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Martes, 21 Mayo 2013 - 08:17
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Resolució de la Convocatòria

L'equip format per Carles Canals, Cristina Ortiz i Catalina Salas ha estat el guanyador del projecte d'elaboració de material didàctic per a conèixer la Seu de Mallorca. Llegir més...

Exit de la jornada de Portes Obertes

DSC_0007_S_thumbEl passat dissabte 11 de maig de 2013 va tenir lloc a l'Arxiu Capitular de Mallorca la II jornada de portes obertes 2013, la qual va comptar, de nou, amb una gran afluència de persones interessades que varen omplir el tres torns disponibles. Veure mes...

 

 


 

 

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Bicentenari Cardenal Despuig

El Capítol Catedral estarà representat a l'Eucaristia que al convent de Santa Magdalena de Palma es celebrarà en sufragi del cardenal Antoni Despuig i Dameto (1745-1813), qui el 27 de març de 1774 prengué possessió d'una canongia de la Seu de Mallorca.

Els investigadors i la Seu

Tots els investigadors tenen a la seva disposició a la seu de l'Arxiu Capitular - Plaça de la Seu, Casa de l'Almoina - dos instruments d'alt valor: el catàleg del canonge arxiver don Josep Miralles, ara digitalitzat, i el Llibre Groc ara editat baix el guiatge del Prof. Jaume Sastre.

Legat de Mossèn Baltasar Morey

El Capítol de la Seu ha rebut un significatiu donatiu, legat del qui fou durant anys beneficiat i mestre de cerimònies Mn. Baltasar Morey i Carbonell, recentment finit.

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Escrito por Administrador

Arte en la Catedral

Arte

LA CATEDRAL DE MALLORCA: IMÁGENES DE LA FE
(Iconografía de la Catedral de Mallorca)



 

Introducción

El portal mayor nos da la bienvenida con esta inscripción:

Esta es la casa de Dios y la puerta del cielo

Son palabras de Jacob (Gn 28, 17) cuando despertó del sueño, en el que vio una escalera que de la tierra se erguía hasta el cielo: símbolo elocuente de la presencia de Dios entre los hombres y una llamada a ascender al Reino de la felicidad por siempre, donde “Dios lo será todo en todos” (Rm 15, 28).

Toda iglesia cristiana es expresión de esta tensión entre lo visible y lo invisible, entre lo terreno y lo trascendente, entre el ”hoy” y el “mañana”, entre la esperanza y la plenitud, entre la tienda de peregrinos y la ciudad que dura eternamente.

De la casa de Dios, en la Jerusalén del cielo, es símbolo e imagen la iglesia-edificio de la tierra. De ésta, podemos afirmar significativamente: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos” (Apoc 21, 3-4).

En la Catedral, iglesia madre de la comunidad cristiana local, en la que vive y actúa la Iglesia una, santa y universal de Jesucristo, el símbolo de la Jerusalén del cielo se hace aún más vivo y operante.

Otra significación hay que añadir a las casas que la comunidad cristiana edifica para reunirse y que llamamos iglesias, denominación derivada del griego ecclesía, palabra que en el cristianismo significa asamblea reunida, comunidad convocada por Dios. Estas casas de la Iglesia son símbolo, imagen, de la Iglesia espiritual, Cuerpo del Señor, Templo de Dios, que se edifica con piedras vivas que somos los fieles.

Todo este simbolismo: la Jerusalén celestial, el templo vivo de Dios que formamos los fieles como piedras vivas, resplandece en la Catedral de Mallorca: en sus muros, columnas y altas bóvedas, en el arte de la piedra y en las vidrieras multicolores; se puede admirar en las celebraciones, animadas por la expresión corporal de los celebrantes, por el canto y por la música instrumental; ambientadas por la arquitectura, la pintura y la escultura de tantos estilos, de perfección a menudo impresionante.

Éste es el hogar, casa paterna y materna, de la comunidad de creyentes en Cristo que peregrina en esta isla, que se reúne para expresar y proclamar, para celebrar y vivir, unidos por el Espíritu Santo, la salvación que el Padre nos da por la vida, la muerte y la gloria de su Hijo.

La Catedral no es un edificio cualquiera, ni un monumento artístico como tantos otros: ha sido la fe cristiana la que ha guiado la mano de los constructores y el genio de los artistas, la que ahora cobija la celebración de la asamblea de los fieles.

En su espacio, se manifiesta con imágenes la fe que proclamamos, la salvación que celebramos, la devoción tradicional de todo un pueblo. La Catedral ha sido diseñada y construida para enseñar la fe, para visualizar la salvación: toda ella anuncia la fe y la salvación que celebramos: encarna en su arte la fe en Jesucristo; en ella la fe se ha hecho arte. Veamos ahora, paso a paso, cómo la historia de la salvación, desde los orígenes hasta su momento final, desde el alfa hasta la omega que es Jesucristo mismo, ha quedado plasmada y es enseñada en el interior y en el exterior de la Catedral de Mallorca.

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I. La salvación en la primera alianza

Dios Creador: todo lo ha hecho bueno

El universo Tomó principio de la palabra creadora de Dios.
“Dios dijo: Que exista la luz. Y la luz existió” (Gn 1, 3).
Según el poema simbólico y revelador del primer libro de la Biblia, la Palabra de Dios està en el origen de toda la naturaleza creada.

La Catedral Mallorca está situada en la orilla del mar, envuelta en la luz del sol mediterráneo de día, de la luz plácida de la luna y de las estrellas de la noche; al borde de una isla donde lucen y se armonizan todas las bellezas de la creación. Los vitrales de la nave mayor de la Catedral cantan el himno de la creación, aquel que entonaron los tres jóvenes –Ananías, Azarías y Misael- lanzados al horno de Babilonia por mantenerse firmes en su fe (Dn 3, 52-90). La belleza de las criaturas de Dios se hace presente dentro del espacio amplísimo de la Catedral. Los vitrales con colores vivísimos nos invitan a bendecir, a alabar al Creador: la luz y las tinieblas; el sol, la luna y las estrellas; el día y la noche; la tierra; la nieve y los témpanos, los cerros y las montañas, las fuentes; las aves; los animales domésticos y los salvajes, los peces del mar... También los ángeles y los cielos, y el pueblo de Israel, el pueblo escogido de la primera alianza, son invitados a glorificar el Señor.

Dios creó al hombre y a la mujer

Él recibió el nombre de Adán, que quiere decir hombre, y ella el de Eva: madre de los vivientes. Los primeros padres están representados en el vitral abierto sobre la capilla del Descendimiento; se los ve a cada lado del árbol del bien y del mal, del que cogen la fruta desobedeciendo Dios y cometiendo el pecado, en los orígenes de la historia (Gn 3, 20). Pero encima de este primer árbol, sobresale el de la promesa a David y, encima de éste, se yergue el árbol de la cruz: donde el crucificado será el nuevo Adán, que con su muerte destruyó nuestra muerte y, resucitando, nos dio nueva vida..

La historia de los patriarcas y de los profetas, que anuncian a Jesucristo

La primera alianza, protagonizada por los patriarcas –sobre todo por Abraham, Isaac y Jacob- y transmitida y sostenida por los profetas, empezando por Moisés, culmina en la plenitud de Cristo: el Mesías, rey, sacerdote y portavoz de la voluntad del Padre.

Sobre el púlpito menor, llamado de la epístola, donde se leía el primer Testamento y las cartas apostólicas, Antoni Gaudí hizo esculpir un artístico tornavoz con imágenes de profetas y de apóstoles, que culmina en uno de los pasajes más significativos de la primera Alianza: Abraham a punto de ofrecer el sacrificio de su hijo Isaac; enfrente de ellos, el cordero ofrecido en sacrificio en lugar del hijo, símbolo de Jesucristo inmolado como cordero pascual en la cima de la historia; la cruz del sacrificio verdadero culmina la simbólica escena.

Los vitrales de las naves laterales despliegan las profecías de la primera parte de la Biblia sobre Jesucristo: desde la bendición de Noè a Sem (Gn 9, 26-27), la historia de Abraham, de Jacob, de Moisès como guía del pueblo elegido por el desierto, de David al que Dios promete un trono eterno (2 Sm 7, 1-16), de Isaías que anuncia el nacimiento virginal del Emmanuel (Is 7, 10-14) y la pasión del Siervo de Yahvè (Is 53, 1-12), de Ezequiel que profetiza el Buen Pastor (Ez 34, 10-16), de Joel que vaticina la efusión del Espíritu Santo (Jl 3, 1-2). Otro vitral anuncia la realeza del Mesías, proclamada en el salmo 2, y otro las nupcias del Rey-Mesías con la Iglesia, según el salmo 44.

Los tapices con la historia de Jacob, Tobías y Nabucodonosor

Once tapices de taller flamenco y de finales del siglo XVI, colgados en diversos muros de la Catedral como decoración, representan pasajes de la vida de Jacob, según el libro del Génesis, de Tobit según el libro homónimo, y del rey de Babilonia, Nabucodonosor, según la narración del profeta Daniel.

Jacob recibe la bendición de Isaac, con un engaño (Gn 27, 1-29); en su fuga, tiene la visión de la escalera que sube hacia el cielo (Gn 28, 11-19), y se encuentra con Raquel, de quien se enamora (Gn 29, 1-14).

Tobit sufre la prueba de quedar ciego (Tb 2, 9-10), su hijo Tobías pesca un gran pez en el río Tigris ayudado por el arcángel Rafel, y, después de la boda, se despide de sus suegros Ragüel y Edna para volver a su hogar con Sara, su esposa (Tb 6, 1-5; 7, 8-14; 10, 8-14).

Los tapices sobre Nabucodonosor describen el mandato del rey pagano de hacer adorar una gran estatua de oro; los tres jóvenes hebreos le desobedecen y son echados al horno encendido pero Dios los preserva de las llamas; en medio del horno ardiente, sanos e ilesos, entonan el cántico de las criaturas (descrito, como hemos visto, en los vitrales de la nave central) (Dn 3); en otro tapiz aparece la visión del árbol grandioso, interpretada por Daniel, y la curación del rey que recobra el juicio que había perdido (Dn 4).

La Ley del Señor leída con gran honor a la sinagoga

La Catedral de Mallorca, desde 1493, conserva, por legítima donación y adquisición, los dos Rimmonim más antiguos del mundo. Son del siglo XIV y provienen de la sinagoga de Cammarata, en Sicilia, de donde los judíos fueron expulsados dicho año por el rey Fernando de Aragón. Tienen forma de torre, son de plata cincelada y llevan inscripciones del salmo 18 referentes a la Ley del Señor. Los Rimmonim servían como de punto por fijar los rollos del pergamino en la lectura de la Torah en la asamblea del sábado. Se exponen en el Museo capitular.

Para los cristianos son un testimonio de la veneración con que debe ser leída la Palabra del Señor, que es luz para nuestros pasos (Salmo 118, 105), Palabra que hemos de escuchar con docilidad y que debemos guardar en nuestro corazón para meditarla (Lc 8, 21; 2,19).

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II. La armonía entre las dos alianzas

Los discípulos de Jesús de Nazaret, como hizo nuestro Maestro, veneramos y aceptamos como Palabra revelada de Dios los libros de la Ley, de los salmos y de los profetas, y todo lo que dicen lo referimos a la “plenitud de los tiempos”, cuando se cumplieron las promesas hechas a los patriarcas y a los profetas de Israel. La relación entre las dos Alianzas, la expresa así el Concilio Vaticano II: “Dios, inspirador y autor de los dos Testamentos, lo dispuso todo con tanta sabiduría que el Nuevo Testamento quedara latente en el Antiguo y que el Antiguo quedara manifiesto en el Nuevo. Porque si bien Cristo instituyó la nueva Alianza en su sangre, con todo los libros del Antiguo Testamento, íntegramente asumidos en el anuncio evangélico, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, y a la vez lo iluminan y lo explican” (Dei Verbum, 16).

