, que mantiene el sentido y prepara nuevos frutos, es el amor. Precisamente porque evoluciona hacia la madurez, por eso se mantiene como el mástil en la singladura.
Todo esto es más verdad aún si “hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tuvo”. (1 Juan 4,16). Cuando tantas personas buscan el sentido de su vida, nuestra fe nos ilumina con esta clave: el amor que Dios nos ha mostrado y nos sigue mostrando gracias a nuestro Señor Jesucristo, el Resucitado, viviente entre nosotros.
Del amor recibido de Dios nace una vida nueva, la que san Juan llama eterna, pero que ya vivimos en la tierra; de este amor se alimentan el compromiso y la esperanza. Cuando la vida nos va purificando de tantas torpes adherencias que frenan la libertad, queda el amor concreto, el que sencillamente y con obras se practica cada día, el que incluso sabe correr con paz importantes riesgos, el que se acerca con afecto al hermano herido, el que es capaz de crear un mundo nuevo con las ruinas de lo viejo.
El amor es la fuerza más grande del mundo porque “el amor viene de Dios”. 1 Juan 4,7. El que ama es fuerte, no cede a rebajas de la verdad y mantiene la exigencia en su grado correcto; no es manipulable ni se vende.
El amor da paz, alimenta las ilusiones de la vida y mantiene la esperanza. Por encima de todo necesita expresarse con servicios que le sacan de dudas y testifican su compromiso con la justicia, la solidaridad y la misericordia.
El amor es un don que nos regaló Jesús en la cruz, al entregarnos su Espíritu, cuando la lanza abrió su interior del que brotó la vida eterna que está inundando el mundo. Gracias a este don del Espíritu podemos cumplir su mandamiento nuevo, el que nos legó como testamento: “Amaos como yo os he amado “.
Este don de ”Espíritu Santo derramado en nuestros corazones” (Romanos 5,5), penetra hasta lo más hondo de nuestro ser; afecta a nuestra raíz más profunda, a nuestra identidad, a nuestra sensibilidad, a nuestras historias íntimas, a nuestro día a día; configura nuestra personalidad, nos transforma y nos salva.
Llorenç Tous
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