TERCER DOMINGO DE ADVIENTO
3º DOMINGO DE ADVIENTO (B). 11.XII.2011
Comentarios a las lecturas
“Dar la buena noticia a los que sufren”. Isaías 61, 1-2.10-11.
Consuelo, alegría, fidelidad de Dios y luz son las palabras que de algún modo resumen el mensaje de este tercer domingo de adviento. El profeta Isaías describe la salvación de Dios con palabras que gustaron tanto a Jesús de Nazaret, que las proclamó en la sinagoga de su pueblo como el resumen y el objetivo de toda su vida.
Jesús estuvo poseído por el Espíritu Consolador del que recibió la misión y la fuerza para cumplirla. En nuestros tiempos de dolor e injusticia, de opresión y pobrezas, el programa de Jesús sigue tiene que ser también el nuestro. “Dar la buena noticia a los que sufren…vendar los corazones desgarrados”.
La crisis económica global, las guerras, la injusticia y la corrupción, asentada en puntos neurálgicos de la sociedad, crean nuevas bolsas de pobreza: enfermedades, paro, ruina familiar y personal, desesperación, robos, delincuencia, etc. Desde la impotencia pero con amor y misericordia, estamos llamados a continuar la misión de Jesús en nuestro mundo atormentado.
Si no queremos que la celebración del nacimiento de Jesús sea otra farsa incoherente de quienes nos decimos cristianos, ofendiendo así a los pobres, acerquémonos hoy a Juan Bautista para pedirle que interceda por nosotros, para que el Espíritu de Jesús nos dé sabiduría para reconocer nuestro pecado y fortaleza para vencerlo.
El pecado de huir de la verdad, idolatrando a un dios hecho a nuestra medida, que no es el Padre de Jesús, porque a Jesús le conocemos muy poco; pecado de culpable ignorancia religiosa aunque nos bautizaron un día lejano; pecado de excusar nuestra insolidaridad y egoísmo; pecado de no luchar valientemente contra una fe puramente sociológica donde la haya; pecado de no ahondar en nuestra latente sed de Dios.
“Hermanos: estad siempre alegres”. 1 Tesalonicenses 5, 16-24.
La alegría que san Pablo nos recomienda y que ha marcado este tercer domingo de adviento, es don de Dios y fruto del Espíritu Santo. Esta vez su testigo singular es la Madre que, al tomar conciencia de la dignidad de su Hijo, rompe con un canto de alabanza a Dios, para dar salida a su inmensa alegría. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”.
“La voz que grita en el desierto”. Juan 1, 6-8.19-28.
La figura de Juan Bautista, elaborada por el evangelista Juan como testigo de la luz, nos ayuda a preparar la llegada de Jesús. “La luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron… Juan…no era él la luz, sino testigo de la luz”. Juan 1, 5.8.
Juan Bautista fue un iluminado que irradió luz sobre sus contemporáneos. Era consciente de su misión de mediador y testigo, indigno de estar tan cerca del Enviado de Dios y al mismo tiempo tan convencido de su cercanía salvadora. El desierto y su austeridad le vaciaron por dentro para que el Espíritu pudiera llenarlo y fortalecerlo interiormente frente al pueblo inconsciente y a las autoridades corrompidas por el poder.
Su grito profético resuena entre nosotros con toda actualidad: “en medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Está en los pobres del mundo, que son tantísimos, pero sobre todo está, Resucitado, en esta Iglesia que nos invita a celebrar en ella la fracción del Pan y comerlo con tantos hermanos a la mesa del Padre.
El mensaje de Jesús a veces, más de las que debiera, está secuestrado por ideas falsas sobre Él o por intereses y debilidades demasiado humanas. Juan no rebaja su mensaje ante las autoridades de entonces ni ante nuestras resistencias: “Allanad el camino del Señor”.
Llorenç Tous
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