Los acontecimientos de la primera Alianza eran un “ejemplo”, una “imagen”, una “profecía” de lo que debía ser plenitud en Cristo y ahora se hace realidad sacramental y eficiente en la Iglesia. Primera y segunda Alianza constituyen una sola Historia de Salvación. Tras la reforma litúrgica posconciliar, nos lo enseñan cada domingo las lecturas bíblicas: la primera, del antiguo Testamento, es profecía del Evangelio que proclamamos en la liturgia de la Palabra.

Para decorar la sillería catedralicia, en el siglo XVI, el canónigo Gregori Genovard programó para Los guardapolvos de cada silla unos bajo relieves que alternasen acontecimientos de la primera y de la segunda Alianza. Así, p. e., el primer bajo relieve –de nuestra izquierda- representa la comida de Abraham con los tres ángeles (Gn 18, 1-15), y el segundo plasma la última cena de Jesús con los apóstoles (Mc 14, 22-25); hacia el final, a nuestra derecha, vemos a Dios entregando a Moisès en el Sinaí la Ley grabada en tablas de piedra (Ex 20), y seguidamente contemplamos cómo el Espíritu Santo desciende en Pentecostés sobre María y los apóstoles, para grabar la nueva Ley en sus corazones (Hechos 2, 1-4).

Al fondo, a la parte derecha de la sillería, Josep M. Jujol pintó figuras simbólicas de la sangre de Cristo que cae al suelo, alusión al sudor de Jesús en el huerto de los Olivos (Lc 22, 44), sangre que hace germinar una nueva primavera sobre la tierra, mientras a continuación ondea la bandera de la resurrección: figuras que glosan los bajo relieves de arriba, con pasajes de la pasión y de la resurrección del Señor.

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III. La alianza nueva y eterna, cuyo mediador es jesús

1. Dos panorámicas de la nueva Alianza: los siete Gozos de Nuestra Señora

Una devoción medieval, muy arraigada en Mallorca, inculcada ya por el beato Ramón Llull, es la de los Siete gozos de Nuestra Señora. Esta oración va unida a la contemplación de las siete alegrías que santa María tuvo en la vida de su amado Hijo. En la Catedral se pueden ver dos representaciones de los siete Gozos.

En la predela –parte inferior- del retablo gótico del siglo XIV, de Pere Morey, que Antoni Gaudí trasladó en 1904 de delante la cátedra episcopal al muro lateral, sobre el portal del Mirador, se ven siete bajo relieves que representan:

La anunciación del ángel a Maria, el nacimiento de Jesús, la adoración de los magos de Oriente, la Resurrección del Señor, la Ascensión, la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles, y la dormición y glorificación de nuestra Señora (que ocupa el lugar central).

Otra representación de los siete Gozos rodea el púlpito mayor (siglo XVI). Aquí se añaden dos escenas de la vida de la madre de Jesús (inspiradas en evangelios apócrifos): el abrazo de sus padres Joaquim y Ana ante la Puerta Dorada del Templo, y el nacimiento de Maria. San Joaquín y santa Ana son representados igualmente en el retablo de la Grada y en una tela de la la capilla de la Inmaculada.

2. La Purísima Concepción de santa María

Es el alba luminosa, sin mancha alguna de pecado, de la salvación que Jesucristo trajo al mundo. Dios Padre creó y eligió una criatura, una mujer llena de gracia, para que fuera madre de su Hijo hecho hombre. El Hijo de Dios que se encarnaba para quitar el pecado del mundo, redimió del pecado anticipadamente a su madre cuando ésta fue concebida sin mancha de pecado original, como proclama la fe católica.

La devoción a la Inmaculada Concepción de María es muy tradicional en Mallorca; arranca de la doctrina del beato Ramón Llull, el primero que enseñó este privilegio mariano en la Universidad de París. El 1601, fue dedicado a la Purísima el portal mayor de la Seo. El 1643 fue proclamada patrona del Reino de Mallorca. María, presidiendo el portal mayor, es presentada según la visión del libro del Apocalipsis ( cap.12): coronada de doce estrellas con la luna bajo sus pies. Aparece también rodeada de símbolos sacados del Antiguo Testamento y de la liturgia de la Iglesia que proclaman la pureza y santidad única de la Madre de Dios: elegida como el sol, templo de Dios, ciprés ufano, lirio oloroso, pozo del agua de la vida, ciudad de Dios, espejo sin mácula, estrella luminosa, bella como la luna, puerta del cielo, rosal de Jericó, palmera en el desierto, fuente sellada, huerto cerrado, torre de marfil.

La capilla primera (entrando, a mano izquierda) fue dedicada también a la Purísima Concepción en el siglo XVIII. La imagen central sigue el modelo de la fachada. Maria aparece “vestida de sol, con la luna bajo los pies, y en la cabeza una corona de doce estrellas” (Apoc 12, 1). Los rayos del sol y la corona de estrellas son cincelados en plata.

A la entrada de la capilla dels vermells, cuelga actualmente una bella pintura de la Purísima, del famoso Guillem Mesquida (1740), que cubría, en tiempos determinados, la imagen central del retablo.Una pequeña imagen de la Inmaculada fue colocada en el tímpano del portal de la Almoina (siglo XVI).

3. La Anunciación a María

La escena evangélica (Lc 1, 16-38) del ángel Gabriel que anuncia a Maria de Nazaret que sería madre del Mesías, el Hijo de Dios, está representada en varias imágenes de la Catedral. Primeramente en dos esculturas adosadas a dos pilastras de la capilla real, a la entrada del presbiterio, en segundo término. Estas dos imágenes góticas del siglo XIV plasman este misterio: a la derecha el arcángel lleva a la virgen de Nazaret el primer anuncio de la Encarnación del Hijo de Dios: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo; el Señor le dará el trono de David, su padre... su reino no tendrá fin; a la izquierda, María escucha el saludo y el anuncio del mensajero divino y responde: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 31-33, 38).

La misma escena bíblica está esculpida en el púlpito menor, en el antiguo arco del trascoro (siglo XVI); situado por Gaudí en la entrada de la sacristía de vermells, en el ático del retablo de San Jerónimo (s. XVII). En el Museo capitular, se exhiben igualmente dos bellísimas estatuas góticas de mármol policromado del ángel y Maria (s. XIV); y una tabla gótica de Pere Terrencs (s. XV).

4. La Visitación de Maria a Isabel

Después de recibir el anuncio del ángel, María se fue decididamente a la montaña a comunicar su gozo a su parienta Isabel (Lc 1, 39-56). Esta la saludó llena del Espíritu Santo como madre del Señor. Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre... Dichosa tú que has creído! María respondió a las palabras de Isabel, entonando la gran acción de gracias del Magnificat. Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu celebra en Dios mi salvador. Porque ha mirado la pequeñez de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su amor llega a sus fieles de generación en generación.

La Catedral guarda y venera dos representaciones de la Visitación de santa María: en un bajo relieve del coro (s. XVI) y en la predela del retablo de Nuestra Señora de la Grada, pintura atribuida a Gaspar Oms (s. XVII).

5. El nacimiento de Jesús y su infancia

En Belén de Judà nació Jesús, Hijo de Dios, hijo de María virgen (Mt 1, 25.2, 1-12; Lc 2).

Es el misterio que celebramos en Navidad: en un pesebre, porque no habían encontrado sitio en el hostal, María parió a su hijo, bajo la amorosa mirada de José, glorificado y anunciado por los ángeles a los pastores; adorado luego por los magos, llegados de Oriente, guiados por la estrella. Presentado al cabo de cuarenta días en el templo de Jerusalén, donde fue acogido por Simeón, que lo proclamó luz de las naciones y gloria de Israel, su pueblo. Cuando tenía doce años subió con sus padres, por Pascua, al templo del Señor y se quedó tres días entre los maestros de la Ley, “escuchándolos y haciéndoles preguntas”.

La Catedral recorre, con imágenes, estos episodios del nacimiento y de la infancia de Jesús. En la capilla de la Grada, en la predela, una tabla representa el nacimiento de Jesús, del taller de los Oms (s. XVII); el nacimiento y la adoración de los magos de Oriente son pintados en telas del s. XVIII en la capilla de la Piedad. En Navidad, se expone delante del presbiterio el conjunto escultórico de Remígia Caubet: el niño Jesús entre María y José (s. XX). La presentación al templo, en brazos de María y de José, ocupa una hornacina importante en la parte central del retablo del Corpus Christi. Jesús entre los doctores del templo es representado en el arco del trascoro, en la entrada de la sacristía de vermells.

6. San José, padre legal de Jesús

José, de la descendencia del rey David, hombre justo, tomó a María por esposa y, según la ley y según el pueblo, era considerado el padre de Jesús, engendrado por obra del Espíritu Santo, Hijo de Dios únicamente y de santa María virgen. Del ángel, en sueños, recibe el encargo de imponer al hijo de su esposa el nombre de Jesús porque él salvará de los pecados su pueblo.

José fue el protector de Jesús, en Belén, en el exilio de Egipto y en Nazaret. Era carpintero o artesano. El Hijo de Dios hecho hombre se crió en el hogar de José y de María: donde iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba. En aquella santa familia, Jesús obedecía a José y a María (Mt 1, 18-25; 2, 1-23; Lc 2, 51).

La más antigua representación de san José en la Catedral se encuentra en el retablo de San Jerónimo (comienzos del siglo XVII). Al santo esposo de María, está dedicada también una capilla con retablo (siglo XIX), presidido por su imagen; su muerte, entre Jesús y María, está representada en la predela. La figura de san José aparece también en los episodios arriba descritos del nacimiento y de la infancia de Jesús, y en el arco de la capilla de la Piedad.

7. San Juan Bautista

Hijo de Zacarías y de Isabel, su nacimiento fue anunciado por el ángel a su padre como aquel que iría delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías... para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. Primo de Jesús, ya saltó de gozo en las entrañas de su madre en la visitación de María a su parienta Isabel. Cuando nació, su padre profetizó que sería profeta del Altísimo porque iría delante el Señor a preparar sus caminos. Aquel niño creció y se fortaleció en el Espíritu, y vivió en el desierto hasta el día que se manifestó a Israel (Lc 1, 5-25.57-80). Se manifestó, en la orilla del Jordán, predicando al pueblo de Israel: Convertíos que el Reino de los cielos está cerca! “Juan iba vestido con una piel de camello y llevaba una correa en la cintura; se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Acudía gente de todas partes a escuchar su predicación, confesaban sus pecados y se hacían bautizar por él en el río Jordán. También Jesús acudió desde Galilea. A pesar de la resistencia de Juan, quiso ser bautizado por él. Cuando salió del agua, el cielo se abrió, bajó el Espíritu de Dios como una paloma y se oyó la voz del Padre: Este es mi Hijo, mi amado! Juan mostró a Jesús, el Mesías, presente en medio de los hombres: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! Los cuatro evangelios describen la personalidad y la misión de Juan, que murió decapitado por Herodes, anticipándose a la Pasión de aquel a quien había anunciado como Precursor (Mt 3, 1-17; 14, 1-12; Mc 1, 2-11; 6, 14-29; Lc 3, 1-22; Jn 1, 6-8.15.19-35; 3, 22-30; 4, 1; 5, 31-35; 10-40-42).

