El camino hacia la fe adulta - 3
EL CAMINO HACIA LA FE ADULTA- 3
A todos los amigos de Jesús nos cuesta aceptar su muerte en cruz, tanto por su espantosa crueldad como por su absurda injusticia. ¿Pudo resignarse María a la muerte de su Hijo? Lo dudo. Una madre nunca acepta la muerte de un hijo. María era madre y la muerte de su Hijo totalmente injusta y terriblemente cruel.
La Resurrección es la luz que da sentido y transforma todo. También para ella fue la Resurrección la que iluminó y transformó su dolor. La fe de María, al ser la del primer testigo, es modelo de creyentes. Ella inició el camino de la fe adulta, al ver a su Hijo Resucitado y creer lo que estaba viendo. (De cómo es este “ver” habría que hablar aparte). Ella puso los fundamentos de la Iglesia orando antes de Pentecostés. Esta fe nos ha llegado por muchos canales de la Iglesia que interpretan el sentido de esta muerte en cruz.
Del siglo X es el Crucifijo de la iglesia de san Miguel en Pavía, Italia, donde además se guardan los restos de san Agustín. Es una talla de madera, forrada de plata, con túnica hasta los pies; sus brazos no cuelgan, se abren horizontales para abrazar; sus cabellos y barba serenos y en orden; sus ojos, redondos y vivos, abiertos hacia la tierra, se fijan de tal manera que provocan las lágrimas del que le mira con fe. Quien haya contemplado esos ojos, nunca dejará de sentirse querido por Dios.
Este Cristo románico, nada tiene que ver con el Crucificado histórico, en cambio es el que expresa realmente su profunda verdad: “A la divinidad nadie le ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación”. Juan 1, 18. En la Cruz comenzó la Pascua.
A la hora de seguir nosotros el camino iniciado por la Madre y los primeros testigos, escuchemos estas palabras escritas por un gran teólogo de nuestros tiempos: “No hay una diferencia “esencial” entre el modo de acceso de los primeros discípulos a la fe del Jesús resucitado y el nuestro; también nosotros podríamos hacer la experiencia de una renovación existencial a la vista de la vida de Jesús (a través del testimonio apostólico, y ésta es la única diferencia), una renovación que supondría la certeza de fe de que Jesús vive”. (Schillebeeckx).
Es muy importante este criterio a la hora de acercarnos con fe y amor a la Resurrección de Jesús como fundamento, centro y vértice de nuestra fe. Se trata de querer vivir el dogma que profesamos al proclamar: “Al tercer día resucitó de entre los muertos”. Si conseguimos rastrear el camino que con la gracia de Dios siguieron los primeros testigos, se nos abrirá para nosotros la dirección correcta y los pasos a seguir. Ellos tuvieron la especial luz de Dios que les concedía el privilegio de ser los pioneros, pero nosotros nos apoyamos en su testimonio y contamos también con el de tantos que les han seguido en la Iglesia.
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1.Sorpresa |
2.Miedo |
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3.Huida |
4.Incredulidad |
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5.Duda |
6. Silencio |
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7.Reto y desmantelamiento |
8. Espera |
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9.Signos |
10. FE |
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11. Iluminación |
12. Adoración |
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13. Alegría |
14.Seguridad |
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15. Fuerza |
16.Sentido |
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17. Compromiso |
18. Testigos |
Partiendo de los evangelios y de otros testimonios del Nuevo Testamento, éstos pueden ser algunos hitos del camino, sin que sea precisamente éste su orden a seguir. Al ritmo que el Espíritu Santo inspire a cada creyente, algunos de estos pasos pronto o tarde serán andados por el peregrino de la fe.
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“Salieron huyendo del sepulcro, del temblor y el espanto que les entró, y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían”. Marcos 16, 8. La sorpresa ante el anuncio de que “Jesús vive” hoy, en este momento para nosotros, aunque Él está fuera del tiempo, también nos asusta. Si fuese verdad supondría un tal cambio positivo para cada uno, para el mundo y para la historia de toda la humanidad, que uno no puede dejar de desearlo con todas las fuerzas de que dispone, pero al mismo tiempo la duda le hace pensar que no puede ser posible tanta belleza. Por eso uno se calla, huye a los cuarteles de invierno donde no se plantean problemas ni se rompe la rutina de lo de siempre.”Ellos tomaron el relato por un delirio y no les creyeron…espantados y temblando de miedo, pensaban que era un fantasma…Por qué se os ocurren estas dudas?...como no acababan de creer de puro gozo y asombro”. Lucas 24, 11.37-38. 41. Cfr. Mt 28,10.17; Mc 16, 11.13-14; Lc 24,12.38.
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Apenas quedó Saulo sorprendido por la presencia y la gracia de Jesús Resucitado, se sintió como todo hombre cuando Dios se nos acerca y dijo: “¿Qué debo hacer, Señor?”. Hechos 22,10. Aquel perseguidor acaba de rendirse, está perdido, no tiene proyecto de vida el que tan seguro estaba de si mismo; se le han desmantelado todas sus bases. Habrá que comenzar todo de nuevo, desde cero. La resurrección es el comienzo de un mundo nuevo, totalmente nuevo. Todo el pasado sólo existe en cuanto nos conduce a este nuevo presente.