En la Catedral veneramos la figura de Juan Bautista en el presbiterio: en el muro lateral izquierdo, hay una escultura suya, dorada y policromada, procedente del antiguo retablo gótico (s. XIV), colocada aquí por Gaudí. También, en el portal del Mirador, a la izquierda, aparece una estatua del Precursor; en el portal mayor, su imagen se encuentra en el tímpano, a la derecha de la Inmaculada. Igualmente en el retablo del Corpus Christi (s. XVII), se venera una talla de san Juan, del mismo también existe una tela en la capilla de la Purísima, de Guillem Mesquida (s. XVIII); una escultura policromada, obra de Adrià Ferran (a. 1812), en la capilla de San Pedro, abierta dentro de la fachada principal, a mano izquierda de la entrada principal.

8. Jesús bautizado por Juan en el río Jordán

Los cuatro evangelios (Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22; Jn 1, 32-34) narran la manifestación de Jesús, como Mesías, y el inicio de su predicación de la Buena Nueva, en el bautismo que recibió de manos de Juan en el Jordán. Dios Padre lo declaró Hijo suyo muy amado y encima de él –evocando la paz después del diluvio- descendió el Espíritu Santo en forma de paloma. La Trinidad se manifiesta sobre las aguas del Jordán, el río que abrió la entrada de Israel a la Tierra Prometida, figura de la entrada en el Reino de los cielos y de la incorporación al nuevo pueblo de Dios de quien renace del agua y del Espíritu Santo (Jn 3, 5). El bautismo que Jesús recibe en el Jordán es figura del primer sacramento cristiano de la regeneración y de la Pascua. El Resucitado enviará a sus apóstoles: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). Por el primer sacramento de la fe, nos incorporamos a Cristo, a su muerte y resurrección (Rm 6, 3-11), el Padre nos declara hijos suyos muy amados en el Hijo único y sobre nosotros baja el Espíritu Santo, autor de la reconciliación, de la paz: él es el amor de Dios infundido en nuestros corazones.

La pintura central del baptisterio de la Catedral, de L. A. Planes (s. XVIII), describe el bautismo de Jesús en el Jordán, presidido por el Padre y con la aparición del Espíritu en forma de paloma.

9. Los doce Apóstoles

Jesús de Nazaret, al comienzo de la predicación del Reino de Dios, de entre los discípulos que le seguían, designó a doce, los que quiso, “a los que dio el nombre de apóstoles porque estuviesen con él y para enviarlos a predicar... Los doce que designó son estos: Simón, a quien dio el nombre de Pedro; Jaime, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano, a los que dio el nombre de Boanerges, que quiere decir “hijos del trueno”; Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jaime, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Zelotes y Judas Iscariote, el que le traicionó” (Mc 3, 13-19; Mt 10, 1-4; Lc 6, 12-16).

Jesús los eligió como patriarcas del nuevo Israel que él venía a establecer, constituyen el fundamento del nuevo pueblo de Dios (Ap 21, 14).

Muchas catedrales y otras iglesias cristianas presentan las imágenes del grupo de los doce, a menudo en grandes portales o bien en la plasmación de pasajes evangélicos, por ejemplo la última cena. El proyecto del portal del Mirador incluía seguramente un “apostolado”. Ahora los doce aparecen en el tímpano rodeando la mesa de la postrera cena de Jesús.

Hay que mencionar dos pinturas sobre el primado de san Pedro, a quien Jesús entrega las “llaves del Reino de los cielos”: sobre él el Señor edificará su Iglesia (Mt 16, 17-19). Este episodio es representado en la predela del retablo de San Jerónimo y en la gran tela pintada por Salvador Torres (a. 1839), que ahora preside una capilla cerca del portal mayor, entrando a mano izquierda.

10. Las parábolas del Reino de Dios

Un vitral sobre el órgano, diseñado por Juan B. Castro (1980), ha escogido una serie de parábolas sobre el Reino de Dios. Arriba, las palabras introductorias de Jesús. “El Reino de Dios es semejante...” y la parábola del grano pequeño de mostaza, que ha producido un gran árbol donde se posan los pájaros (Mt 13, 31-32). La mano del sembrador echa la semilla que cae al suelo, entre cardos y plantas, o en tierra buena que produce el ciento por uno (Mt 13, 3-9). En la parte central, un hombre levanta alborozado los brazos porque lleva en sus manos el tesoro del Reino que ha encontrado (Mt 13, 44). Más abajo aparece una red que ha recogido toda clase de peces, buenos y malos, que serán separados al fin del mundo (Mt 13, 47-50). Abajo, un convite con comensales invitados de toda raza: “Venid a la fiesta” (Mt 22, 1-14; 8, 11).

11. El agua de la vida, prometida por Jesús a la samaritana

En la sagrada Escritura, en su historia y simbolismo, el agua juega un papel de primer orden, tanto en la primera Alianza como en la segunda. Es el tema plasmado en el vitral sobre la sacristía de los vermells.

En la parte central, dos episodios clave: Moisès en el desierto, golpeando la roca con el bastón, hace brotar agua para el pueblo sediento (Ex 17, 1-7). Junto al pozo de Jacob, Jesús, el nuevo Moisès, promete el agua viva a la mujer samaritana: “El agua que yo daré se convertirá en una fuente que saltará hasta la vida eterna” (Jn 4, 14).

En la parte inferior, corren aguas vivas que nunca se agotan: dan vida al mar muerto que se va llenado de peces y plantas, según la profecía de Ezequiel (47, 1-12).

Arriba, “el río del agua de la vida, que nace del trono de Dios y del Cordero” (Ap 22, 1): imagen de la salvación que brota del misterio pascual de Jesucristo.

12. Multiplicación de los panes y de los peces

El Reino de Dios se parece a un gran banquete (Mt 22, Lc 14). Jesús quiso que el símbolo comunitario (sacramento) por excelencia de sus discípulos fuera el banquete de la Eucaristía. La multiplicación de los panes y de los peces (Mt 14, 13-21; 15, 32-36; Mc 6, 32-44; 8, 1-10; Lc 9, 10-17) encuentra en el capítulo sexto del evangelio de Juan su sentido pleno, sobre todo por el discurso de Jesús prometiendo el pan de la vida: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51).

La Catedral, como toda iglesia cristiana, es sobre todo aula, espacio de celebración, de comunión eucarística. El altar mayor de la Catedral aparece flanqueado por dos ábsides, por dos capillas, que presentan los dos grandes momentos de la institución de la Eucaristía en el Nuevo Testamento. En el ábside de la derecha, una obra espectacular introduce en la Catedral el esplendor del arte contemporáneo. Es obra de un artista mallorquín, Miquel Barceló. Presenta simbólicamente la multiplicación de los panes y de los peces según el evangelio de Juan, capítulo 6, en clave de actualidad sacramental. La piel de cerámica que recubre la arquitectura gótica del siglo XIV exhibe, a la derecha, pan, vino y alimentos en abundancia; a la izquierda, se extiende y levanta un mar rebosante de peces. El muro frontal ofrece la figura blanca, espiritual, vestida de luz, con la cara resplandeciente como el sol (como en la transfiguración, Mt 17, 2), de Jesucristo Resucitado, que muestra las llagas de la crucifixión (Jn 20, 25.27; Lc 24, 39-40), vencedor del hambre corporal y espiritual que genera la muerte. El Resucitado, ahora, en la mesa eucarística, parte y reparte el pan y todo alimento a la Iglesia, para que ésta, como los apóstoles entonces, partan y repartan el pan (para el cuerpo y para el espíritu) que da vida al mundo. Las jarras de vino nos recuerdan el primer milagro de Jesús en las bodas de Caná (Jn 2, 1-11). A los pies del Resucitado se abre el sagrario de la reserva eucarística; fulgurante de oro nos significa la presencia permanente del Señor en la Eucaristía, que es el bien más grande, el mejor tesoro de la comunidad cristiana.

Esta es la capilla de la contemplación y adoración del Cuerpo santísimo del Señor; los fieles prolongan la celebración eucarística, con su oración ante el sagrario.

También en la capilla del Corpus Christi, ábside izquierdo, un vitral (1983) representa la multiplicación de los panes y de los peces.

13. Entrada de Jesús a Jerusalén el domingo de Ramos

“Seis días antes de la solemnidad de la Pascua, cuando el Señor subía a la ciudad de Jerusalén, los niños con ramos de palmas, salieron a su encuentro y con júbilo proclamaban: “¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito tú que vienes y nos traes la misericordia de Dios!” (Misal romano, cf. Lc 19, 36- 38).

Cada año, el domingo del Ramo, la comunidad cristiana inicia la semana santa con la procesión de ramos y palmas: acompaña a Jesucristo que entra nuevamente en la Iglesia –simbolizada en la Catedral- para renovar los misterios de su pasión, muerte y resurrección.

14. Lavatorio de los pies

En la última cena, “Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en la jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido... Y les dijo: Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis... Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica!” (Jn 13, 4-17).

Cada año, tras la homilía del jueves santo, en la misa de la Cena del Señor, el obispo en la Catedral lava los pies a doce jóvenes. Significa el servicio humilde de quien preside la comunidad cristiana que, como Jesús, se comporta “como el que sirve” (Lc 22, 27).

15. La santa Cena

Cómo deseaba comer con vosotros esa cena pascual antes de mi pasión! (Lc 22, 15), dijo Jesús a los apóstoles, la noche que iba a ser entregado. Mientras comía con ellos, Jesús instituyó la Eucaristía, como memorial de su Pascua. “Tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a los apóstoles diciendo: -Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lc 22, 19). Después tomó una copa, dijo la acción de gracias, se la dio y bebieron todos. Les dijo: “Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, derramada por todos” (Mc 14, 23-24). “Haced esto en conmemoración mía” Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva (1 Co 11, 24.26).

Fiel a la tradición que hemos recibido del Señor y que los apóstoles nos han transmitido, “la Iglesia no ha dejado nunca de reunirse para celebrar el misterio pascual; leyendo cuanto se refiere a él en todas las Escrituras, celebrando la Eucaristía, en la que se hace presente la victoria y el triunfo de su muerte, dando gracias a Dios por su don inefable en Jesucristo, para proclamar gloria, por la fuerza del Espíritu Santo” (Constitución de liturgia del Vaticano II, 6).

La Catedral de Mallorca, edificada sobre todo para reunir a la comunidad cristiana que celebra el sacramento más grande de su fe, ha presentado a los ojos de los fieles las imágenes de la santa cena de Jesús: primeramente en el portal del Mirador, dando a significar que entramos en la Catedral para revivir sobre todo la Cena del Señor; y en el gran retablo del Corpus Christi, la obra barroca mejor de Mallorca (de Jaume Blanquer, s. XVII), que preside el ábside izquierdo (restaurado entre 2003 y 2004).

Els fidels perllonguen la celebració eucarística, en la pregària i l’adoració del Santíssim Cos de Crist en el sagrari.

16. El proceso, el juicio, la condena de Jesús a morir crucificado

Los dirigentes del pueblo judío mandaron detener a Jesús en el Huerto de Getsemaní, adonde había acudido a orar después de la última cena, y lo llevaron preso ante el sanedrín –el tribunal supremo de Israel- y ante el gobernador romano Poncio Pilato. Lo acusaron de alborotar el pueblo, de querer destruir el templo, de blasfemar haciéndose llamar Hijo de Dios, de sublevar a la gente contra el emperador de Roma proclamándose rey de los judíos. Caifás, el gran sacerdote, y el procurador romano lo interrogaron. Poncio Pilato, ante la presión de los notables del pueblo, al fin se lavó las manos y condenó a Jesús a la muerte de cruz.

El juicio de Jesús está bellamente cincelado en la predela del gran retablo del Corpus Christi: el Ecce Homo –Jesús coronado de espinas tras ser azotado (Jn 19, 5)- ocupa la parte central del alto relieve: a su derecha, el tribunal religioso; a la izquierda, el tribunal pagano de los romanos.

17. Jesús, muerto a la cruz

“Pilato los entregó a Jesús para que lo crucificaran... Cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera”..., donde lo crucificaron... Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: Jesús el nazareno, el rey de los judíos” (Jn 19, 16-19). “Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde... Y Jesús clamando con voz potente, dijo: -Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró” (Lc 23, 44-46). “El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: -Realmente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39).

Toda iglesia cristiana es presidida por la cruz, que ha pasado a ser por excelencia el signo del cristianismo. Las anchas naves de la Catedral dirigen la vista de los fieles hacia el altar cubierto por el baldaquín, que Antoni Gaudí colgó de la bóveda el 1912, y que con su inclinación se proyecta hacia la asamblea celebrante. En su cima se yergue la cruz con el crucificado, entre Maria, su madre, y el discípulo estimado. La cruz está formada con piezas de vivos colores: es la cruz gloriosa, porque de ella brotó la nueva vida. La cruz da carácter cristiano al ancho espacio de la Catedral: las amplias naves confluyen hacia el altar y hacia el misterio de la cruz redentora. Plasma las palabras de Jesús: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 23).

Dispersos por su interior, en la sacristía y en el museo, cruces y crucifijos visibilizan la centralidad del misterio del Crucificado. Cabe destacar el ex-voto expuesto en el Museo capitular que representa la Crucifixión del Señor, para suplicar el descanso eterno de las víctimas de la inundación de 1406. En lo alto del vitral sobre la capilla del Descendimiento, se ve al Crucificado en el árbol de la cruz que entrega el Espíritu; Maria está a su lado. En el coro, las atrevidas pinturas de J.M. Jujol (al fondo, a la derecha): la sangre de Jesucristo, que empapa la tierra, hace florecer una nueva primavera, como ya hemos comentado.

18. Jesús, bajado de la cruz y enterrado

“José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo de los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó... Llegó también Nicodemo... y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe... Tomaron el cuerpo de Jesús y lo amortajaron con una sábana con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde habían crucificado a Jesús, y en el huerto un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Jn 19, 38-42).

Una magnífica pintura de Ricard Ankermann (1886) representa, en la capilla homónima, el descendimiento de Jesús por José de Arimatea y Nicodemo, ante el dolor de su madre María y de las mujeres que lo habían seguido desde Galilea. En la capilla de la Piedad, bajo el órgano, y en el púlpito menor, hay también representaciones de la Piedad, o compasión de María, con el cadáver del hijo sobre la falda. En la capilla de la Corona, María contempla la corona de espinas de Jesús; un relicario con tres espinas expuesto en el museo, que guarda también otras reliquias atribuidas a la Pasión: un trozo de la columna de los azotes, del manto de púrpura, de la esponja con que le dieron a beber vinagre... Son vestigios de la devoción medieval.

Cada viernes santo por la tarde, la Catedral, después de la celebración litúrgica, mantiene la representación medieval del Descendimiento y de la procesión del santo entierro de Jesús.

19. Jesús resucitado gloriosamente

“Pasado el sábado, cuando clareaba el domingo, Maria Magdalena y la otra Maria fueron a visitar el sepulcro. De golpe se produjo un gran terremoto, un ángel del Señor bajó del cielo, apartó la piedra y se sentó encima. Resplandecía como un rayo y su vestido era blanco como la nieve... El ángel dijo a las mujeres: -No tengáis miedo! Sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado como dijo” (Mt 28, 1-6).

Por la tarde el Resucitado “se presentó en medio de los apóstoles y les dijo: -Paz a vosotros... Así dice el Escritura: El Mesías tiene que sufrir y ha de resucitar al tercer día de entre los muertos, y se ha de predicar en su nombre a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados, empezando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de ello” (Lc 24, 36. 46-48).

Jesús resucitado, el que reúne a la comunidad de los discípulos, es quien da vida y sentido a la asamblea que en nombre de él se congrega para celebrar la fe en él, que vive para siempre y nos guía por el camino que lleva a la vida. En el púlpito mayor de la Catedral, en los guardapolvos del coro, vemos la representación tradicional de Jesucristo que sale del sepulcro. Más simbólica es la bandera blanca ondeante que J. M. Jujol pintó a la derecha del coro. El facsímile del candelabro del cirio pascual que Gaudí realizó para la Sagrada Familia de Barcelona levanta y ostenta la llama de la vida nueva a lo largo del tiempo pascual. El Cristo que el artista Miquel Barceló ha diseñado sobre la cerámica de la capilla del Santísimo quiere representar la espiritualidad del cuerpo del Resucitado: “El último Adán es Espíritu que da vida” (1 Co 25, 45). “El Señor es Espíritu” (2 Co 3, 18). Esta figura se inspira también en las apariciones del Resucitado, el cual mostraba los discípulos sus cinco llagas (Jn 20, 27; Lc 24, 40).

Cada mañana de Pascua, en la Catedral, la procesión de entrada a la gran misa representa el encuentro entre el Resucitado y Su Madre: Reina del cielo, alégrate. El que llevaste en tu seno ha resucitado, tal como dijo. Aleluya!

20. La Ascensión del Señor

Jesús, el Señor, sacó a apóstoles de Jerusalén hacia Betania, y “levantando las manos los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos lo adoraron. Después se volvieron a Jerusalén llenos de una gran alegría” (Lc 24, 50-52).

“La Ascensión de Cristo es también nuestra elevación y, a la gloria donde ha llegado la cabeza, también el cuerpo tiene la esperanza de llegar” (Oración colecta de la misa de la Ascensión).

En el púlpito mayor, hay un bajo relieve de la Ascensión, como también en la sillería del coro

21. La efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia apostólica

“Todos los discípulos –con María, la madre de Jesús- estaban juntos el día del Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo... Pedro levantó la voz y dijo a los judíos: “Eso que ahora sucede ya lo había anunciado el profeta Joel: ... “Aquellos días derramaré mi Espíritu sobre mis servos y siervas y profetizarán... A Jesús, Dios lo ha resucitado. La derecha de Dios lo ha ensalzado, y él ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, y ahora lo da en abundancia” (Ac 2, 1-4. 14.16.18.32-33).

Cincuenta días después del domingo de Resurrección, celebramos Pascua granada. El fruto maduro de la Pascua del Señor es el don del Espíritu Santo, que está siempre presente en su Iglesia y da eficacia a los sacramentos.

Uno de los Gozo de Nuestra Señora, en el púlpito mayor representa la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles; también la representa el vitral de la nave menor izquierda sobre el portal de la Almoina. En lo alto del presbiterio, entre las sogas que sostienen el baldaquín, aparece una bola pintada de llama de fuego: símbolo del Espíritu que desciende sobre el altar para realizar la conversión eucarística.

22. El misterio pascual de Cristo participado por santa María, asunta al cielo

María, cuando hubo terminado su peregrinación por esta vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma al cielo gracias a la victoria de su hijo Jesucristo. De la victoria de Cristo sobre el pecado, participó, en primer lugar, en su Concepción Inmaculada; de la victoria sobre la muerte, fue partícipe en su gloriosa Asunción. Esta verdad de fe, definida en 1950 por Pío XII, la Iglesia la ha recogido por tradición: la “Virgen María, imagen y primicia de la Iglesia gloriosa”, no podía sufrir la corrupción del sepulcro: porque ella “de manera inefable fue madre del autor de la vida” (Prefacio de la Asunción).

La fiesta del 15 de agosto es la gran fiesta de santa María. Nuestra Catedral celebra su fiesta titular, honrando a la “Mare de Déu morta” (la “dormición de Nuestra Señora”), siguiendo venerable tradición, en su lecho monumental en el centro de la Catedral, rodeada del perfume de las albahacas y de la frescura de los mirabeles.

También el retablo de la Grada tiene como figura central una bella tela de la Asunción (s. XVII). La coronación de María por la Santísima Trinidad en el cielo està representada en una tela de la capilla de la Piedad (s. XVIII). La fachada principal de la Seo, en el frontón, muestra un bajo relieve de la dormición de María (de Marc Llinàs, 1886) y culmina en una escultura de Nuestra Señora subiendo al cielo con los brazos abiertos (de Lluís Font, 1886). En el vitral central del muro izquierdo de la capilla real, figura la Asunción de María (obra de Pere Cànaves, 1989).

23. El Señor volverá con gran poder y majestad

“Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas... incluso el firmamento temblará. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 25-28).

En el cielo dice el Hijo del hombre: Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Dios del universo... soy el primero y el último. Soy el que vive: estaba muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y de su reino (Ap 1, 8.17-18).

El Hijo de Dios, que abrió la historia (“por él fueron creadas todas las cosas”, Col 1, 16), la cerrará también cuando “volverá glorioso a juzgar a vivos y muertos”.

Sobre la estatua yaciente del primer obispo de la Sede restaurada de Mallorca, Ramón de Torrelles, a la izquierda de la capilla del Corpus Christi, aparece la imagen gótica (s. XIV) de Jesucristo, sentado en un trono como Salvador y como Juez: tiene las manos extendidas mostrando las llagas de los clavos, y la lanzada en el costado. Es un juez misericordioso. A su vera está un ángel que sostiene la cruz, la lanza y los clavos. El Señor que vendrá a juzgar a todo el mundo es el Redentor misericordioso, que ama entrañablemente a los que ha creado y ha redimido con la sangre de su Pasión.

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IV. Celebrar el misterio de la fe

l. Sobre todo, la Eucaristía

Toda casa de la Iglesia, de la comunidad de los creyentes en Cristo, está primeramente al servicio de la asamblea reunida para la acción de gracias celebrando el memorial de la Pascua del Señor, según él nos mandó: “Haced esto en conmemoración mía”. Toda la construcción y la distribución del espacio interior están al servicio de la celebración eucarística: que tiene el altar como centro más visible e importante, el ambón desde el cual se lee la Palabra de Dios y es predicada a los fieles, la sede presidencial que es la cátedra episcopal en la Seo, y también otra sede menor para las celebraciones presididas por un presbítero. Los ministros, los clérigos que intervienen en la liturgia, los cantores, y los fieles presentes ocupan también su lugar para participar en la acción sacramental.

1.1. El altar: mesa de comunión y ara del sacrificio memorial

La Eucaristía es un convite y al mismo tiempo es memorial del sacrificio único, ofrecido por Jesucristo, una vez para siempre en su Pascua. Entorno a la mesa eucarística, los creyentes en Cristo elevan su acción de gracias haciendo memoria de la obra salvadora de Cristo, comulgando con el pan, que es el Cuerpo entregado para dar vida al mundo, y bebiendo la copa, que es la sangre de Cristo que sella la Alianza nueva y eterna.