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Convencidos de que el pasado sólo existe en cuanto nos ha conducido a este presente, o sea, cuando realmente somos capaces de cómo mínimo poner en duda su validez para todo lo que no sea situarnos ante el Resucitado, ante el hecho de que “Jesús vive” hoy ante mi, entonces es cuando podemos mirar los signos sin prejuicios, totalmente abiertos a su posible mensaje. “Vio la losa quitada…contempló los lienzos puestos y el sudario que había cubierto su cabeza”. Juan 20, 1. 5.7. Esta fase en la que se descubren y observan los signos supone un avance; ya busca el creyente poder convencerse de la maravillosa verdad de la resurrección y busca pruebas que, al tratarse otra vida, la de Dios, le llegan comprimidas y encerradas dentro de otras realidades cuyo mensaje sólo puede leer por la fe. Pero creer siempre es un riesgo… la duda nunca se separa de ella, por eso el último paso sólo lo puede dar la voluntad del que se fía de Dios. La proclamación del mensaje de la Resurrección de Jesús constituye la Iglesia, ésta es su misión y su identidad.
La Iglesia en si es el gran signo con su historia de santidad a pesar de sus pecados. Santos canonizados y una inmensa mayoría de cristianos normales o heroicos, que han dado testimonio del Dios de Jesús, la han irradiado la fe, la han hecho creíble y la han contagiado.
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Dado este primer paso, los signos se multiplican porque la fe abre los ojos. Los signos abundan en nuestra historia íntima y personal cuando esta misma fe nos permite leerla con los ojos de Jesús. Así se avanza en el camino hacia la madurez y crece la alegría y la luz. Los pies del peregrino comienzan a correr hacia las cumbres. Su seguridad confirmará a otros sin pretenderlo. Ha sido iluminado: “Vio y creyó…le dice Jesús: ¡María! Volviéndose ella, le dice en su lengua: -Rabbuni (que equivale a “Maestro”). Juan 20, 8.16. “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. Lucas24, 31.45;
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Esta iluminación suele ser como un amanecer, lento y creciente, a impulsos del Espíritu que la oración del creyente va asimilando. Esta luz rinde a los pies de Jesús con las palabras de santo Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Juan 20, 28; Mateo 28,17. Esta rendición no es obligada por la fuerza, sino facilitada por el peso de la verdad y la belleza. De ella se deriva una entrega total: “Al oír Pedro que era el Señor…se tiró al agua”. Juan 21,7.
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De nuevo se plantea la misma pregunta de antes, pero no por aquel desconcierto inicial, sino por el exceso de luz.”Señor, ¿qué quieres que haga?”. Hechos 22, 10. El creyente ahora necesita dar salida al gozo y contagiar al mundo su alegría, su paz y su seguridad. Al ver con nueva luz toda realidad, se siente enviado como mensajero de un sentido nuevo, la Buena Noticia de que hay salvación de todo y para todos. Más aún, dirá que esta Buena Noticia supera todos los deseos que el ser humano puede sentir o imaginar. Su testimonio será alegre y contagioso, coherente en palabras y obras.
La alegría que viene de Dios se transforma en misericordia entrañable cuando se encuentra ante el dolor, la pobreza o el pecado. Los testigos del Resucitado son los más comprometidos con los pobres; no se cansan ni se queman con los fracasos. Su alegría fomenta la creatividad y la esperanza. Son humildes. “Corrieron a dar la noticia a los discípulos”. Mateo 28, 8. “No acababan de creer de puro gozo y asombro”.
Lucas 24, 41; Juan 20, 20.
Concluyendo
La fe en la resurrección de Jesús lleva consigo la fe en nuestra resurrección, comenzando por la de nuestros difuntos. “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado”. 1 Corintios 15, 13. Si la de Jesús es la revelación y el fundamento de la segunda, esa no es menos importante y eficaz. Porque nuestros difuntos nos conectan con el cielo y con Dios; se integran en la perspectiva final hacia la cual peregrinamos, protegidos y consolados por ellos, los que ya en Dios, han crecido en amor y capacidad salvadora. “Cristo ha resucitado, primicia de los que han muerto”. 1 Corintios 15, 20. La primicia es el anuncio de toda la cosecha que le sigue.
Creer en la resurrección de “los nuestros”, sobre todo cuando se trata de personas tan queridas como los padres, conecta al creyente con el cielo para siempre; le ampara, le sirve de referente, de consuelo y de camino. Salvando las diferencias entre “El Primero” y los que vienen detrás, se trata de la misma estructura de comunicación que tenemos con Cristo Resucitado; con Él hay que asociarles en todo, puesto que con Él forman la Iglesia de los bienaventurados, la llamada corte celestial, o simplemente, el cielo. Ésta es la perspectiva de la Comunión de los Santos. Con ellos hablamos, consultamos, exponemos, pedimos, oramos. Como con el Señor Resucitado.
Como una última nota por esta vez, se puede decir que el proceso de creer en la Resurrección de Cristo es el mismo de creer en Dios. Se trata de la misma estructura, igualmente fácil o difícil. Por parte de Dios la dificultad está en su excesiva grandeza, grande en amor, grande en belleza, grande en poder, por parte nuestra está en nuestra pequeñez, pequeños en cabida, pequeños en confianza, pequeños en todo.
Lo describió el poeta de la secuencia de Pascua: “Mors et vita duello conflixere mirando… Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”.
Nunca será suficiente repetir que en este camino sólo se avanza desde la oración. Ésta podrá ser vocal, pero siempre tiene que conducirnos a un encuentro con el Señor que sea con menos palabras y más afectos silenciosos y profundos. El Espíritu Santo conduce hacia la verdad plena a todo el que busca sinceramente el rostro de Jesús y la comprensión de su mensaje.
Desde estas sencillas líneas estimulo cordialmente a sus lectores, a que se atrevan a creer y seguir este proceso con el doble objetivo, hacia Jesús resucitado y hacia los nuestros glorificados con Él. Lo que sigue después, es para vivirlo, cuesta contarlo, aunque ganas no faltan.
Llorenç Tous. Octubre 2011
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