La tradición cristiana presenta el altar como mesa de un convite fraterno, del que Cristo es al mismo tiempo anfitrión y alimento: es el banquete del Reino de los cielos en la tierra; tiene forma de ara –y por eso desde antiguo suele ser de piedra- del sacrificio de sí mismo y de la inmolación cruenta en la cruz, que el único Sacerdote y Mediador ofreció dando la vida para reconciliar a la humanidad con Dios Padre.

El altar de la Catedral de Mallorca es el elemento más venerable de la misma por su simbolismo teológico, por su función sacramental, por su arte ligado a nuestra historia. Probablemente es anterior a la Seo que ahora admiramos, con sus 8 columnas románicas o góticas primitivas (cistercienses), una columna de estilo bizantino en el centro (s. VII?), una gran losa como mesa; tal vez ya fue el altar de la mezquita habilitada como iglesia cristiana desde 1230 y consagrado en ella el 1269. Este es el altar dedicado el día uno de octubre de 1346 cuando se inauguró el culto en el ábside “nuevo” de la Seo que, desde 1306 aproximadamente, se iba construyendo. El primero de octubre ha permanecido como memorial de la dedicación de toda la Catedral al Dios único y Padre de Jesucristo.

Su última consagración la realizó el obispo Pere-Joan Campins el uno de octubre de 1905, como culminación de la restauración del altar, cátedra, coro y presbiterio que se había inaugurado el año anterior y que había llevado a cabo Antoni Gaudí.

En la restauración de 1904, el altar de la Seo fue trasladado desde el fondo de la Catedral junto al gran retablo barroco y fue puesto enfrente de la nave mayor para que, de cualquier punto de la gran iglesia, los fieles pudiesen seguir la acción eucarística. Lo rodean cuatro columnas con candeleros y cuatro esculturas medievales de ángeles músicos. Una barandilla de hierro forjado con candeleros, también forjada por Gaudí, adorna, más que separa, el presbiterio. Sus cirios constituyen ahora la iluminación litúrgica de la mesa eucarística.

Gaudí, el 1904, colgó un baldaquín muy sencillo para cubrir y honrar el altar: un tapiz antiguo con un bordado de simbología eucarística. El 1912 el mismo artista realizó un proyecto, una maqueta, de baldaquín más fastuoso. Colgado también de las bóvedas, está formado básicamente por una corona heptagonal, con espigas y racimos de uvas, de la que cuelgan 35 lámparas. En la parte alta de la corona, ligeramente inclinada hacia la nave central, se yergue el Crucificado entre María y el discípulo amado. La corona sostiene espigas, racimos y pámpanos, en referencia al pan y al vino de la Eucaristía.

El baldaquín sobre el altar es símbolo del Espíritu Santo. Es como una epíclesis, hecha arte: la plegaria que en la oración eucarística implora la venida del Espíritu. Los siete lados simbolizan los siete dones del Espíritu y están unidos con unas bolas poliédricas que llevan las letras SS: iniciales de Spiritus Sanctus.

1.2. Para proclamar la Palabra divina

La mesa de la Eucaristía está íntimamente unida a la mesa de la Palabra de Dios. Todo lo que anuncia y predica la Sagrada Escritura, de la primera y de la segunda Alianza, tiene su cima en la Pascua de Jesús, cuyo sacramento celebramos en la Eucaristía. Por eso la primera parte del memorial del Señor consiste en proclamar y escuchar el anuncio de la salvación que pregonaron los profetas, los apóstoles y Jesucristo mismo.

Tradicionalmente la Iglesia, en la liturgia de la Palabra, ha reservado el máximo honor a la lectura evangélica, reconociendo por la fe que es Jesús mismo que nos continúa anunciando la Buena Nueva por los textos de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan. La proclamación del Evangelio, va precedida de los escritos de los profetas: la historia y la sabiduría de Israel; de los escritos apostólicos, los Hechos y las cartas.

Siempre la Iglesia ha elegido un lugar alto para que la Palabra de Dios leída sea escuchada y entendida de los fieles. Antes de la última reforma litúrgica conciliar, el Evangelio se leía en la parte derecha mirando al pueblo; la primera o las primeras lecturas (profecía y epístolas apostólicas) en el lado izquierdo. En la Catedral ha permanecido, como notable monumento renacentista, el púlpito mayor del siglo XVI, el del Evangelio y de la predicación: lo rodean bajorrelieves con los siete Gozos: los acontecimientos más significativos de la vida de Jesús y de María, además de cuatro estatuillas de los evangelistas y otras cuatro (aunque una -la de Agustín- quedó trasladada en la restauración de Gaudí a la parte posterior del púlpito pequeño) de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina: Ambrosio, Agustín, Jerónimo y Gregorio el Grande. Todo nos da a entender que el Evangelio es proclamación de la vida, muerte y resurrección del Señor, según la narración de los cuatro evangelios, que explicaron y predicaron los santos Padres y Maestros de la Tradición cristiana.

El púlpito menor, en tres lados, presenta bajo relieves de la Anunciación de la Encarnación, y de la Piedad de María: referencia clara al anuncio que profetas y apóstoles hicieron de la salvación del Hijo de Dios, hecho hombre y muerto por nosotros. Fue adornada por Gaudí con un tornavoz, en el que plasmó figuras importantes del Nuevo y del Antiguo Testamento: en la cima, el sacrificio de Abraham cuando se disponía a inmolar a su hijo Isaac: es la gran historia de fe de la primera Alianza; al borde del tornavoz, los apóstoles Pedro y Pablo y un profeta.

Desde la Pascua de 2001 la Catedral tiene un nuevo ambón en el presbiterio, realizado de acuerdo con la decoración de hierro forjado y madera con que Gaudí diseñó los atriles para el coro; está situado junto a la barandilla y candeleros del acceso al presbiterio; lleva incorporado un recipiente para colocar flores, que indican la vida, la belleza y el buen olor que difunde en la asamblea la Palabra divina. Durante los cincuenta días que prolongan el gozo de la Resurrección de Cristo, un candelabro, facsímile del que realizó Gaudí para la Sagrada Familia de Barcelona, con una noble columna de pórfido, sostiene el cirio pascual.

La Palabra de Dios es el tema del vitral de la capilla de San Jerónimo, obra de Pere Cànovas (1983).

1.3. La Cátedra del obispo

El nombre de Catedral viene de cátedra: la silla del obispo, maestro primero de la Iglesia local que enseña, alimenta y pastorea su grey en nombre del Buen Pastor y Maestro Jesucristo.

Siguiendo la tradición más antigua de la construcción de las iglesias episcopales, la cátedra (o sede episcopal) fue colocada en el inicio de la construcción en el siglo XIV en el ábside nuevo, inaugurado por el obispo Berenguer Batle en 1346, el cual regaló a sus sucesores la cátedra de piedra, que conservamos y que Gaudí y Jujol restauraron y decoraron entre 1904 y 1914. La rodean los escudos de los obispos predecesores del obispo Campins.

Si el obispo preside junto al altar, se sienta en una sede, una silla construida a imitación de las que Gaudí hizo tallar para la Sagrada Familia de Barcelona. En el respaldo, lleva un bajo relieve del Buen Pastor con la inscripción: Pastor, Sacerdote, Maestro.

El presbítero que, en comunión con el obispo, preside la Eucaristía en la Catedral, se sienta en otra silla del mismo estilo, con el escudo del Cabildo: santa María con el niño Jesús en brazos, rodeada de la inscripción: María, Sede de la Sabiduría.

1.4. El coro alrededor del altar y de la cátedra, para cantar la divina alabanza

La iglesia-madre y catedral es la iglesia del obispo, padre de la comunidad cristiana local, que celebra, pastorea y adoctrina al pueblo de Dios con un grupo de presbíteros, llamados canónigos desde antiguo, que tienen la misión litúrgica y cultural de mantener el culto en la Catedral y de conservar y promover su patrimonio de arte y de historia. Al obispo y al cabildo, y a los demás presbíteros del clero catedral, les ha sido encomendado especialmente el oficio de alabanza: cantar las alabanzas del Señor y dirigirle las plegarias, siguiendo la liturgia de las horas. Es un oficio que ejercen en nombre del pueblo cristiano de Mallorca y junto al pueblo que, después del Vaticano II, es invitado cada vez más a participar.

Desde antiguo, y mientras avanzaba a partir del siglo XIV la construcción de la Catedral, el coro fue ocupando el centro y buena parte de la nave central, al estilo de muchas catedrales españolas. En el siglo XVI se convirtió en un verdadero edificio dentro del inmenso edificio catedralicio, el cual quedó fuertemente afectado en su proporcionalidad y espacio, sobre todo por lo que atañe a la participación de los fieles, alejados en gran parte de la visión y seguimiento de las celebraciones litúrgicas. El obispo Campins encargó al genial arquitecto Gaudí que trasladase el coro desde el centro de la Catedral a la capilla real, en torno a la cátedra y al altar. La gran restauración se inauguró en la fiesta de la Inmaculada, 8 de diciembre, de 1904.

Así el ministerio del obispo, de los presbíteros y de los otros clérigos aparecía centrado alrededor del altar y de la cátedra, dispuesto para celebrar los santos misterios.

1.5. El gran espacio de las tres naves para la asamblea del Pueblo de Dios

El proyecto arquitectónico litúrgico de restauración de la Catedral, expuesto por el obispo Pere-Joan Campins en la carta pastoral de la Asunción de la Virgen de 1904, exponía así la distribución del espacio catedralicio: el altar para el sacrificio eucarístico, la cátedra para el padre y pastor de la diócesis, el coro para los ministros de la Iglesia, las naves para todo el pueblo de Dios.

Así concibió su plan, animado por el movimiento litúrgico que llevaba en la mente y en el corazón, movimiento litúrgico iniciado hacia 1850 y culminado en el Vaticano II, a cuyas disposiciones se adelantó el gran obispo de Mallorca propiciando la participación de los fieles en la sagrada liturgia, “fuente primera e indispensable de la vida cristiana”, como enseñó el 1903 el papa san Pío X.

La gran intuición y coraje del obispo Campins para romper barreras y suprimir impedimentos se han visto altamente sancionados en los grandes encuentros del pueblo cristiano de Mallorca, y de otras procedencias, en la Catedral, en la que ésta se siente madre feliz por la multitud de hijos e hijas de Dios, en Pascua y Semana santa, en la noche de Navidad, en la fiesta del Corpus y en tantas ocasiones solemnes y populares, que jalonan el calendario de la Iglesia mallorquina.

1.6 La música y el canto

El canto del pueblo de Dios en el culto cristiano es noble expresión de su fe gozosa, vigoriza la palabra –de Dios y de la Iglesia-, aporta a la acción litúrgica una solemnidad y prestancia que no puede ser suplida por ningún otro elemento. Cantar es reforzar la proclamación y la plegaria. Cantar en la Eucaristía es propio de los creyentes en Cristo desde los inicios de la Iglesia: “Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3, 16). Las cartas de Pablo y de Pedro incluyen himnos de la primitiva comunidad; y el libro del Apocalipsis describe a menudo el canto de acción de gracias de las multitudes celestiales. Cantar en la liturgia siempre ha sido considerado como una asociación a la alabanza angélica del cielo.

Gaudí levantó dos tribunas a cada lado del presbiterio renovado para los cantores: adornadas con celosías y carteles, que llevan las notas musicales sacadas del himno a san Juan Bautista de Guido de Arezzo.

La Catedral tiene un coro de adultos para la misa conventual de los domingos y para las grandes celebraciones, y una escolanía de niños y niñas (los Vermells), que fue restablecida el año 2000.

La Catedral acoge muchos domingos coros europeos que intervienen en alguna celebración eucarística. Asimismo, a lo largo del año, se organizan conciertos de coros de Mallorca y de otras procedencias, frecuentemente con acompañamiento de instrumentos musicales.

La Catedral desde antiguo ha disfrutado de un órgano adaptado a su tamaño y a la solemnidad del culto. El gran órgano actual fue estrenado el 1797 y su última restauración fue bendecida en 1993. En el coro, hay otro órgano de acompañamiento que fue inaugurado en 2001. Cada año los domingos de octubre se organiza un festival de órgano, con maestros de fama internacional. Otros conciertos de órgano jalonan a lo largo del año el calendario musical de la Seo.

1.7. La iluminación de la Catedral para la celebración

Las luces son signo de alegría y de fiesta para la mesa eucarística y para la asamblea celebrante. Ya lo fue en Tròada, aquel domingo en que el apóstol Pablo se despedía de la comunidad: “en la sala de la casa donde nos habíamos reunido había muchos lamparones” (Hechos 20, 8).

A comienzos del siglo XX, la energía eléctrica empezaba a usarse cada vez más para iluminar casas, lugares públicos, calles. Fue Antoni Gaudí quien la introdujo plenamente en la Catedral, durante la restauración que llevó a cabo a partir de 1904. Substituyó los cirios de cera por bombillas eléctricas; igualmente en lugar del aceite que alimentaba los vasos de los cinco lamparones colocó bombillas de luz eléctrica y los distribuyó por el centro y por las dos naves laterales. Forjó artísticas anillas de hierro para las columnas a fin de que los fieles dispusieran de luz suficiente durante las celebraciones. Cuatro candeleros, también de hierro artístico, sobre columnas que sostienen cuatro bellas estatuas góticas de ángeles, están situados en los cuatro ángulos de las gradas del altar. La iluminación del baldaquín, de sus lámparas, corona y bolas, es alimentada por energía eléctrica. La barandilla que separa artísticamente presbiterio y nave mayor llevaban hasta hace poco cirios de madera con bombillas. Gaudí substituyó por doce candeleros de hierro forjado, con falsos cirios y bombillas, el antiguo corredor de los cirios que circundaba la capilla real. Cinco lampadarios con pequeñas y multicolores bombillas adornan fantásticamente la parte alta y los lados del ábside mayor sobre el coro. Este cúmulo de luz eléctrica confiere impronta festiva a la Eucaristía de la Catedral, potenciada aún, en 1996, por artística iluminación general, de acuerdo con los avances de la técnica.

A la luz artificial, se añade, sobre todo cuando luce el sol de nuestro Mediterráneo, la luz potente filtrada por los numerosos vitrales y rosetones. Hasta el siglo XX, la Catedral permaneció muy oscura: casi todos los ventanales habían quedado tapiados. En lo alto de la nave mayor hacia levante, lucía con cristales el ojo mayor del arte gótico. Gaudí empezó por iluminar con vidrios artísticos el rosetón abierto encima de la capilla de la Trinidad. Luego diseñó e hizo fabricar con un sistema propio dos grandes vitrales para la capilla real; su obra quedó interrumpida en 1914. A partir de 1926 el Cabildo catedral impulsó una campaña para iluminar con vidrieras los ventanales que aún permanecían cegados. Tal empresa terminó en 1996 para los ventanales de las naves. En 2006 Miquel Barceló ha diseñado cinco nuevos vitrales para la capilla del Santísimo.

1.8. Imágenes de ángeles servidores del culto

Una larga y bella tradición cristiana conecta en comunión y sintonía el culto de la Iglesia terrena y el de la Iglesia celestial. El arte cristiano ha ambientado frecuentemente la celebración cristiana con imágenes de ángeles que a manera de acólitos o músicos sirven la liturgia. Así la Catedral, en el siglo XIV, incorporó seis estatuas góticas de ángeles ceroferarios (que llevan candelabros con cirios) adosadas a las columnas que bordean el fondo del ábside para significar que ángeles servían el altar que entonces estaba situado a los pies de la cátedra episcopal. Ya he mencionado los cuatro ángeles músicos que rodean, sobre columnas con candeleros, el altar mayor. También la capilla de la Trinidad exhibe cuatro figuras de ángeles servidores del culto. El portal del Mirador está adorando también con multitud de ángeles músicos y de ángeles turiferarios, con incensarios, que ensalzan la obra de la salvación que allí está representada.

1.9.La adoración y la contemplación del misterio eucarístico después de la misa

El Señor Jesús, presente bajo los velos del pan eucarístico, permanece presente entre nosotros tras la celebración del memorial de la Pascua. Verifica las palabras de despedida a los apóstoles “Yo estoy con vosotros todos los días hasta la fin del mundo (Mt 28, 20). La Iglesia reserva con todo decoro el cuerpo eucarístico del Señor para llevar la comunión a los enfermos y para que sea contemplado en su misterio de donación amorosa, “hasta el extremo”, para que sea adorado por los fieles que así prolongan la oración iniciada en la acción de gracias de la misa y preparan su participación en la próxima celebración.

Antiguamente el santísimo cuerpo de Cristo era reservado, con honor, en arquetas dentro de la sacristía. El museo catedralicio conserva algunas de ellas, notables por su arte y antigüedad. En el siglo XIV, la Catedral de Mallorca “inventó” un lugar más digno para reservar el pan consagrado: la imagen titular de Santa María. Esculpió esta maravillosa estatua gótica Guillem Sagrera: en su costado izquierdo, justo debajo de la figura del niño Jesús, abrió una especie de arqueta decorada con un cielo estrellado (símbolo del universo, para los medievales), destinada a conservar las hostias consagradas. La idea de tal “invento” fue quizás sugerida por una antífona mariana: “Aquel que el universo entero no puede contener, se encerró en tus entrañas al hacerse hombre”. El ingenio de la Catedral fue seguido por muchas iglesias parroquiales y conventuales de Mallorca, que conservan una docena de imágenes de este tipo. Los documentos antiguos hablan del “sagrario de nuestra Señora”, refiriéndose a la mencionada imagen que ocupaba el centro del antiguo retablo gótico y que Gaudí, en 1904, colocó en la capilla de la Trinidad.

A partir del siglo XV y en torno al Concilio de Trento se fue generalizando la reserva eucarística en sagrarios, hasta el día de hoy. El actual en la Catedral es el de cerámica, todo resplandeciente de oro, que forma parte del recubrimiento de la capilla del Santísimo, obra de Miquel Barceló (2005).

La gran fiesta del Cuerpo eucarístico del Señor es el Corpus Christi. La misa solemne de esta festividad se prolonga en la procesión por la ciudad antigua. Para mostrar y adorar el pan eucarístico, nuestros antepasados encargaron a buenos plateros mallorquines una custodia procesional, que empezó a cincelarse en el siglo XV y se terminó en el XIX.

2. El bautismo, primer sacramento de la fe

Entrando por el portal mayor, a la derecha, encontramos el baptisterio. Es el espacio que el capuchino fray Miquel de Petra, sobrino del beato Junípero Serra, diseñó, según el estilo neoclásico del siglo XVIII, para la celebración del bautizo, por orden el obispo Rubio Benedicto. Fue situado en el sitio tradicional: a la entrada de la iglesia, que se vinculaba al ingreso en la comunidad cristiana mediante el sacramento del bautismo.

La pila bautismal, de piedra mallorquina, es grande y suntuosa, en forma de sarcófago clásico: bien se puede relacionar con el significado que san Pablo en la carta a los romanos (6, 3-11) da al bautismo: consepultura con Cristo en la muerte y conresurrección con él; palabras apostólicas que hacen comprensible y elocuente la forma del bautismo por inmersión, la más significativa y aún prevalente en el ritual posconciliar, y posible en esta pila de la iglesia madre de la diócesis.

Seis telas de pintura neoclásica de notable valor decoran el baptisterio catedralicio: al fondo el bautismo de Jesús por manos de Joan, con la teofanía: el Padre y el Espíritu Santo (en forma de paloma) sobre el Hijo; a la derecha el bautismo del primer pagano llamado a la fe, Cornelio, por manos del apóstol Pedro (Hechos 10), y a la izquierda la del rey de los francos Clodoveo, por manos de san Remigio (a. 496). Los autores son respectivamente los valencianos Lluís A. Planes, Josep Camarón y Josep Vergara. En lo alto, telas circulares representan ángeles que sirven como acólitos la celebración bautismal: unos aportan el agua, otros presentan las palabras que se pronuncian para administrar el sacramento, los demás ofrecen el óleo de los catecúmenos y el crisma.

La Catedral abriendo las fuentes bautismales en la vigilia pascual, confirmando con el don del Espíritu Santo por el ministerio del obispo, admitiendo a la primera Eucaristía, realiza la iniciación cristiana de los nuevos hijos de la Iglesia de Mallorca.

3. El sacramento de la reconciliación y de la penitencia

El cristiano que ha roto, o debilitado, la comunión con Dios y con la Iglesia es invitado al sacramento de la reconciliación: por el arrepentimiento de los pecados y la conversión, por la humilde confesión de los pecados, por la absolución sacramental que el sacerdote pronuncia en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como ministro de la Iglesia, mientras el penitente decide reemprender el camino de una vida nueva aceptando la obra penitencial que le estimula a seguir más fielmente el Evangelio.

La Catedral como iglesia madre acoge los penitentes ejerciendo el ministerio apostólico y episcopal de la reconciliación, confiado especialmente al canónigo penitenciario. La sede penitencial de éste es obra de Antoni Gaudí.

4. La misa crismal: fuente de sacramentos para la Iglesia local

Antes del Triduo pascual, el miércoles santo, la Iglesia de Mallorca celebra uno de sus encuentros más significativos: el obispo, concelebrando con los presbíteros, asistido por los diáconos y otros ministros, con la participación activa del pueblo de Dios, bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y consagra el santo crisma.

Así la Catedral aparece como madre fecunda y gozosa por la vitalidad de sus hijos e hijas, por la dedicación de sacerdotes y diáconos, con la solicitud de quien en Mallorca representa a Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Él, de alguna manera, en representación de Cristo, es la fuente y ministro principal de los sacramentos, que santifican a los llamados a la salvación, mediando la unción del Santo Espíritu que nos configura a Cristo, el Ungido, que fortalece en la lucha cotidiana contra el mal y para implantar el Reino de Dios; que conforta y alivia a quienes padecen enfermedad; que consagra a los que representan al único Sacerdote Jesucristo, que presiden en nombre de él la asamblea celebrante; que dedica al Señor altares e iglesias.

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V. Testigos y seguidores de Cristo, intercesores por el pueblo de Dios

1. Santa María Virgen, en la Catedral de Mallorca

La asamblea litúrgica celebrante se siente acompañada de la Iglesia de los santos del cielo, rememora sus ejemplos e implora su intercesión.
La primera santa entre los santos que escuchó y acogió la Palabra del Hijo de Dios fue Maria, su madre, y la guardó en su corazón (Lc 2, 19.51). El Padre la había creado santa e inmaculada desde su Concepción purísima. La comunidad apostólica la tuvo por modelo y guía de la oración cuando aguardaba la efusión del Espíritu Santo (Hechos 1, 14). Desde entonces la Iglesia de todas las generaciones la ha venerado como madre y como modelo en el seguimiento del Señor y como intercesora en los momentos difíciles de la peregrinación hacia el Reino. Jaume I, educado en la piedad del Císter, le profesó devoción profunda. Por Jesucristo y por santa María, quiso conquistar un Reino sobre el mar. Después del 31 de diciembre de 1229, le dedicó la primera iglesia de la ciudad de Mallorca, para la que había habilitado la mezquita real. Siguiendo esta tradición, Jaume II dedicó también a santa María la nueva Catedral que inició el 1306. Santa María, con su Hijo, Jesús, a los brazos, ha presidido y ha sido la imagen emblemática de La Sede de Mallorca.

La primera escultura de la titular, seguramente data de finales del siglo XIII, que recibe el nombre de “Nuestra Señora de la Grada”. Es una imagen románica, llena de majestad, sentada en trono real decorado con las barras de los condes de Barcelona, siendo ella misma trono del Hijo que lleva sobre la falda, cual “sede de la Sabiduría”, el Verbo de Dios hecho hombre. El sello de la Catedral y del Cabildo está formado por esta imagen mayestática de Nuestra Señora de la Seo, como se puede admirar en la sala capitular barroca y en el coro.

Segunda titular de la Catedral, en el siglo XIV, es la Virgen sagrario, que hemos descrito, y que vuelve a presidir la Seo desde 1904.

En el parteluz del portal del Mirador, se colocó una escultura perfectísima de Nuestra Señora (s. XIV), hoy retirada en el museo capitular y sustituida por una réplica de Guillem Galmés (s. XX): santa María acogía así a los fieles que entraban en la Catedral, pues ella es la “puerta del cielo”, de la Jerusalén celestial, simbolizada en la Catedral.

“Reina y Madre de misericordia” era y es invocada María en el canto de la Salve, tan apreciado por la devoción de los mallorquines que, sobre todo en siglos pasados, se sentían rodeados de tantos peligros de mar y tierra. La inundación provocada por el desbordamiento del torrente de sa Riera, en 1406, que causó una mortandad espantosa, hizo que los palmesanos volvieran nuevamente sus ojos a Maria, madre de gracia, madre de la merced, madre de misericordia, madre del manto, “madre de todos”, e invocó su amorosa maternidad con un ex-voto, colgado sobre la sepultura de las víctimas en la Catedral: santa María ampara bajo su manto hombres y mujeres de cualquier estamento. El ex-voto (ahora expuesto en el Museo capitular). Un vitral en el coro, de 1989, sigue la iconografía de la Virgen del manto para plasmar el título de “Madre de la Iglesia”, proclamado por Pablo VI en la clausura del Vaticano II.

Vinculadas a los inicios de la Iglesia restaurada de Mallorca en el siglo XIII, son las advocaciones catalana y mallorquina de Nuestra Señora de Montserrat y de Nuestra Señora de Lluc. Tradicionalmente los dos santuarios han recorrido su historia hermanados. A la izquierda y a la derecha del interior de la capilla de la Piedad, hay dos representaciones de ambas Vírgenes del siglo XVIII: revestidas al estilo barroco, aparecen situadas sobre sus santuarios y montañas, veneradas de sus escolanes.

Muy coherente con la tradición marinera de Palma, está la advocación de Nuestra Señora de los Navegantes, colocada desde el siglo XVIII en lo alto del retablo de San Benito.

Otras devociones marianas del pueblo mallorquín, propagadas por Órdenes religiosas, están presentes en la Catedral: Nuestra Señora del Rosal (capilla de la Corona), Nuestra Señora de la Merced y la Virgen del Carmen (a la capilla de la Grada). Dos pinturas en la capilla de la Piedad representan a Nuestra Señora de la Soledad y a la Virgen del Pilar.

Otras advocaciones y misterios marianos han sido descritos en páginas anteriores.

2. Apóstoles y evangelistas

Los doce apóstoles, elegidos por Jesús –a los que se añadió san Pablo-, han gozado de una devoción mucho extendida en el pueblo cristiano.

Desde el siglo XIV, las imágenes de Pedro y Pablo, elevadas sobre las primeras pilastras, dan la bienvenida a la capilla real y presbiterio. Imágenes de ambos están en la parte alta del arco del trascoro (entrada de sacristía de Vermells). También aparecen en el tornavoz, diseñado por Gaudí, del púlpito menor. Es notable la escultura de plata del apóstol Pedro en el museo capitular. La conversión de san Pablo es una tela (s. XVII) en el extremo izquierdo de la predela del retablo del Corpus Christi.

En este mismo retablo, a la derecha, hay la imagen de san Matías. San Mateo es representado en el retablo gótico del siglo XIV (él y san Francisco), ahora en el museo capitular. Una tela lo representa también en el retablo de la Corona.

San Jaime, el mayor, con hábito de peregrino de Compostela, es una de las figuras del retablo gótico del siglo XIV; fue colocada por Gaudí sobre una peana y bajo dosel a la izquierda de la capilla real. Se puede ver también en el retablo de la Piedad y en el de San José.

Cabe mencionar aquí a la santa Apóstol, María Magdalena, representada en dos estatuas: la que proviene del retablo gótico y que Gaudí colocó a la derecha de la capilla real, con el vaso de los ungüentos en su mano, y la que está situada en el ático de la capilla de San Jerónimo.

Todos los Apóstoles aparecen en el vitral Regina Apostolorum, a la derecha de la capilla real (1982).

Estatuillas de los cuatro evangelistas rodean el púlpito mayor (siglo XVI): san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan. Sus símbolos, el tetramorfos (hombre, león, toro y águila), sacados del libro de Ezequiel (1, 10), desgraciadamente mutilados, se pueden ver en el arranque de las nervaduras de la capilla de la Trinidad. San Juan evangelista tiene una estatua, junto a la de San Jaime, en la parte izquierda de la capilla real y en lo alto del portal mayor. Tiene como atributos la águila y el cáliz.

3. Santos y santas mártires

Son los testigos (mártires) de Jesucristo que, con su sangre, dieron la prueba del amor más grande: la de morir por Aquél y por aquellos que amaban (Jn 15, 13).

Un vitral de 1982, a la izquierda de la capilla real, Regina martyrum, presenta un conjunto de testigos del Señor: el beato Ramon Llull, santo Sebastián, los mártires de Uganda, san Lorenzo, santa Bárbara, santa Lucía y santa Catalina de Alejandría, san Jorge y san Pablo Miki.

El patrón de Palma, san Sebastián, tiene retablo y capilla, antiguamente bajo protección de los jurados y ayuntamiento de la ciudad. La estatua titular fue esculpida en Roma en el s. XVIII. En el museo capitular se exhibe la bellísima tabla de Alonso de Sedano, encargada por los jurados el 1488. La reliquia de su brazo llegó desde Creta a Palma el 1523, y se expone en el museo capitular en notable obra de platería del s. XVI.

Santa Eulalia de Mérida era venerada en una capillita sobre el coro; su imagen y pasajes del martirio fueron pintados en bello retablo, regalado por el obispo Berenguer Batle y obrado por Jaume Loert (s. XIV); ahora se exhibe en el museo capitular.

Santa Eulalia y santa Bárbara tenían estatua en el antiguo retablo gótico; fueron colocadas por Gaudí en la parte derecha encima el coro. Santa Bárbara, antigua patrona menor de Mallorca, y santa Práxedes –cuyos huesos se dice que reposan en la capilla del vecino palacio de la Almudaina- flanquean la imagen de San Sebastián en el retablo de este.

Santa Cecilia, mártir romana, patrona de los músicos, tenía dedicada la actual capilla del Descendimiento. En el ático del retablo, se ve la santa acompañada de ángeles, pintada por Guillem Mesquida. De esta capilla proviene el frontal, obra también de Mesquida (s. XVIII), ahora colocado en la entrada de la sacristía de Vermells (restaurado el 2003).

San Blas, obispo y mártir en Armenia, de gran devoción popular, tiene estatua en el retablo del Descendimiento.

Santa Catalina de Alejandría y santa Lucía son representadas en las calles laterales del retablo de San Jerónimo (s. XVII).

Santa Coloma, mártir hispánica del s. III, fue bellamente pintada por Ricard Ankermann (1836), en el retablo del Corazón de Jesús, junto a san Silvestre, papa del s. IV. El 31 de diciembre, fiesta de ambos, es el día de la reconquista de Jaume I. Esta capilla fue dedicada por los jurados al Ángel del Reino de Mallorca.

4. Los santos Padres y Maestros de la Iglesia

Con su dedicación pastoral hicieran de Padres a la Iglesia antigua, y con su doctrina la consolidaran en la fe y en el seguimiento del Señor.

La iconografía de las Catedrales de Occidente ha privilegiado los cuatro grandes Doctores y Padres de la Iglesia latina: san Ambrosio (+ 397), san Agustín (+ 430), san Jerónimo (+ 420) y san Gregorio el Grande (+ 604). sus pequeñas estatuas (s. XVI) circundan el púlpito mayor (una, la de Agustín, quedó desplazada detrás del otro púlpito, en la reforma de 1904). En el portal mayor, de 1601, en las calles laterales, aparecen asimismo las esculturas de estos cuatro Doctores.

También san Ambrosio, san Agustín y san Gregorio son representados en imágenes adosadas a nervaturas de la capilla de San Bernardo, junto a las de los doctores orientales san Basilio (+379), san Juan Crisóstomo (+ 407) y san Cirilo de Alejandría (+ 444), colocados por sugerencia de Gaudí cuando su colaborador Joan Rubió y Bellver diseñaba la decoración de esta capilla (a partir de 1913). Por aquellos años la Iglesia latina promovía, desde León XIII, un acercamiento a las Iglesias orientales.

Los cuatro doctores de la Iglesia oriental son representados, en telas del s. XVII, en la capilla de la Asunción o de la Grada: san Atanasio (+ 373), san Juan Crisóstomo, san Basilio y san Gregorio Nacianceno (+ 390).

San Jerónimo, el doctor máximo en la explicación de las Sagradas Escrituras, tiene capilla y un retablo manierista, fechado el 1602 y atribuido a Gaspar Oms. En el centro, el santo monje y presbítero, revestido de la púrpura cardenalicia según la fantasía anacrónica del Renacimiento; en el ático es representado como eremita y penitente en el desierto.

San Martín de Tours (+ 397), monje y obispo de gran celo, veneradísimo en Occidente, tiene retablo barroco del s. XVIII y capilla. En el centro, se ve la donación que el santo, todavía catecúmeno, hizo de media capa suya a un pobre, que resultó ser Jesús mismo.

San Benito (+ 560), padre de los monjes de Occidente, tiene retablo barroco y capilla, por donación del obispo benedictino dom Benet Panyelles (1730-1743).

San Bernardo de Claraval (+ 1153), llamado por algunos “el último de los Padres”, desde antiguo ha sido venerado en la Catedral de Mallorca. El retablo actual fue bendecido el 1921. Fue diseñado por Joan Rubió siguiendo el plan gótico de las capillas de la Catedral: su altura permitió la apertura de los tres vitrales del fondo, dibujados por Darius Vilàs, con escenas de la vida del gran monje y reformador, que son representadas también en los seis bajo relieves laterales, junto a un conjunto de santos del Císter.

Hay que mencionar también las imágenes de los grandes doctores escolásticos, santo Tomás de Aquino (+ 1274) y san Buenaventura (+1274) en el retablo de San Martín.

5. Santos, y ángeles, más venerados y preferidos del pueblo mallorquín

Arranca del siglo de la reconquista la devoción de los santos en Mallorca: florecía en la Cristiandad medieval cuando aquí se restauró el culto cristiano. Incluso durante la interrupción del cristianismo en tiempos de la dominación islámica (903-1229), persistieron topónimos de santos: san Martín, san Lorenzo, santa Eulalia...

En la devoción popular, es abanderado san Antonio abad (+ 356), representado venciendo las tentaciones en el desierto, en lo alto del retablo del Corpus Christi. Su imagen aparece también en el retablo de su homónimo san Antonio de Padua, junto a san Pablo de Tebas (+356), llamado el primer ermitaño.

San Bruno (+ 1101), el fundador de la Cartuja, gozó de devoción por la presencia del monasterio-eremitorio de su Orden en Valldemossa. Una estatua, que Adrià Ferrà cinceló hacia 1812 con notabilísima perfección, es expuesta actualmente en la capilla junto al portal mayor, entrando a mano izquierda. Otra escultura del santo eremita se puede ver en el retablo del Descendimiento.

San Francisco de Asís (+ 1226) obtuvo gran devoción popular por el arraigo de su Orden en Mallorca, desde 1230. Pintado sobre tabla en el retablo gótico (s. XV), dedicado a él y a san Mateo en el museo capitular, con escenas de su vida; hay una bella imagen barroca del seráfico fundador recibiendo los estigmas en la capilla del Corpus Christi. Él y el fundador de los Predicadores, santo Domingo de Guzmán (+ 1221), dándose el abrazo fraterno cuando, según la tradición, coincidieron en Roma, son representados en un cuadro del retablo de la Corona.

San Ramón de Penyafort (+ 1275), tan vinculado a la historia del rey Conquistador, es representado junto al beato Ramón Llull en una tela de la capilla de la Purísima, de Guillem Mesquida; igualmente aparece en un medallón barroco de la sala capitular gótica.

San Antonio de Padua, o de Lisboa (+ 1231), uno de los santos más venerados en la Iglesia latina, gozó desde antiguo de un culto muy popular en Mallorca. La Catedral, en el siglo XVIII, le dedicó capilla y retablo, el cual fue diseñado a modo de gran escenario que representa la predicación del santo taumaturgo.

San Ramón Nonato (+1240), mercedario, redentor de cautivos y abogado en los partos difíciles, tiene una estatua, con la custodia en su mano, en la capilla del Descendimiento.

El beato Ramón Llull (+1316), nacido no muy lejos de la Catedral hacia 1232, se convirtió tras llevar vida cortesana en el palacio real de Mallorca, y lo dejó todo para predicar el Evangelio a los no cristianos y para promover la reforma de la Iglesia. Escribió numerosas obras y desplegó un gran dinamismo, por toda la Cristiandad, para llevar adelante el “santo negocio” de Jesucristo. Es el hijo mayor de la Iglesia mallorquina. En su testamento dejó un legado para la obra de la Seo, y es venerado en el retablo de San Sebastián, en la capilla de la Purísima –cuyo misterio defendió con ahínco-, en la reja de la capilla de la Corona; tiene una estatua adosada en una torre de la fachada principal (escultura de Guillem Galmés, finales del s. XIX).

San Vicente Ferrer (+1419), predicador y taumaturgo, vino a Mallorca, invitado por el obispo Lluís de Prades, pronunció sermones en muchos de pueblos y en la Catedral. Un cuadro en el museo capitular recuerda el sermón predicado en la Catedral; y otros dos llevan la imagen tradicional del santo predicador en las capillas de San Martín y de la Piedad.

San Francisco de Borja (+1572), duque de Gandía, discípulo de san Ignacio de Loyola, renunció a todo para entrar en la Compañía de Jesús, de la que fue el tercer general. Intervino en la fundación de los jesuitas en Monti-Sion de Palma (1561). En la capilla de San Sebastián está representado en la predela en actitud de rechazo de las glorias del mundo.

Santa Catalina Tomás (+ 1574), nacida en Valldemossa, canonesa agustina en Santa María Magdalena de Palma, fue favorecida con el don de la contemplación y de consejo, alentó el obispo Arnedo en la reforma tridentina de Mallorca, gozó de una gran fama popular de santidad y de una devoción muy extendida. Una tela la representa en el retablo de San Sebastián y en el arco de la capilla de la Piedad, y una estatua suya, de Guillem Galmés, está adosada a una torre de la fachada principal.

Santa Teresa de Jesús (+ 1582), reformadora de la Orden carmelitana y doctora de la Iglesia, tuvo en Palma la primera iglesia dedicada. Los lectores de sus obras espirituales y su Orden difundieron su devoción en Mallorca. Una estatua de ella se venera en el retablo de San José, del cual era muy devota.

San Alonso Rodríguez (+ 1617), hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, entró en Monti-Sion como portero el 1571. Director espiritual y maestro de oración, murió en gran fama de santidad; el pueblo lo veneró como patrón de Mallorca ya antes de su beatificación. Un retrato suyo es expuesto en el muro derecho de la capilla de San Sebastián.

Otros santos de devoción mallorquina son venerados en el retablo de San Sebastián, patrón de la ciudad: san Pedro Nolasco (+1249), fundador de los mercedarios; una tradición afirma que vino a Mallorca a rescatar cautivos cristianos antes de la reconquista de Jaume I; san Nicolás de Tolentino (+ 1305), abogado contra la peste; san Andrés Avelino (+ 1608), invocado contra la muerte repentina, que fue patrón menor de la diócesis.

Todos los santos son honrados en el vitral de la capilla real (1982): Regina sanctorum omnium. Se ven las figuras de san José, del beato Juníper Serra, de Judit, santa Isabel, san Roque, san Antonio abad, san Pedro Claver, Rut, santa Clara de Asís y santo Domingo Savio.

Hay que destacar los dos vitrales de Gaudí en la capilla real, a cada lado de la capilla de la Trinidad, sin duda los mejores que luce la Catedral. Regina confessorum está integrado por las imágenes polícromas de los santos españoles Isidoro de Sevilla, Dámaso, Ramón de Penyafort, Ramón de Fitero, Vicente Ferrer, Domingo de Guzmán, Ignacio de Loyola, Alonso Rodríguez, el rey Fernando III. Regina virginum reúne las imágenes de santas vírgenes: Tecla, Eulàlia, Catalina de Alejandría, Catalina de Sena, Catalina Tomàs, Pràxedes, Florentina, Rosa de Lima, Teresa de Ávila, María de Cervelló.

Els arcàngels tenen també imatges a la Seu de Mallorca. Miquel, Gabriel i Rafel, al llindar de la capella de la Pietat, juntament amb l’Àngel de la Guarda (segle XVIII). Gabriel és present, com és obvi, a cada imatge de l’Anunciació a Maria.

Otros muchos santos, de devoción más o menos arraigada en la devoción del pueblo maorquín, son venerados en otros retablos y capillas de la Seo. La capilla de la Piedad alberga numerosas telas en su arco de acceso y en las paredes laterales. Entre los que no he nombrado figuran san Cristóbal, los santos Cosme y Damián, san Esteban y san Lorenzo, san Nicolás de Bari, santa Clara de Asís, san Diego de Alcalá, san Francisco Javier, san Luís Gonzaga, san Estanislao de Kotska, san Pedro de Alcántara –que tiene una estatua en lo alto del retablo de San Martín-, san Francisco de Sales y san Juan Berchmans. En el retablo de la misma capilla de la Piedad, figuran santo Dominguito del Val, san Magín, santa Catalina de Sena, san Ignacio de Loyola y san Felipe Neri.

En la capilla del Descendimiento, hay una imagen de san Juan Nepomuceno, venerado igualmente en la capilla de la Purísima. En el retablo de ésta se venera también a san Pedro de Arbués.

En el retablo del Corpus Christi, además de los santos ya mencionados, hay dos pequeñas imágenes de santa Cristina y de santa Ninfa; en el de San Jerónimo, figuran santa Bibiana y santa Quiteria. La imagen titular del retablo de San Benito es escoltada por las de Santa Escolástica y de Santa Gertrudis. En el retablo de la Corona, hay pinturas de Santa Margarita y de Santa Inés, de San Erasmo (Telmo) y de San Guillermo. En lo alto del retablo de San Antonio de Padua, se ve un bajo relieve de Santa Rosalía de Palermo.

Hay que mencionar de forma especial al santo Ángel del Reino de Mallorca, al que fue dedicada por los jurados la actual capilla del Corazón de Jesús. En el ático del retablo, ha quedado una tela del Ángel protector de Mallorca, cuya memoria perdura aún en la denominación del domingo del Ángel, el primero después de Pascua.

Al fondo del ábside mayor, encima la capilla de la Trinidad, se abre el rosetón de Regina angelorum: en cada óculo una cara de ángel. Fue el inicio de la obra de vitrales de Gaudí para la Catedral (1904).

No podemos olvidar las figuras de ángeles que, en la decoración de la Catedral, nos dan testimonio de cómo los ángeles se consideraban integrados en la celebración litúrgica. La comunión unía la Iglesia de la tierra con la del cielo. Como más arriba se ha explicado, ángeles servían la liturgia como acólitos, o como músicos, desde sus diversas imágenes. Seis ángeles con candelabros, rodeaban el altar, situado a los pies de la cátedra episcopal. Ángeles con incensarios decoran la capilla de la Trinidad y son asistentes del obispo cerca de la cátedra, sobre columnas y candeleros de hierro forjado por Gaudí. Igualmente, según ya queda indicado, el arquitecto restaurador situó, en 1904, cuatro ángeles músicos en los cuatro ángulos del altar mayor. Una multitud de ángeles músicos y turiferarios invitan los fieles a entrar en la celebración, rodeando el portal del Mirador.

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VI. Predicar y vivir la fe y la caridad

Celebrar, contemplar, revivir la historia de nuestra salvación, en la Catedral, rodeados de los santos, testigos e intercesores, nos confía la misión de vivir fuera, en la ciudad, en el mundo, lo que hemos proclamado en la acción sacramental de la asamblea cristiana, presidida por el obispo y por los otros sacerdotes. La celebración nos empuja a vivir sobre todo la fe, la esperanza y la caridad.

Las virtudes cristianas también aparecen representadas en imágenes de la Seo.

Las tres grandes virtudes teologales se ven en la cima del gran retablo del Corpus Christi: la caridad, en lo alto, como una madre que abraza a sus hijos; la fe, con la cruz y el cáliz de la Eucaristía; la esperanza con el áncora de la salvación.

La fe corona también el mausoleo del obispo Bernat Cotoner, en la capilla del Corazón de Jesús.

Dos figuras femeninas se yerguen en lo alto del retablo de la Puríssima: representan la pureza, tan resplandeciente en la persona de María Santísima.

El retablo de San Antonio de Padua exhibe dos figuras de virtudes: la fortaleza y la templanza.

Finalmente, el mensaje de la caridad fraterna, nos lo da de forma muy elocuente la magnífica mesa de la Limosna, pintada por Joan Desí hacia 1520. Representa el sentido y el espíritu con que la Catedral, sus clérigos y los benefactores, hacían caridad a los pobres que acudían a pedir limosna. Es Jesús mismo, el Señor, revestido gloriosamente de capa pluvial, el que da limosna a dos hombres y a dos mujeres pobres, poniendo amorosamente su mano sobre la espalda del pobre de su izquierda: es la limosna que procuran un canónigo y un beneficiado, quienes la reciben de los benefactores, seis escudos de los cuales figuran bajo la mesa. La referencia evangélica es bastante clara. Dice el Señor: Todo lo que hacíais a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hacíais (Mt 25, 40).


 
Pere Joan Llabrés Martorell

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